LA COPE QUE (NO) QUEREMOS

Escribí estas reflexiones en el invierno de 2005. Se las dirigí a los directivos de la Cadena de quienes obtuve una amble e insatisfactoria respuesta. No pensé publicarla, por sentido de Iglesia, para no enredar la situación ni “dar cuartos al pregonero”. Pero las cosas han llegado a tal extremo que por la misma responsabilidad eclesial la saco ahora a la plaza pública (que no a “la palestra”, confuso término belicoso).

En mi opinión, la COPE atraviesa en la actualidad por un periodo especialmente crítico, que afecta seriamente a su identidad. Aunque la llegada al poder del Gobierno socialista haya podido exacerbar las cosas, las cuestiones que aquí planteo vienen de atrás. Afectan a la propia naturaleza de la Cadena.

Las contradicciones de la COPE

Los objetivos y los medios pueden estar bien formulados en el Ideario, pero las realidades son tercas y ponen en evidencia el sin sentido en el que, de hecho, está metida la COPE.

- Siendo la Conferencia Episcopal y algunas diócesis los accionistas mayoritarios de COPE, nada puede evitar que las opciones y actuaciones públicas de la Cadena afecten directa e inmediatamente a la Jerarquía de la Iglesia y la vinculen moralmente a los ojos de la sociedad española.
Nadie discute que la Conferencia Episcopal pueda tener sus órganos de expresión pública para el cumplimiento de los fines que le son propios (por ejemplo, Ecclesia). Pero la COPE por su historia, su volumen y su finalidad es otra cosa. Se trata, ante todo, de un medio audiovisual generalista, con vocación de presencia mayoritaria en el mercado de la información y de la producción de opinión pública. La COPE actual es un grupo de comunicación fuerte, que compite con otros para hacerse oír en el panorama español. Incide, pues, por su naturaleza, en el terreno de lo discutible, lo ambiguo y lo reformable; de los compromisos humanos cotidianos (económicos, sociales, culturales y políticos) propios de la acción temporal. Según la doctrina oficial de la Iglesia, es éste un ámbito normalmente reservado a la iniciativa de los seglares, de forma privada o asociada[1].
En pura lógica posconciliar, ¿cómo se puede justificar hoy una Radio de los Obispos? (Por la misma razón, ¿por qué no un club deportivo, un partido político, unos centros recreativos... creados, patrocinados y financiados por la Jerarquía?). En el actual planteamiento, la COPE (que, desvinculada institucionalmente de la jerarquía, sería un magnífico instrumento) resulta ser - se mire por donde se mire - un reducto de clericalismo. Algo forzado y gravoso, en primer lugar, para el propio Episcopado que la sustenta y que es causa de disgusto y división de los propios prelados entre sí[2].
- La COPE es una empresa fuerte que sólo es viable si cuenta con el correspondiente apoyo económico. Esto la lleva a entrar inevitablemente en el juego del mercado: las audiencias, las cuotas de publicidad, el fichaje de los profesionales de éxito… Aunque no se quiera, se impone una alternativa a veces cruda y radical: o audiencia, o extinción de la Cadena.
No es difícil adivinar este dilema, por ejemplo, en la operación del desembarque en COPE de los náufragos de la pirateada Antena 3 Radio. En su día se pudo justificar con la bandera de la libertad (la defensa del pluralismo informativo, de la valentía, la independencia y del nuevo periodismo de investigación…). Pero aquellos tenores (más la difunta Encarna, que ya estaba en la casa) introdujeron en la COPE no sólo miles de oyentes y millones de pesetas sino unos inquietantes vicios periodísticos y profesionales, de los que la COPE no ha podido liberarse y que, en el presente, se han agravado:
Un personalismo patológico, un sometimiento de la Cadena al servicio del “ego” desmesurado del comunicador. Una dictadura implacable del conductor de cada programa.
Un lenguaje desenfadado e insultante; que busca el efecto populista, desconociendo la elegancia y la ecuanimidad. Un discurso visceral y maniqueo, que divide la realidad en función de las filias y fobias del “ocupante” de la antena.
Un ánimo “justiciero”, que se esconde bajo la capa de la valentía informativa.
Las estrellas de la Cadena van creando escuela. Son los modelos de los jóvenes alevines y de los meritorios de provincias. Los “tics” lingüísticos y de estilo se difunden con rapidez. En definitiva, la COPE sube en audiencia, se hace competitiva… Pero, ¿a qué precio? En nada colabora a la dignificación de la noble profesión periodística. No es un ejemplo a proponer en las Facultades de Periodismo de la Iglesia. Por el contrario, la Iglesia española, en especial su jerarquía, identificada con la Cadena, en lugar de ser sal y luz, se envilece y se rebaja a los ojos de muchos ciudadanos que la aman sinceramente.
¿Acaso basta con que en la COPE no se blasfeme ni se ataque al Papa y a los Obispos, para ser una radio católica? ¿Se puede compensar la animosidad y la bajeza de los programas estelares con la inclusión de algunos espacios “religiosos” en los recovecos de la programación? Esa extraña mezcolanza del palo y el caramelo, del exabrupto y el mensaje untuoso fomenta la imagen secular de una Iglesia hipócrita, camaleónica y siempre interesada.

Una situación insostenible

El panorama sociopolítico ha cambiado profundamente después del desgraciado 11 M y su secuela electoral. La situación es preocupante por muchos y serios motivos. El actual gobierno, en lugar de tener una visión de estado y mirar con altura al bien común, se está escorando peligrosamente hacia su clientela, apoyado en sus corifeos mediáticos y culturales. Bajo capa de diálogo aparece el revanchismo sectario. Los mejores afanes morales y cívicos que llevaron a la transición democrática, plasmados en la Constitución, parecen desvanecerse. Por el contrario, el dualismo fanático, el lenguaje crispado y amenazante, el partidismo más alicorto reaparecen por doquier y con ellos el fantasma de las “dos Españas”.

En este campo de batalla (por ahora, dialéctico…) la COPE ha tomado partido y tan decididamente que, para tirios y troyanos, es el mascarón de proa de la resistencia mediática al actual gobierno. Habría que estar ciego y sordo para no percatarse de ello.

- La “politización” de los contenidos es insistente hasta la náusea. Sólo se salvan los “partes metereológicos” y aún… ¡Incluso el espacio litúrgico dominical, que dirige un hermano sacerdote, abrió una mañana con un arrebatado fervorín contra el grupo PRISA! Lo mismo que el habitualmente pacífico y constructivo Dr. Pérez Almeida, para vergüenza y confusión de sus “decanos”. ¿Nadie les ha dicho a éstos y a los demás radiofonistas de la cadena que cuando se está delante de un micrófono, sobre todo si es de la COPE, no se puede “largar” lo que a uno le venga en gana, perdiendo el respeto a sí mismo y a la audiencia?
- La uniteralidad y el tono polémico de los tres “magazines” diarios huelen a sectarismo:
Los mismos contenidos y prácticamente en los mismos términos (casi siempre antigubernamentales, despectivos e insultantes) se pasean diariamente por la cadena desde tempranas horas de la mañana hasta bien entrada la noche. ¿Hay consignas?
Los “contertulios”, los entrevistados e invitados, los colaboradores de cada bloque son inevitablemente de la misma cuerda ideológica, de ese “continuum” sin fisuras que enlaza Partido Popular – liberalismo – americanismo pro-yanqui - anti-progresismo militante – excelencia intelectual… ¡Y que nadie se salga de la fila! Si algún ingenuo “disidente” es invitado a los micrófonos de COPE (¡rara avis!), ya se puede preparar. Se le tratará sin el más mínimo decoro y educación (no digo ya “caridad” cristiana…).
- La parcialidad y la pobreza informativa son irritantes:
En los horarios en los que el “españolito” medio quiere enterarse de lo que pasa en su país y en el mundo, ya se puede buscar otra emisora. En COPE sólo se le dará y se le repetirá machacona y didácticamente el “argumento del día” escogido y cocinado por el conductor del programa. Lo demás no existe. Peor aún, es como si te dijeran: “Del resto, mejor que no se entere usted”, en un desprecio infinito hacia el oyente y a su capacidad de discernimiento… Los pocos contenidos a los que tiene derecho han de ir convenientemente adobados y apostillados por el “gurú”… Aunque se trate de algo tan distante y neutro como el resumen de la prensa diaria y de las opiniones ajenas. Todo tiene que ir “censurado”; uno no puede pensar por sí mismo. ¡La dictadura intelectual y moral de estos sedicentes “liberales” es inaudita! Los conversos son temibles; suelen tener resabios.
Ya no es cuestión de verdad o mentira. (Muchas veces se dicen cosas veraces, valientes y necesarias; cosas que otros no dicen o tergiversan. La actualidad da pie para ello. También para la crítica y el profetismo sin cuartel). El problema es el monocultivo obsesivo, la actitud permanentemente “anti”, la visceralidad de los propósitos, la chabacanería del lenguaje en aras de una pretendida ingeniosidad… O sea, un subjetivismo enfermizo e insoportable.

En fin, el “efecto Jiménez Losantos” es devastador. Ha excedido a su persona para convertirse en un inquietante fenómeno de masas. Será sin duda el ciudadano español que genere actualmente más amores y odios. Esto puede ser estimulante para él; concuerda con su espíritu polémico y provocador. Pero es demoledor para la Cadena. Y lo más grave es que, en el supuesto de que Jiménez Losantos fuera “defenestrado”, su espíritu seguiría gobernando la casa, pues de ella ha hecho su nido, su ghetto, su periódico digital y su secta apostólica.

Otros se frotarán las manos o aplaudirán frenéticamente, porque coincida con sus intereses y sus puntos de vista, pero la COPE no sale ganando de estos lances, si quiere seguir siendo la radio de los cristianos. Continuará marginándose de la vida real y del Evangelio (suele suceder que ambas cosas van a la par), para convertirse en un fenómeno grotesco y minoritario (aunque suba la audiencia; eso tiene otras muchas explicaciones). ¡Qué lástima que aún pase por ser la radio de la Iglesia y de los obispos! En mi opinión, la COPE, como empresa de comunicación de cristianos en la sociedad actual, sólo tiene dos salidas:
1. Desvinculación institucional de la CEE (¿fundación?... ¿asociación de laicos?....).
2. Remodelación a fondo de los planteamientos periodísticos, para crear un grupo de comunicación comercial limpio, abierto, plural, ejemplar… en el que se pueda percibir eso tan sutil y maravilloso que, a falta de otros nombres, llamamos “inspiración cristiana”.
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[1] Un reciente e inequívoco recordatorio de esta doctrina se lee en la espléndida ponencia del Sr. Arzobispo de Pamplona Dn. Fernando Sebastián en el Congreso de Laicos, donde se vuelven a describir las diversas formas de acción temporal de los seglares y su respectiva vinculación con la jerarquía. Entre las distintas figuras posibles no cabe la actual configuración de la COPE.
2] La ambigüedad institucional de COPE hace que proliferen historias tan rocambolescas como la de atribuirle al Cardenal Rouco la responsabilidad de una página erótica en internet. Mientras la COPE siga siendo de “los obispos”, cabe todo esto y mucho más. No nos engañemos.

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