LA TAUROMAQUIA EN CRISIS

LA TAUROMAQUIA EN CRISIS
Análisis y soluciones

Jesús-Andrés VICENTE
ja.vicente@terra.com
www.jesusandresvicente.blogspot.com

Que la afición a los toros está en horas bajas es un hecho. Datos son datos. Lo que puede variar es el diagnóstico; los análisis que traten de explicar esta crisis. Todos coincidimos en que se trata de un fenómeno complejo, duradero y creciente; con causas múltiples y un mismo resultado: el desprestigio social de “la fiesta”. En este breve ensayo pretendo ir a la raíz de la cuestión, analizando los presupuestos básicos de la misma.

De entrada, anuncio cuál es mi hipótesis de trabajo: la crisis de la tauromaquia es, ante todo, una crisis interna, inherente a ella misma, y no el fruto de una conjura exterior (antitaurinos, poderes públicos, antiespañolismo, desinterés de los medios…). Tampoco, de un cúmulo de incompetencias y de falta de escrúpulos de los propios actores del espectáculo, los así llamados “taurinos”. Todos estos factores negativos coadyuvan a la evidente decadencia de la afición a los toros, pero no son su raíz última. Muchos de ellos son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de esta decrepitud.

¿Entonces, cómo enfocar el problema? Se trata, repito, de una crisis interna fruto de una crisis de civilización. Estamos en un vertiginoso cambio de época de alcance planetario que afecta a todos los órdenes de la vida personal y social. Y si ningún ámbito se libra de este “sunami”, cuánto más aquellos cuya esencia es la tradición y las costumbres atávicas. En este caso se encuentra la tauromaquia.

Paso de una cultural rural a una cultura urbana

La tauromaquia nace en el campo, en el contacto con la naturaleza despiadada y fascinante al mismo tiempo. Llega a las villas y villorrios sin romper el cordón umbilical con su procedencia natural. El toro de lidia es el símbolo supremo - el tótem mítico - del animal salvaje e irreductible, que conserva todas sus características primitivas: una fuerza retadora que sólo se puede vencer con inteligencia y heroísmo. El enfrentamiento con el toro salvaje se hace en el campo del valor, en el juego de la vida al precio de la muerte, del sacrificio cruento y sagrado oficiado por unos elegidos, “sacerdotes” de una liturgia sublime que escapa al común de los mortales. Por eso, la tauromaquia seduce, porque nace de las raíces más profundas de la condición humana desde los tiempos del Creador: “
creced, multiplicaos y someted la tierra”…

Pero nuestra civilización, por razones de una evolución tecno-científica, ha tomado otros rumbos antropológicos. Hoy ya no vivimos en el campo, en contacto con la naturaleza, sino en las megápolis construidas por el ingenio humano. Los “valientes” actuales están en los despachos, en los consejos de administración, en los medios de comunicación. Su valor se mide en términos de eficacia y de utilidad. No arriesgan su vida sino su prestigio, su imagen pública, su “caché” económico, su cotización en el mercado, que es la nueva palestra de la lucha sagrada. Estos individuos ya no combaten contra las fuerzas cósmicas, no se miden con los seres más poderosos y temibles de la creación. Combaten entre sí y, desgraciadamente, con las armas de la astucia y la bajeza moral. Su victoria consiste en destruir y aniquilar al competidor, sin tener en cuenta los daños colaterales. La moral de los tecnócratas y dirigentes actuales es la más opuesta a la grandeza de la tauromaquia, aunque algunos de estos individuos se dejen ver en las corridas de “clavel”. (¿Qué hemos hecho para que las corridas de toros se identifiquen en el imaginario colectivo con la mal llamada “derechona”? ¿Cómo se puede entender el heroísmo del todo o nada desde posiciones de cálculo y mediocridad?). Comprendo que apasione el deporte de masas, donde el ciudadano medio y anónimo proyecta sus frustraciones en el triunfador superdotado. Pero existe una diferencia abismal: el deportista de élite no se juega la vida; al contrario es el exponente máximo de la ley del mercado en su versión más ramplona.

Un animalismo proteccionista e ingenuo

En consecuencia con el párrafo anterior, ha cambiado la percepción del mundo animal. Hoy los animales son considerados mal y a distancia, desubicados de su ecosistema. El urbanita conoce de primera mano al reducido mundo de los animales de compañía, cada vez más presente en sus hogares. A ellos dedica sus afectos y desvelos muchas veces exagerados. La regla de oro es que el animalito esté bien cuidado y no sufra. Nada tenemos en contra, por supuesto. La raya se traspasa cuando se proyectan en el animal sentimientos y valoraciones reservadas por la naturaleza al ser humano. Y, mucho peor, cuando estas experiencias propias de los animales de compañía se extienden al conjunto del reino animal. ¡Bastardo infantilismo, a lo Walt Disney, que dios confunda! ¡Los animales convertidos en personas; o bien, las personas rebajadas a animales! (No se pierdan en internet un sketch magistral del humorista belga 
Raymond Devos sobre su “petit chien”).

El resto de la fauna no es conocido en directo sino en diferido, a través de la pantalla artificial, en sus distintos formatos técnicos. Me refiero, sobre todo, a los documentales sobre el mundo animal, que nos dan a conocer a las diversas especies, pero con la debida distancia. La que consiguen las series televisivas de sobremesa con su didactismo adormidero. Por lo menos, el comandante
Cousteau le daba un talante épico al relato y mi paisano Rodríguez de la Fuente no escondía el carácter ambiguo, combativo y trágico del comportamiento animal.

Pero el mayor vilipendio que nuestra civilización “protectora de los animales” inflinge a estos seres inferiores (sí, inferiores, no me escondo) se debe a un doble fenómeno. Negativo el primero: nuestra sociedad bien-pensante oculta sistemáticamente toda exhibición del ineludible sufrimiento animal que ella misma promueve, sobre todo en las especies comestibles necesarias para el sustento humano. Nuestros niños crecen ignorando que los simpáticos conejitos, aves de corral, inocentes corderos, opulentos puercos viven hacinados en recintos de engorde y mueren sacrificados y no de muerte natural. ¡Todo un ejercicio de hipocresía y de falsedad! Los niños pueden ver y contemplar plácidamente la exhibición de la crueldad y la violencia que ejercen los seres humanos contra sus semejantes, pero se les prohíbe asistir a la tradicional matanza del cerdo en el pueblo de sus mayores. Espectáculo duro, ciertamente, pero integrado en un contexto antropológico sano y aleccionador. La sociedad políticamente correcta ha decretado que los animales no sufren, ni combaten entre sí; que los depredadores son simples guardianes del equilibrio ecológico. Por lo que se ve, en este mundo sólo sufrimos las personas. ¡Mejor haber nacido bambi!

El segundo fenómeno es teóricamente positivo y socialmente valorado, pero, a mi parecer, más dañino aún que el anterior. Me refiero a la exhibición de las especies animales en los zoológicos. La puesta en escena a veces grandiosa y siempre costosísima de estos parques no puede hacernos olvidar -¡es lo que pretende!- que los animalitos allí recogidos han sido capturados violentamente, se les ha sacado de su hábitat natural privándolos de su “libertad” y del desarrollo de una existencia propia de su especie… ¿No es la mayor indignidad que se puede cometer con las especies salvajes, la de exhibirlas en la pasarela con todas las garantías de seguridad y de asepsia para sus complacientes y curiosos espectadores? ¡Qué humillación para el león de la sabana, el tigre de Bengala, los elefantes de la India… convertidos en numerito de feria!

Todo este excremento de nuestra civilización, eso sí, envuelto en papel de celofán, repugna a cuantos conocemos y amamos a la tauromaquia. No soy
Francisco de Asís -¡qué más quisiera!- si bien admito que pueda haber un camino iniciático de comunión con el reino animal cuasi místico. Francisco se acercaría a un temible Miura, como lo hizo con el lobo de Gubbio, sin más armas que la fraternidad y la confianza en el Supremo Hacedor y el toro se le rendiría noblemente sin haberle clavado un rehilete. Sería admirable, el sumum del respeto y del buen trato con las fieras de la tierra. Pero, salvo esta forma sublime y altamente improbable, he de afirmar que la relación más digna y respetuosa con el animal salvaje que conozco es la de la tauromaquia.

En efecto, este arte es fruto de una convivencia diaria y total del ser humano con la cabaña animal. Pero cada cual en su lugar. El toro con su fiereza, su poderío, sus defensas naturales, sus leyes implacables y violentas de jerarquía en la manada. El hombre, con su inteligencia, su trabajo en equipo bien conjuntado, contando con la colaboración de los caballos, perros y bueyes perfectamente domados para el manejo del toro bravo. También, -¿por qué no?- con la ayuda de la técnica mecánica e informática; de la ciencia veterinaria, de la biología, la estadística y la genética… Todo ello integrado en una simbiosis armoniosa.

Las gentes de la dehesa brava, porque conocen y aman al toro, respetan y temen su fiereza y acometividad. Lo manejan con mimo sin violentarlo, jugando con las querencias a favor, conscientes de que no pueden hacerle frente ni dominarle cara a cara. ¡Eso vendrá después, otro día, más adelante… en una plaza de toros, en una fiesta de honor, donde unos humanos románticos desafiarán a la bestia a cuerpo limpio en un ritual de sacrificio supremo y verdadero!

El heroísmo desplazado

La naturaleza, con todo, siempre reaparece. La población urbana no la puede orillar. Sin ella, sin su contacto, la vida de la especie humana sobre este planeta resulta incompleta; más aún, incomprensible. Por eso, los habitantes de la ciudad volvemos tercamente al espacio natural con motivaciones novedosas (senderismo, ruta jacobea, turismo rural, deportes de riesgo y aventura…). Son contactos pasajeros que ocupan apenas un fin de semana o unos días de vacaciones y nos acercan a una naturaleza domesticada (de visita guiada) o retadora. Unos pocos retornan a la vida rural de forma más auténtica, tratando de recuperar viejas raíces o con planteamientos alternativos (agricultura ecológica, artesanía manufacturada, pequeñas comunidades de vida a escala humana, utilización de energías no convencionales…). Pero el pasado no vuelve con las fórmulas de antaño. Ya nunca más en la historia –salvo que ocurra un cataclismo planetario- se dará entre nosotros una economía de subsistencia, dependiente de la labranza, la ganadería y la caza primitivas. Y si no es por la tauromaquia, el toro de lidia ya se habría extinguido sin que un ecologismo de gabinete lo hubiera impedido.

Si miramos de cerca a la juventud, a las nuevas generaciones que vienen por detrás; si nos molestamos en conocer su mentalidad y sus costumbres sin prejuicios, hemos de confesar que el porvenir taurino es desolador. Hace tiempo que han desertado de esta fiesta que, para la mayoría, es incomprensible, aburrida, cuando no bárbara. Piensan los jóvenes que los taurófilos vivimos en otro mundo; que constituimos un residuo folclórico de un pasado de celuloide rancio. Lo poco que conocen o valoran de la fiesta y sus protagonistas se debe a motivos extrataurinos (lo cual resulta más descorazonador). Quizás el único vínculo que, hoy por hoy, aún les une con los toros de forma masiva sean las fiestas populares, con todo su cortejo de peñas y fanfarrias. Habría, no obstante, que analizar caso por caso, para ver si éstas sean para los jóvenes una escuela de posible afición taurina o el acta de defunción de un espectáculo sin sentido.

Para que enganche la afición, la tauromaquia tiene que encontrar un hueco en el espíritu del joven, allí donde anidan las ilusiones, el heroísmo, la ambición, la vibración estética y simbólica, el sacrificio por una noble causa; la vocación humana, en definitiva, en su sentido más pleno. Esa profundidad misteriosa e insaciable, que los espectáculos de consumo no pueden satisfacer. Pero la mayoría de los jóvenes de los países más avanzados, aquellos que marcan las pautas culturales de nuestra humanidad globalizada, tienen ese “hueco” taponado. Lo ocupa una oferta de ocio inmensamente variada y, a primera vista, más atractiva. Además, por si ello no bastara, las nuevas tecnologías que ellos utilizan a profusión, crean y recrean una realidad virtual, una segunda naturaleza artificial, interactiva y manipulable al gusto del consumidor, un entorno sin riesgos, más dócil y placentero que la áspera realidad. Véase si no el mundo de los video-juegos.

Por otra parte, los nuevos héroes de la juventud se encuentran en los circuitos del motor y no en un coso taurino. Como todos los héroes auténticos, los pilotos también se juegan la vida luchando ante todo contra sí mismos, van al límite de su humanidad explorando sus posibilidades más recónditas, con el noble afán de ser los mejores. Así maduran como personas y son elevados a los altares de la santidad laica (recordemos la muerte del joven Simoncelli). Solamente que ahora la fuerza a dominar ya no es la de un noble bruto, el envite indómito de la naturaleza, sino la fuerza salvaje de un ingenio mecánico, bella montura de victoria o de tragedia. Todo, como se ve, muy conforme con los logros de nuestra civilización, que adora a las máquinas, esos nuevos ídolos que fascinan por su versatilidad y poderío. Éstos son los nuevos tótem de la juventud actual. El heroísmo subsiste como necesidad antropológica, pero el escenario se ha desplazado. Sólo el día en que los jóvenes hallen en el toro lo que encuentran en los bólidos, las motos y sus pilotos, redescubrirán la tauromaquia y volverán poco a poco a las gradas. ¡Aún queda cemento vacío para rato!

Mientras tanto…

¡En todo caso, hay que actuar arriesgando e innovando; se ha de tomar la iniciativa, conscientes de la gravedad del problema! Si nos limitamos a esperar a que escampe, la fiesta de los toros tiene los años contados. Desde luego que es más fácil analizar la situación y reflexionar sobre sus causas “a toro pasado” que pronosticar el futuro y las posibles soluciones. Me limitaré a dejar algunas orientaciones prácticas que me parecen ser coherentes con el análisis hasta aquí expuesto.

1. Plantar cara al antitaurinismo de manera inteligente

¿Qué sería lo no-inteligente, dada la mentalidad actual? Vayan estas líneas:

-    Atrincherarnos en posiciones de consumo interno, que sólo valen para los de casa: repetir, por ejemplo, que la tauromaquia no puede morir y otros voluntarismos por el estilo. No están los tiempos para pedir la fe en unas verdades eternas e indemostrables.

-    Ridiculizar a los adversarios “antitaurinos” minimizando su poderío o prestándoles turbias intenciones, ignorando estúpidamente que juegan a favor de corriente y que una parte notable y creciente de la opinión pública está con ellos.

-    Defender a la tauromaquia con argumentos manidos y archiconocidos, muchos de los cuales no convencen a una mente racionalmente bien dotada (Ejemplos: “
hay otras prácticas más crueles con los animales en otros países y nadie se mete con ellas”; “el toro no sufre durante la lidia, eso lo pensamos los seres humanos”; “criamos al toro de lidia para proteger la dehesa”; “que nos dejen en paz a los que libremente queremos asistir a las corridas de toros, ya somos mayorcitos para saber lo que tenemos que hacer y no perjudicamos a nadie”…).

-    Apoyar la afirmación de que la tauromaquia es cultura en manifestaciones literarias y artísticas antiguas, repitiendo los cuatro nombres de la baraja habitual: 
Goya, Picasso, Lorca y Ortega y Gasset… Estas razones se vuelven en nuestra contra y refuerzan a quienes están persuadidos de que, si es cultura, se trata de una “cultura” arcaica y superable.

¿Entonces, qué sería lo inteligente? (Cuando hablo de “inteligente”, no pienso en la eficacia de estas razones para “convencer” a los contrarios -¡ojalá!- sino en la capacidad de estar a la altura intelectual y moral en la que ellos pretendidamente se sitúan).

-    Apoyar y fomentar 
un ecologismo integral, en el que se reconozca que las especies animales salvajes tienen una relación única y genuina con la especie humana. Una relación no utilitarista, ni decorativa sino “existencial” (hablando en términos de antropología filosófica). Suprimir estas especies o destinarlas a piezas de museo, constituiría un pecado ecológico de gravedad. La relación de los humanos con las bestias se envilecería aún más. Lejos de “proteger a los animales” con cuidados y leyes bienintencionadas, se termina consiguiendo el efecto contrario. Lo peor que le puede pasar al reino animal es que se le pierda el respeto y la admiración, que se le deje de temer y se le banalice. ¡Ésa es la verdadera dignidad que habría que defender y de la que tanto y tan mal se habla!

-    Divulgar
el conocimiento del toro bravo en el campo, su hábitat natural. Ya hay iniciativas muy valiosas en los medios de comunicación, a las que se añaden otras aparentemente bien orientadas (visitas a las dehesas de fin de semana o vacaciones conviviendo con el toro bravo y sus cuidadores, participación en faenas de tienta, aficionados prácticos…). Cuando escribo “bien orientadas”, me olvido de las cachupinadas y banquetes gastronómicos camperos, del señoritismo elitista con ocasión del toro bravo, falseando así la finalidad de la visita a la dehesa. Lo que aquí se pretende es justamente lo contrario: divulgar la autenticidad de la crianza de una fiera única en su género, de un animal de combate, sin esos edulcorantes y eufemismos que tratan de evitar todo cuanto “pueda herir la sensibilidad del espectador”. Y, sobre todo, la comunicación directa y prolongada con los hombres y mujeres del campo bravo (ganaderos, mayorales, vaqueros, veterinarios…). El testimonio de su vida cerrada y dura es el mejor semillero de afición, pues sus motivaciones son vocacionales. No transmiten sólo unos conocimientos o unas prácticas profesionales sino una pasión. Para volver a prestigiar la fiesta y reimplantar la afición taurina en las nuevas generaciones, ¿no habría que empezar por el campo bravo antes de asistir a un espectáculo tantas veces prefabricado, mediocre y sin interés alguno? ¿Sería impensable llevar a los alumnos de los colegios a pasar unas jornadas en una ganadería dentro del cómputo de actividades formativas extraescolares? Desde luego, produciría en los pequeños un impacto mucho más hondo y motivador que el folclore del toreo de salón con las figuras famosas de turno en la plaza mayor de la ciudad o del pueblo. Esas ideas de “jugar al toro” me suenan a buenismo bienintencionado, pero mucho me temo que sean inútiles. Al final, sólo sirven para la foto. ¡No prenderá la afición en los niños – la mejor edad - sin transmitirles pasión, riesgo, aventura y admiración por el toro bravo!

-    Valorar, desde unos presupuestos filosóficos y morales actualizados,
la gesta del torero ante el toro. Este último no es una víctima vil de la prepotencia ególatra del hombre sino un noble colaborador en un evento de alta nota artística y espiritual. Escribo “espiritual” para referirme a la esencia más honda del combate taurino. Las dificultades y amenazas que presenta el animal –imprevisibles y cambiantes a lo largo de la lidia- se ciernen sobre un ser humano solitario y desamparado, sin otros recursos que la inteligencia y el valor que mueven los leves engaños que maneja. Se encuentra, pues, en una situación límite donde el sujeto experimenta al mismo tiempo su fragilidad de criatura y sus capacidades ocultas de índole cuasi “sobrenatural”. En ese instante mágico, ¡qué bien le cuadra al matador el conocido pensamiento de Blas Pascal, según el cual "el hombre supera infinitamente al hombre"! ¡Hemos de rescatar de la vulgaridad y de la bazofia a este ser superior, intensamente humano, que es el torero! No es un embrutecido maltratador de animales indefensos ni tampoco un personaje superficial del papel couché. El respeto al toro y al torero van de la mano.

2. Renovar desde dentro las estructuras y los modos de funcionar de la Fiesta

Llegamos al punto crucial, el del espectáculo taurino y su entorno. Es verdad que no existe un solo modelo de corridas de toros o novillos; que el abanico es amplio. Pero, como fenómeno global, está desfasado y ha de encontrar nuevos cauces de expresión, si queremos no que vuelvan esplendores pasados, sino que encuentre un lugar prestigioso –grande o pequeño, ya se verá- entre la producción cultural y lúdica de nuestra sociedad. Que la tauromaquia sea un ámbito y un conjunto de espectáculos de los que la gran mayoría de un país –aficionados o no a la corrida- se pueda sentir orgullosa. Son muchas las sugerencias que, a este propósito, me vienen a la cabeza y trataré de exponerlas sucinta y ordenadamente.

-    En primer lugar, pediría calma. Los cambios profundos no se hacen en un día y nadie tiene la varita mágica de la solución.
Taurinos y aficionados hemos de buscar juntos con humildad y lucidez. No nos engañemos: la caída numérica del espectáculo va a continuar, aunque mejore la situación económica del país. Vamos hacia un espectáculo minoritario. Busquemos antes la calidad que la cantidad, afrontando con realismo la reducción de camadas, la reducción de honorarios y de cánones de contratación. Aprovechemos la necesaria poda de la viña para que mejore el vino. Nuestros catadores taurinos ya no tragan el peleón. Pasaremos tiempos difíciles, pero podremos crear afición, que es de lo que se trata.

-    Está ya dicho y redicho, la fiesta necesita
una urgente inyección de “emoción” y ésta la pone el toro bravo con su integridad física y con su agresividad psicológica. El toro “a modo”, el toro “artista”, el toro “noble pero…” no tienen porvenir, pese a quien pese. La acometividad no está reñida con la nobleza, pero es lo primero. De manera análoga a como el dominio del toro bravo por parte de su matador es compatible con la expresión artística y la belleza formal que arrebata a las públicos. Al toro se le hace frente con valor y técnica y, además de eso, quien esté tocado por los dioses que se entregue a su inspiración. Lo que no vale es la corrida-montaje que discurre por derroteros previsibles y con lidias clónicas y aburridas. Espectáculos que sólo se salvan por la camaradería y la merienda, sin ningún interés por lo que ocurre en el ruedo. Pura inercia de una tradición sin alicientes. El novato que picó una vez, no repetirá.

-    La relación entre
el público festero y los aficionados no ha de ser de oposición. Ambos tienen su razón de ser y han de poder encontrar el espectáculo que buscan. Los espectadores ocasionales de feria no son los indocumentados a los que se les puede engañar con cuatro gestos populistas y unos materiales de deshecho. Saben apreciar el riesgo del toro y los alardes de valor de los ejecutantes de las distintas suertes y, a veces, sorprenden por su paladar para gustar manjares más refinados (así ocurre en los sanfermines de Pamplona). Pero, una cosa es evidente: aunque los verdaderos conocedores de la tauromaquia y los aficionados cultivados en este arte sean minoritarios, son ellos los que marcan tendencias y criterios para el futuro de la fiesta. ¡Desgraciado y obtuso el taurinismo que los desprecie y los margine! Como argumento a favor, tenemos el fenómeno admirable de la tauromaquia en Francia en los últimos lustros. En un ambiente culturalmente más ajeno y hostil que el español, la afición francesa está consiguiendo no sólo mantener (que no es poco) sino asentar y prestigiar a la tauromaquia. Allí se aúnan el sentimiento y la cabeza; la pasión y la razón; la profesionalidad y la inventiva. Y muy poco de esa golfería indolente, disfrazada de casticismo, propia del mundillo taurino español. “Juncal” ya pasó de moda.

-    No conozco por dentro el mundo de
las Escuelas taurinas, pero es evidente que son una experiencia consolidada y muy interesante. Las Escuelas, en principio, reúnen todas las características para seguir labrando el futuro de la fiesta, pues tocan las teclas principales (unos jóvenes de nuestro tiempo, mordidos por la afición al toro, que siguen una formación integral en contacto con el campo bravo y guiados por personas muy cualificadas del mundo taurino). Merecen, por lo tanto, todo el apoyo.

-    Finalmente, para que el combate taurino sea defendible ante la sensibilidad actual tiene que haber
juego limpio. El enfrentamiento del hombre y la bestia es asimétrico y peculiar. En principio, el toro se defiende ante un agresor que osa invadir su territorio y acercarse a él sin ser de su especie bovina; y lo hace embistiendo con sus astas por delante. Poco a poco, hipnotizado por los engaños que ferozmente persigue, se va sintiendo ganado por un juego que desconoce. Sin saberlo ni pretenderlo, al perseguir el lienzo rojo está dando rienda suelta a su acometividad, a su “bravura” (que es su fuerza y su grandeza) y, al mismo tiempo, está colaborando con la obra de arte que construye su admirado burlador. La naturaleza le ha criado para ser el número uno, el que mande en la manada para imponer su ley frente a sus congéneres. Pero la dura experiencia le ha enseñado que esa primacía raramente se logra. Si lucha contra otro más fuerte que él y éste le vence, el bovino ha de someterse al dominador y seguirle  obediente. Su agresividad se convierte, entonces, en gregarismo. Esto es lo que ocurre en los veinte minutos de la lidia. La obra de arte no consiste en una vistosidad artificial, en “ponerse bonito” (¡nada más lejos!), sino en domar grácilmente a la fiera en un tiempo récord, para que pase de ser un rudo agresor a un compañero rendido ante aquel que es más fuerte no por su violencia superior sino por el magnetismo del temple de las telas. El toro deviene así un colaborador convencido, sumiso y fiel del hombre. El sacrificio del toro en el ruedo no se entiende como un acto de victoria cruel y vengativa por parte del rival (en esto se aleja de la ley fatídica de la manada). Al contrario, el toro de lidia ha sido enaltecido y sublimado por la acción del hombre. Su muerte es un sacrificio pagano, en el que el humano y el animal, mutuamente consagrados, elevan una ofrenda en honor del destino. Pues bien, para que este ritual se cumpla en toda su grandiosidad es necesario que haya ecuación y respeto mutuo: el toro ha de poder contar con la integridad de sus defensas y de sus fuerzas físicas y mentales; el torero, al contrario, sin ninguna otra ventaja que la de sus capacidades superiores y unos leves instrumentos de engaño no punitivos. Se ha de evitar, por lo tanto, todo lo que suponga prepotencia, ensañamiento, crueldad gratuita… (Revísense, pues, los reglamentos de cada espectáculo, sin complejos. Sométanse a debate no sólo fiestas tan dudosas como el “Toro de la Vega”, que año tras año nos trae la consabida lluvia de desprestigio para la tauromaquia, sino también el rejoneo a caballo, al menos en su actual formato).

Pacientes lectores, estas propuestas son indicativas y abiertas. Ofrecen un espacio de autocrítica porque quieren asegurar un futuro a la fiesta de toros. Espero que se haya entendido su sentido. Ahora exijo valentía. No todo el coraje se tiene que ejercer en el ruedo y frente al toro; también en los medios de comunicación, en los despachos y los hemiciclos. En la lidia frente a una opinión pública, a la que hemos de reconquistar “toreramente”.



FRANCISCO, UN PAPA EN PRIMERA LÍNEA

FRANCISCO, UN PAPA EN PRIMERA LÍNEA

Jesús-Andrés VICENTE

Han pasado más de doscientos días del singular pontificado del Papa Francisco y parece instalarse un doble fenómeno. El entusiasmo hacia a su persona de amplios sectores de la opinión pública; y también la perplejidad de numerosos cristianos sensibles a la trayectoria de la Iglesia. Sabemos del daño que hacen las posiciones extremas: la papolatría, que el propio Papa rechaza; la frivolidad, que se queda en el personaje. Por el contrario, hemos de preguntarnos ¿cómo acogemos hoy el perenne ministerio de Pedro en el Papa Francisco? ¿Qué nos quiere decir el Señor, a través de sus gestos, actitudes y palabras, en esta hora de la Iglesia y de la humanidad? Estas preguntas, más allá de nuestros gustos, nos llevan a entrar en el misterio de Dios que guía a su Pueblo por medio de acontecimientos novedosos y de personas designadas para una misión, cuyo desenlace ignoran.

El caso es que la misma elección de Francisco, sus primeros pasos, las opciones ya manifestadas, las decisiones que va tomando… dan pie suficiente para ir respondiendo a tales cuestiones. Dos son los objetivos que aparecen con nitidez en los albores del pontificado, los dos muy evidentes: sanear desde sus raíces las lacras escandalosas que tanto afectan a la credibilidad de la Iglesia; y salir al encuentro de las gentes para anunciarles en vivo y en directo el evangelio de Jesús. De hecho, el primer objetivo es premisa necesaria para cumplir el segundo.

Los dos pontificados anteriores han preparado el terreno. El Beato Juan Pablo II llamó a la nueva evangelización y él mismo la practicó en sus incansables viajes. El Papa emérito Benedicto XVI asumió este programa y le dio profundidad, al tiempo que creaba un organismo encargado de ponerlo en práctica y dedicaba al tema una sesión del Sínodo. Francisco llega con una consigna práctica: ¡Echad ya las redes! Como Jesús envió a sus discípulos a evangelizar, sin detenerse a darles previamente una extensa fundamentación teológica o pastoral, así el Papa Francisco se ha calzado las sandalias humildes del peregrino, y con un ligero zurrón al hombro ha salido a los caminos de la humanidad para cumplir él mismo el encargo del Señor “Id al mundo entero y anunciad el evangelio”. Con su ejemplo y sus breves enseñanzas de tres frases nos está dando las consignas prácticas para evangelizar hoy, como hiciera el Maestro con los Doce o los Setenta y dos (testimonio de vida, pocas palabras pero directas y comprensibles, saludando a las gentes con la paz en el corazón y la bendición en los labios… entrando en sus poblados y en sus casas para curar enfermos, expulsar demonios y anunciar a todos la cercanía gozosa del Reino).

Ésta es, por ahora, la originalidad carismática de su pontificado: la sequela Christi (el seguimiento de Cristo) practicada por un Papa. La teoría está ya bien servida con los documentos del Concilio Vaticano II y de los Sínodos, con el Catecismo de la Iglesia Católica, el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, las grandes encíclicas y otros ricos textos del Magisterio pontificio anterior… Pero no basta con repetir enseñanzas, citas y párrafos solemnes y densos, que la gente no entiende. Ahora se trata de evangelizar en primera línea, saltando de las trincheras a campo abierto. Las urgencias son, pues, de índole práctica. ¿Cómo evangelizar? El Papa Francisco responde a nuestras precauciones y perezas, al estilo de San Pablo: fijaos en el testimonio que tenéis en mí.

Acostumbrados a la norma secular del papado, algunos aguardan sólidas enseñanzas doctrinales o morales del Papa Francisco, algún documento que dé la talla (Lumen fidei es un caso a parte). Pero no es su carisma. Este hombre providencial sabe que tiene menos de una década para cumplir el encargo recibido del Espíritu mediante los cardenales electores y va directamente al grano. ¿Queréis cumplir la voluntad de Dios en este momento histórico, nos viene a decir, o preferís seguir enredados en discusiones palaciegas y en intrigas de poder? ¿Sí?, pues venid conmigo. Ved cómo las gentes se sienten acogidas, amadas y perdonadas por un Dios Padre. Cómo los pobres de la tierra, los marginados, los inmigrantes, los niños y los ancianos, las mujeres… son escuchados y evangelizados; se les da voz y voto en la Iglesia y fuera de ella, y sienten su dignidad recobrada. Aprended cómo se dialoga con los agnósticos, buscando con ellos la verdad suprema del único Dios. Mirad cómo, no sólo se convoca a las familias y a los jóvenes a un magno evento sino que se les envía en misión, para que los evangelizados sean los evangelizadores.

Francisco actúa en primera línea (con la complacencia de unos y el escándalo de otros). Sin descuidar la responsabilidad de ser instancia última en el complejo gobierno eclesial, ha saltado a la palestra para hacer frente a los problemas del mundo y de la Iglesia, acercándoles con su actuación hacia el Evangelio de Jesús. Fiado en Él, no tiene miedo ni complejos para transitar por los nuevos paganismos. Y, sin necesidad de dejar el Vaticano, no pierde ocasión de salir a las periferias, en búsqueda de la oveja perdida. Sorprende Francisco porque actúa y habla desde ella y no desde las noventa y nueve que están seguras en el redil.


 Superando las filias y fobias, las teorías sublimes y las dignidades inútiles, cada uno ha de asumir su puesto personal e intransferible en esta tarea. No se trata de repetir las palabras del Papa como un slogan sino de actuar como él, llevando a los hombres al encuentro personal con Jesucristo.

¿POR QUÉ NO EL 0,6%?


Estamos en plena campaña de la declaración del IRPF, en medio del “sunami” económico que desde hace años nos sacude. Todas las partidas de los Presupuestos del Estado están en revisión, sometidas a recortes a la baja más o menos clamorosos y traumáticos. Nuestra Iglesia católica (al menos, la mía) renueva su campaña de la cruz en la casilla del 0,7%, como si nada ocurriese. Los mismos eslóganes, las mismas campañas publicitarias, los mismos argumentos y, por supuesto, el mismo porcentaje. Pero, en estos tiempos recios, son más elocuentes los hechos que las palabras. ¿No sería un gesto coherente por parte de la Iglesia rebajar voluntariamente el coeficiente al 0,6%, por ejemplo? Así lo pensamos algunos.

Vayan por delante las razones. No se trataría de una medida puramente demagógica o populista. Tampoco de algo coyuntural, mientras dure la tormenta. No olvidemos el párrafo del Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre asuntos económicos de 1979 que no puede ser más claro: “La Iglesia católica declara su propósito de lograr por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades. Cuando fuera conseguido este propósito, ambas partes se pondrán de acuerdo para sustituir los sistemas de colaboración financiera expresada en los párrafos anteriores de este artículo (la actual asignación tributaria), por otros campos y formas de colaboración económica entre la Iglesia católica y el Estado” (Art II, nº 5). ¿No ha llegado la hora de dar un paso muy concreto en esa dirección?

Somos conscientes de que ese 0,1% de minoración supone en la práctica bastante dinero. Un dinero que la Iglesia necesita para su funcionamiento habitual, lo cual muchos de los contribuyentes lo sabemos y valoramos positivamente. Pero, ¿por qué no pensar que cuantos queremos sostenerla y apoyarla económicamente podemos hacer llegar ese 0,1% restante directamente a las arcas de la Iglesia, y no de forma mediada por los procedimientos recaudatorios? ¿No saldríamos ganando todos? El erario público, ligerísimamente aliviado. Y, sobre todo, nuestra conciencia de cristianos, enaltecida por un gesto más personal y comprometido.

Sabemos de las dificultades prácticas a la hora de cambiar todo un complejo sistema, fruto de pactos, equilibrios y contrapesos. Es cierto, pero, en todo caso, hay que defender las razones de peso frente a las simples conveniencias. Mientras no se haga un gesto de alcance público, algunos lo haremos con carácter privado, “devolviendo” ese 0,1% al Estado por otras vías. Y de muy buena gana.

Publicado en Diario de Burgos. Mayo 2012.

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LOS DINEROS DE LA IGLESIA
(Un punto clave de las relaciones Estado-Iglesia)

Jesús-Andrés VICENTE

Con la Campaña del IRPF vuelve cada año al primer plano de la opinión pública el asunto del dinero que la Iglesia recibe del Estado por múltiples vías, positivas o negativas: la asignación del 0,7% del citado impuesto; la subvención de actividades promovidas por la Iglesia, docentes, culturales, recreativas, sanitarias, artísticas...; la exención de impuestos...

¿Está ello justificado en una sociedad democrática y laica? En caso afirmativo, ¿cuáles serían los procedimientos más adecuados?

Apunte  histórico

Aún se habla y se escribe del Concordato como si estuviera vigente. Pero no, el último Concordato propiamente dicho entre la Santa Sede y el Estado español data de 1953 y corresponde, por lo tanto, al periodo de la dictadura franquista y del llamado nacional-catolicismo. Cosa superada, pues. Los actuales Acuerdos (que tal es su título jurídico) son de 1979, en plena transición democrática, de cuya filosofía están impregnados (“separación y mutua colaboración de la Iglesia y del Estado”, Tarancón dixit). De la anterior etapa concordataria, los Acuerdos económicos conservan algún resabio: el deber del Estado de sostener a la Iglesia, aunque éste ya no sea confesional; el reconocimiento de un estatuto particular de la Iglesia Católica, que tiene su expresión escrita en la mención especial de la Iglesia en la Constitución de 1978.

Los Acuerdos suponen un avance. Se pasa de la “dotación económica” (el Estado da una cantidad global a la Iglesia, que ella se autodistribuye), al sistema llamado de “asignación tributaria” (el Estado asigna un porcentaje de la recaudación fiscal al sostenimiento de la Iglesia, con la intervención, en este caso, de la libre elección de los contribuyentes). De su número dependerá la cuantía del monto final asignado. Pero los legisladores de los Acuerdos ya eran conscientes de que ni siquiera la “asignación tributaria” habría de ser el ideal, la meta final, de cara a un futuro no precisado en los mismos. Ésta no será otra que la “autofinanciación”, según la cual la Iglesia se allegaría sus propios recursos y el Estado acordaría su colaboración económica dentro de “otros campos y formas”.

La cuestión de fondo

El hecho de creer en Dios es algo tan original y peculiar que difícilmente se puede homologar con cualquier otra manifestación del espíritu humano, por elevada que ésta sea (el arte, la literatura, el amor a la naturaleza, el deporte, el ocio, la filantropía...). Todas ellas son unánimemente valoradas por la sociedad. Si bien es cierto que su práctica es de opción privada y tiene un carácter vocacional, su existencia como realidad social es considerada necesaria y su fomento, indiscutible. Yo mismo, pongo por caso, como persona privada no me siento atraído por la interpretación musical, pero, como ciudadano quiero que la música se cultive y se apoye. No deseo vivir en una sociedad que sólo produzca ruidos mecánicos y electrónicos.

¿Ocurre lo mismo con la fe religiosa? No, evidentemente, para cuantos, desde su conciencia atea y laicista, no aprecian el hecho religioso como humana y socialmente valioso. Estamos ante un sector de la ciudadanía minoritario pero influyente; en crecimiento numérico. Para este sector, el derecho humano a la religión sólo se podría ejercer en la esfera privada, y no contaría con ningún tipo de apoyos públicos.

El estatuto social de la religión en una sociedad pluralista y democrática habría que situarlo, pues, en un terreno equidistante entre estos dos extremos: ni considerarla como una realidad pública unánimemente apreciada y sostenida por creyentes y no creyentes, porque no lo es; ni como una opción privada insignificante para la sociedad, porque tampoco es del caso. El punto medio de su inserción responderá más a su especificidad religiosa, a criterios procedentes de su propia naturaleza, que a los consensos sociológicos que en un momento dado pueda suscitar. A todos nos conviene apartar lo más posible a la religión del mercadeo ideológico, mediático o político.

Para los cristianos, el acto de fe es el fruto del encuentro personal con el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo; revelación que se continúa y ofrece a través de la Iglesia. Su origen es, pues, sobrenatural, utilizando una expresión clásica; y tiene su sede en la conciencia individual. Supone una iluminación de la persona que la recibe; y sus efectos interiores se dejan notar en todos los ámbitos de la vida personal y comunitaria. La fe no se origina para satisfacer determinadas necesidades humanas, bien sean materiales o espirituales, individuales o sociales; sino por la soberana comunicación de la divinidad. Es gracia y no derecho. La riqueza que el creyente recibe es gratuita, no tiene precio ni parangón. Por eso, en la acción pastoral de la Iglesia debe regir el principio evangélico de “lo que gratis recibisteis, dadlo gratis”. No se compagina la práctica de la vida cristiana con la rentabilidad económica. Las buenas obras se hacen por amor  a Dios y al prójimo, y no para obtener beneficios y contrapartidas (Cf. Mt 5,40-48).

Desde el punto de vista cristiano, es claro que el hecho de creer en Dios, en su núcleo original e irreductible, se escaparía a la competencia del Estado. En efecto, un Estado no confesional como el nuestro no entra en el meollo de la cuestión ¿se ha de creer o no creer; en esta religión o en aquella otra? De la bondad o maldad intrínseca de un credo, sólo puede juzgar a posteriori, por las consecuencias legales y sociales que produce. El Estado no entiende de “gracias sobrenaturales”. Entonces, ¿hasta qué punto y por qué motivos ha de considerar a la religión como un bien a tutelar?

La confesión privada y pública de la fe concierne a los creyentes y no a la sociedad como tal (la “societas christiana” es un concepto superado). Ésta, en un supuesto límite, podría subsistir sin la religión. No así, en cambio, sin la organización política, sin la educación o la sanidad, sin el orden público... ¿Quiere esto decir que la Iglesia no formaría parte de las estructuras integrantes del Estado moderno? A ello vendremos.

En consecuencia con lo expuesto hasta ahora, el Estado ha de mantener frente a la religión una doble relación. Una universal pero negativa: asegurar que todos los ciudadanos puedan seguir libremente los dictados de su conciencia en materia religiosa, libres de coacciones y cortapisas (salvo aquellas contempladas por el Código penal en defensa del bien común). Otra particular y positiva: facilitar el ejercicio de este derecho individual y asociativo de aquellos que, no por profesar un credo religioso, dejan de ser ciudadanos y contribuyentes al erario público. Esto justificaría la colaboración económica del Estado para con la Iglesia.

El acto de fe no es separable de sus repercusiones prácticas. Hay continuidad entre el hecho de creer en Dios y el de defender públicamente una serie de principios filosóficos y morales; practicar unas determinadas costumbres; fomentar un tipo de educación, de sanidad, de ocio, de vida familiar, de concepción política... Si el hecho de creer no es en sí mismo “subvencionable”, no sucede lo mismo con las consecuencias externas de esa profesión religiosa. Y aunque no sea fácil determinar en la práctica lo uno y lo otro, parece conveniente que los ciudadanos cristianos costeen de su propio peculio los gastos ligados más específicamente al don de la fe (sostenimiento de los ministros y agentes de pastoral, administración de los sacramentos, enseñanza catequética, actos de culto, mantenimiento de iglesias, oratorios y locales parroquiales...). En cambio, la colaboración económica del Estado se ha de orientar hacia las obras religiosas que tienen una incidencia en la sociedad (sostenimiento del patrimonio histórico-artístico, fiestas religiosas populares, centros de enseñanza y de sanidad de la Iglesia, obras sociales, manifestaciones culturales, recreativas y deportivas...).

La asignación tributaria: ventajas e inconvenientes

La ventaja mayor de la asignación tributaria actualmente vigente radica en su carácter democrático. Son los ciudadanos los que deciden de la afectación de una parte de los presupuestos generales del Estado a las entidades religiosas. Este sistema es, en principio, congruente con el carácter particular de la profesión de la fe y deja a salvo la identidad no confesional del Estado, que al asignar el dinero a las distintas iglesias y confesiones no se implica ideológicamente con ellas. Lo hace por mandato de los ciudadanos que así lo desean.

Pero advertimos una larga serie de inconvenientes, que, sumados en su conjunto, hacen que el sistema de la asignación tributaria deba de ser transitorio, llamado a desparecer. Y esto, tanto desde el punto de vista del Estado como, en nuestro caso, de la propia Iglesia católica.

Para el Estado, la asignación tributaria no deja de ser un artificio forzado por los Acuerdos con la Santa Sede. Sin ellos, el 0,7% del IRPF a favor de la Iglesia Católica no existiría (y menos aún sus alternativas laicas en forma de la opción “Fines sociales”). Este origen histórico tan circunstancial está siendo cuestionado en la hora presente. Su carácter de pacto entre dos “estados soberanos” contribuye a incrementar el malestar que los Acuerdos suscitan de una y otra parte. Si no se modifican, es por evitar graves complicaciones, pero no porque sus bases resulten ser convincentes.

Además de artificiosa, puede ser arbitraria. La asignación tiene un perfil tan excepcional que no encuentra parangón en el cuerpo legal del Estado. ¿Dónde se ha visto que los contribuyentes puedan intervenir para adjudicar a unos fines particulares una parte de los fondos generales recaudados por la vía tributaria? ¿Nos imaginamos qué pasaría si esta praxis se extendiera a otras partidas de los presupuestos? Los agravios comparativos son interminables. ¿No estamos rozando los límites legales?

En el caso de la Iglesia católica, bien mirado, no es menor la inadaptación de este sistema. La filosofía de los Acuerdos corresponde a una Iglesia aún de “cristiandad”. Estado e Iglesia aparecen en ellos como dos entidades jurídicas que negocian y acuerdan en plan de igualdad. La anacrónica naturaleza política del estado Vaticano le da a estos Acuerdos un alcance internacional, con todo lo que ello significa en el plano jurídico y diplomático. Se distorsiona así su carácter de convenio entre el Estado y la Iglesia en España sobre materias mixtas que atañen a la realidad y soberanía nacional.
Jesús-Andrés VICENTE

Con la Campaña del IRPF vuelve cada año al primer plano de la opinión pública el asunto del dinero que la Iglesia recibe del Estado por múltiples vías, positivas o negativas: la asignación del 0,7% del citado impuesto; la subvención de actividades promovidas por la Iglesia, docentes, culturales, recreativas, sanitarias, artísticas...; la exención de impuestos...

¿Está ello justificado en una sociedad democrática y laica? En caso afirmativo, ¿cuáles serían los procedimientos más adecuados?

Apunte  histórico

Aún se habla y se escribe del Concordato como si estuviera vigente. Pero no, el último Concordato propiamente dicho entre la Santa Sede y el Estado español data de 1953 y corresponde, por lo tanto, al periodo de la dictadura franquista y del llamado nacional-catolicismo. Cosa superada, pues. Los actuales Acuerdos (que tal es su título jurídico) son de 1979, en plena transición democrática, de cuya filosofía están impregnados (“separación y mutua colaboración de la Iglesia y del Estado”, Tarancón dixit). De la anterior etapa concordataria, los Acuerdos económicos conservan algún resabio: el deber del Estado de sostener a la Iglesia, aunque éste ya no sea confesional; el reconocimiento de un estatuto particular de la Iglesia Católica, que tiene su expresión escrita en la mención especial de la Iglesia en la Constitución de 1978.

Los Acuerdos suponen un avance. Se pasa de la “dotación económica” (el Estado da una cantidad global a la Iglesia, que ella se autodistribuye), al sistema llamado de “asignación tributaria” (el Estado asigna un porcentaje de la recaudación fiscal al sostenimiento de la Iglesia, con la intervención, en este caso, de la libre elección de los contribuyentes). De su número dependerá la cuantía del monto final asignado. Pero los legisladores de los Acuerdos ya eran conscientes de que ni siquiera la “asignación tributaria” habría de ser el ideal, la meta final, de cara a un futuro no precisado en los mismos. Ésta no será otra que la “autofinanciación”, según la cual la Iglesia se allegaría sus propios recursos y el Estado acordaría su colaboración económica dentro de “otros campos y formas”.

La cuestión de fondo

El hecho de creer en Dios es algo tan original y peculiar que difícilmente se puede homologar con cualquier otra manifestación del espíritu humano, por elevada que ésta sea (el arte, la literatura, el amor a la naturaleza, el deporte, el ocio, la filantropía...). Todas ellas son unán
Pero en los tiempos actuales, después del Concilio Vaticano II, esta concepción socio-política de la Iglesia no se justifica teológicamente. Responde a una configuración histórica superada. La Iglesia, en su ser íntimo de misterio de comunión y misión en el Dios trinitario, forma parte del credo y, como tal, rige sólo para los creyentes. Ante la comunidad civil, la Iglesia se sustenta en el hecho de que hay ciudadanos que se adhieren a ella en virtud de su fe. Existe como un medio necesario para que éstos puedan practicar el derecho a la libertad de culto. Para el Estado democrático no es una institución soberana, anterior e independiente de la decisión de los creyentes que a ella se acogen. No tiene una naturaleza sagrada, un carácter inviolable: su existencia es particular y relativa. Su razón de ser emana del derecho de los ciudadanos a la práctica del culto.

El sistema de la asignación tributaria no contribuye ciertamente a despejar el horizonte conceptual. La Iglesia sigue apareciendo como una entidad jurídico-religiosa con derechos frente al Estado. En definitiva, como una pieza del sistema (como lo son el deporte, la cultura, los sindicatos, los partidos políticos…). En base a esta falsa asimilación, se continúa argumentando y polemizando frecuentemente en los ámbitos públicos, incluso por parte de personalidades de alto nivel, con unos resultados deplorables para un entendimiento correcto de las relaciones Iglesia-Estado.

La marca de la cruz a favor de la Iglesia católica en el impreso del IRPF, a primera vista “no cuesta nada”. El mismo eslogan proclama la banalidad del gesto: es verdad, ni cuesta ni compromete. ¿Un gesto blando a favor de una Iglesia blanda, que alimenta unas relaciones blandas?... Pero es que no es verdad que no cueste nada y que con ello “ganemos todos”. El Estado pierde un 0,7% del IRPF (más otro 0,7% de la coartada “fines sociales”) y la Iglesia pierde su dignidad y su libertad. De hecho, con frecuencia se sacan a colación estos dineros cuando representantes de la Iglesia tienen pronunciamientos públicos que no gustan a los dirigentes de la sociedad civil.

En la mentalidad del ciudadano medio se sigue reforzando la convicción secular de que la Iglesia es sostenida por el Estado mediante dineros, prebendas y privilegios: una confusión de la que todos salimos perjudicados. En especial, los ciudadanos serios y responsables, y los católicos que queremos ser coherentes con nuestra fe. Después de haber marcado la cruz, ¿cómo convencernos a nuestras gentes de que poco o nada hemos hecho mientras nuestra práctica cristiana no afecte a nuestro bolsillo? La asignación tributaria ni clarifica ni educa. Con este sistema en vigor y sin correcciones a la baja, será imposible dar pasos reales de cara a la proclamada autofinanciación. Entonces, ¿cómo nos atrevemos a afirmar que ésta no es viable, cuando vamos precisamente en la dirección contraria?

Abramos sin miedo el debate pensando en un sistema de colaboración económica que sea realmente democrático, respetuoso con la naturaleza del Estado y de la Iglesia, ajustado a la realidad socio-político-económica presente y con visos de estabilidad y permanencia en el tiempo.



COMPENDIO


Los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español de 1979 son hijos de la transición democrática. Se distancian de los viejos Concordatos franquistas pero presentan graves inconvenientes:

-         No se corresponden con la naturaleza de un Estado laico y aconfesional, que, por principio, no entra ni sale en la práctica religiosa; no la considera ni valiosa ni perjudicial en sí misma. Tan solo salvaguarda y fomenta el derecho de sus ciudadanos a la libertad de conciencia y de culto; y tutela el bien común frente a toda agresión al ordenamiento jurídico.

-         En conformidad con lo anterior, el Estado apoyará positivamente aquellas manifestaciones religiosas públicas debidamente promovidas por los creyentes según su propia especificidad (culto, arte, cultura, opinión, educación, obra social…). La Iglesia recibirá las ayudas económicas y jurídicas a las que tenga derecho dentro de la legislación común (entidades sin ánimo de lucro, mecenazgo, centros de enseñanza, voluntariado, servicios ciudadanos…).

-         Tampoco se corresponden dichos Acuerdos con la naturaleza de la propia Iglesia católica, tal y como ella misma se comprendió en el Concilio Vaticano II, que es la máxima expresión ecuménica de los tiempos modernos. Los Acuerdos son herederos de una concepción de la Iglesia como “sociedad perfecta”, como entidad soberana de rango igual o superior al Estado. El residuo más ambiguo y notorio de tal anacronismo es la permanencia del estado Vaticano.

Para comprender la polémica y el malestar que dichos Acuerdos provocan en la hora presente, hay que ir a las raíces de la práctica religiosa que pretenden regular.

-         La fe religiosa cristiana, entendida en el sentido de la Iglesia católica, es una realidad sobrenatural y gratuita, que no tiene parangón con otras realidades humanas por elevadas que éstas sean (arte, deporte, filantropía…). Es lógico, pues, que no goce del mismo consenso y aceptación pública. Por lo tanto, no sería un procedimiento adecuado el de buscar un tratamiento similar al que éstas reciben.

-         Aunque de hecho no siempre se pueda deslindar en la práctica la adhesión personal religiosa de las actividades sociales que ésta genera, esta distinción básica ha de ser el criterio mayor a la hora de enfocar la procedencia de “los dineros de la Iglesia”. Aquellas partidas que se derivan más explícitamente de la opción de fe han de ser sufragadas por los creyentes (culto, ministros, catequistas, iglesias y oratorios, locales de uso pastoral…). Aquellas otras que tienen una incidencia social han de ser apoyadas por los dineros públicos.

En consecuencia, el actual régimen de “asignación tributaria” está llamado a ser superado.

-         Su existencia legal viene determinada por los Acuerdos de 1979 en su vertiente económica. Se trata de una figura que, si bien respeta mejor la índole democrática del Estado, no resuelve la cuestión de fondo. El Estado sigue pagando a la Iglesia, considerada como una entidad del propio sistema, a través de ese artificio totalmente atípico que es la casilla en la declaración de la renta. Así lo percibe el ciudadano medio.

-         La prolongación en el tiempo del actual sistema no beneficia tampoco a la Iglesia, que, si bien obtiene por esta vía una parte de sus recursos económicos, se ve lastrada para promover la generosa colaboración de sus fieles y simpatizantes por otras vías más coherentes con su propio ser, entregando directamente los recursos.

El propio texto de los Acuerdos prevé que detrás de la “asignación tributaria” ha de venir otro régimen (llamémoslo “autofinanciación compartida”). Lo que ocurre es que, mientras se mantenga intocable la primera no se llegará a la segunda. Y, hoy por hoy, lo que vemos es que hay una falta de determinación política por parte del Estado y de convicción y audacia profética por parte de la Iglesia. Hemos de promover un debate de opinión pública, que haga avanzar las cuestiones. El caso de “los dineros de la Iglesia” es un exponente más, ciertamente importante y significativo, de una Iglesia cargada de historia y tradición, que no acaba de encontrar su sitio en la actual sociedad laica y pluralista. Los grandes pasos históricos no se dan en solo un día.

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FIDELIDAD Y LIBERTAD. INTERROGANTES DE UNA IGLESIA ABIERTA AL ESPÍRITU


FIDELIDAD Y LIBERTAD
INTERROGANTES DE UNA IGLESIA ABIERTA AL ESPÍRITU
Jesús-Andrés VICENTE
“Pliego” publicado en VIDA NUEVA 28 Mayo 2010
La expresión “aggiornamento” referida a la Iglesia se remonta al Beato Juan XXIII, el Papa bueno. En ella sintetizó la finalidad global del Concilio Vaticano II, que se disponía a convocar. Su alcance iba mucho más allá de un simple lavado de cara de la Iglesia o de un abrirse a los aires del momento. Tenía una finalidad espiritual (renovación interior, vuelta a las fuentes del Evangelio…), teológica (profundizar y ensanchar el misterio de la Iglesia para acoger en su seno a los hermanos separados y, en definitiva, a todos los hombres), litúrgica (abrir el misterio de la fe a una celebración fructuosa, comprensible y participada, sin adherencias bastardas), pastoral (discernir los signos de los tiempos como índice del designio divino para el mundo actual).
Para realizar una empresa de tal envergadura, la Iglesia entera – no sólo los obispos congregados en Roma - tenía que ponerse en camino con un estilo sinodal. Es decir, con libertad y fidelidad para acoger las mociones del Espíritu sin cortapisas; con apertura al futuro y coherencia respecto al pasado de la Tradición católica.
Los frutos del Vaticano II superaron ampliamente las previsiones del Papa convocante, al que el Señor llamaría pronto a su seno, las de su digno sucesor Pablo VI, las de los propios padres conciliares y las del entero Pueblo de Dios, que acompañaba gozoso y expectante el desenlace de la obra ecuménica.
El Concilio nos había embarcado a todos en una tarea de largo aliento, con contenido y proyección para, al menos, un siglo. No sólo la segunda mitad del S. XX, sino previsiblemente la primera mitad del S. XXI.
Esta somera introducción nos permite formular ya una serie de interrogantes, referidos principalmente a las iglesias occidentales y, más en concreto, a la española.
- Después de unas primeras décadas de aplicación conciliar con consecuencias visibles e incluso espectaculares… ¿no nos quedamos en la espuma, en la superficie formal, en el juego siempre peligroso de fobias y filias, de “pres” y “pos”, de partidarios y detractores? El Concilio se había convertido así en un signo de contradicción; justamente lo contrario que pretendió.
- Para obviar estos problemas reales acarreados por una práctica de los decretos conciliares apresurada y de primera mano… ¿no se recurrió luego al freno, cuando no a la marcha atrás? (Siguiendo el símil automovilístico, si se hubiera engranado una velocidad corta - ¡pero hacia delante! - se habría seguido avanzando con seguridad y potencia, salvando los inevitables obstáculos de toda obra humano-divina).
- Finalmente, y mirando al presente, ¿estamos siendo fieles a lo que la propia Iglesia se propuso en el Vaticano II: acoger los signos de los tiempos y sus desafíos cambiantes, tratando de responderles desde la novedad permanente del Evangelio?
En este sentido, el Concilio ha de ser visto como una tarea pendiente, como un modo de ser y vivir la Iglesia de Jesucristo en medio de un mundo definitivamente moderno. Creemos tener motivos para pensar que nuestra Iglesia tiene de nuevo que “ponerse al día” y salir al encuentro de una sociedad sustancialmente diferente de aquella que ocupó la segunda mitad del siglo pasado.
- Al hombre salido de las guerras mundiales, angustiado y cuestionado por el sentido de la existencia, le ha sucedido el individuo hedonista y cerrado en su presente, que renuncia a hacerse preguntas incómodas.
- La pasión por la justicia, sustentada en ideologías marxistas y en utopías revolucionarias, se ha diluido en distintos reformismos feministas, culturales o medioambientales, que nos remiten a unas solidaridades parciales y fragmentarias.
El paradigma “libertad-igualdad-fraternidad”, que sintetizaba el nuevo credo de la humanidad surgida de la Revolución francesa, articulaba un ideario moral y social de origen cristiano, pero desvinculado de toda dogmática trascendente. Ésta fue sustituida progresivamente por el positivismo filosófico, científico y jurídico. La Iglesia, ya dividida y desgarrada internamente por la Reforma, no estaba preparada para el envite de la modernidad.
Con la llegada de la revolución industrial, es el ideal de la “igualdad” el que se erige en bandera movilizadora de los cambios sociales. La vieja cristiandad, que, desde Europa, había alumbrado y aglutinado medio mundo, acelera su desmoronamiento interno. A los ojos de las masas obreras la Iglesia aparece vinculada al antiguo régimen, a los poderosos del dinero, de la propiedad y del ejército. De aquí surge una primera y dolorosa deserción que comienza a vaciar los templos y – lo que es peor - a enajenar las voluntades y a encender los odios y rencores (sentimientos profundos, difíciles de curar, y que se transmiten de generación en generación).
Ya mediado el siglo XX, los movimientos revolucionarios cambian de bandera. En el Mayo francés del 68 la “igualdad” (por lo demás, siempre pendiente) es remplazada por la “libertad”. Su puesta en escena insultante y provocadora no debe confundirnos. Los imperativos filosóficos de emancipación habían bajado a la calle. Esta vez, eran los estudiantes, los jóvenes libertarios, quienes protagonizaban el evento. Las masas obreras habían ido perdiendo la delantera e integrándose en los sistemas de producción, en la sociedad del bienestar.
Ya sin moldes ideológicos, ni disciplinas políticas, ni credos religiosos, el espíritu de autoafirmación absoluta irá conquistando a los individuos, a las mentalidades (no sólo las autodenominadas progresistas), impregnando a las sociedades con la ayuda de la publicidad, los medios y las tecnologías de la comunicación. En consecuencia, la “societas christiana” fue desapareciendo como tal. La Iglesia fue dejando de ser la referencia cultural y moral aglutinante de un cuerpo social ya desvertebrado, sólo unido para empresas parciales y de bajo perfil. A la deserción masiva de los obreros se alió la de los intelectuales y los jóvenes… ¿Qué le había quedado a nuestra Iglesia europea? Una “clientela” residual. Por muchos motivos ejemplar y benemérita, sí; pero residual. Sociológicamente poco significativa (o, peor aún, considerada como un fenómeno folclórico y obsoleto, fácilmente ridiculizable). En todo caso, destinada a pasar sin dejar relevo.
Un diagnóstico radical
La modernidad ha traído consigo, entre otras cosas, el secularismo religioso. La indiferencia y la permisividad no son forzosamente anticlericales. Su alcance es mucho más radical: las religiones organizadas son vistas como opuestas a la libertad individual y social y, desde ese supuesto, son peligrosas y destinadas a ser superadas. Las motivaciones espirituales y las energías que antaño canalizaban las religiones se han sustituido por alternativas diversas y ajenas al universo cristiano. Ya no son deudoras del Evangelio, como lo eran los viejos ideales revolucionarios. Son otra cosa. Alternativas plurales, dispares y, a veces, contrarias entre sí, que no responden a un modelo global. Sólo tienen una cosa en común: la afirmación de la libertad individual.
El largo proceso de descristianización sigue hoy su curso para llegar hasta las últimas consecuencias. No ha sido fruto de un día, ni de una mala racha, sino de una lógica implacable. En cierto sentido, la Iglesia del Concilio Vaticano II pretendió salirle al paso con un espíritu de sincera autoconversión evangélica, de revisión de sus responsabilidades históricas y con un diálogo positivo y abierto – no exento de crítica – con los nuevos interlocutores sociales. En los años inmediatamente posteriores a la celebración conciliar se pensó – sin duda ingenuamente - que ello bastaría para invertir la tendencia. Si la Iglesia se ponía al paso de los tiempos, éstos se pondrían al paso de la Iglesia. Y que, por lo tanto, la Iglesia católica volvería a ser la patria espiritual de Occidente. Pero no fue así. Los resultados defraudaron las expectativas. ¿Por culpa del Concilio o de su concreta puesta en práctica, como frecuentemente se piensa (aunque no siempre se diga)? De ninguna manera. Varios y competentes historiadores han demostrado que el Concilio contribuyó a ralentizar un proceso decadente que, sin esta iniciativa del Espíritu – no lo olvidemos -, hubiera sido más rápido y, lo que es peor, con unas consecuencias nefastas para una Iglesia desprovista de instrumentos teológicos y de análisis histórico para poder entenderlo y asumirlo.
Digámoslo claro y breve. La Iglesia actual está pagando aún los réditos de la cristiandad. Una deuda histórica que no ha prescrito. Sobre todo en el delicado terreno de la libertad humana. Su pasado constantiniano de alianza con el poder, para ponerlo al servicio de la extensión de la fe cristiana, pudo explicarse en unas circunstancias históricas belicosas y turbulentas. Su apego al dinero y su afición a acumular propiedades - incluso la vida lujosa y mundana de algunos de sus dirigentes - se compensaban largamente con las múltiples iniciativas de caridad y con los ejemplos heróicos de tantos santos y congregaciones que han vivido las bienaventuranzas evangélicas. Todo ello no ha faltado felizmente en la historia de la Iglesia y ha dejado su huella en nuestra cultura y nuestra moral colectivas. Pero en el campo de la libertad, que – repitámoslo - es el dominante en nuestro tiempo, el déficit de la Iglesia es patente.
La libertad religiosa (que presupone la libertad de conciencia), promovida por el Concilio, fue sin duda uno de los puntos más novedosos – y, por ende, más conflictivos - de toda la práctica conciliar. Le sorprendió a la Iglesia, sobre todo a la española, con el pie cambiado. Hasta el punto de que una libertad religiosa, valorada positivamente, promovida como un bien humano y evangélico; una libertad considerada como un eje vertebrador de la acción pastoral de la Iglesia e inspiradora de su inserción en la sociedad secular… está aun por estrenar. Su lugar lo ocupa una tolerancia resignada, o bien la nostalgia idealizada de un cristianismo más compacto e influyente en la sociedad.
A veces, nuestra Iglesia mantiene un comportamiento medroso, achacando a la libertad, caricaturizada de libertinaje, la culpa de todos los males propios y ajenos. Diríase que aún sueña con aquella interpretación retorcida del “compelle intrare” (“Obligadlos a entrar”) de la parábola lucana (Lc 14,23), que justificaba las conversiones masivas, forzadas e impersonales de la cristiandad medieval y de las conquistas coloniales.
Cuando casi todo se ha perdido
En las últimas décadas y en ocasiones diversas la Iglesia, a través de sus representantes más cualificados, ha pedido perdón por sus pecados históricos. Es un ejercicio de sincera humildad (independientemente de cómo sea percibido por la opinión pública y por algunos de sus mismos fieles) que la honra y que, al mismo tiempo, manifiesta su peculiaridad frente a otras instancias sociales incapaces de toda autorevisión crítica.
Pero aún no se ha dado una conversión convencida a la gozosa libertad de la fe. Formalmente se admite - ¡cómo no! - la gratuidad de los dones divinos y la oferta no coactiva de las creencias. Pero en el fondo la libertad no es el principio rector ¡No estamos convencidos de su grandeza! Nos da miedo la libertad y, por lo tanto, no nos atrevemos a sacar todas las consecuencias que ella implica en cuanto a las relaciones internas y externas, personales y sociales de la Iglesia.
No hemos de escandalizarnos porque tengamos esta “asignatura pendiente”. La conversión no sólo es una cuestión individual e íntima. Tiene también un alcance societario y sigue un calendario gradual condicionado por la historia. Así ha sido en el pasado. La providencia divina se sirvió, por ejemplo, de los movimientos revolucionarios y de arbitrarias leyes civiles para despojar a la Iglesia de sus bienes abusivos y supérfluos, facilitando de esta manera - ¡a su pesar! - su conversión al Evangelio.
¿No seguirá la providencia en nuestros tiempos esta misma paradoja – la del libro de Jonás - , para llamarnos a la conversión hacia la libertad de los hijos de Dios?
Mirando a nuestro país, al ir cesando la presión social a favor de la Iglesia visible, ¿qué es lo que aparece?, ¿qué es lo que queda? El panorama desolador que advertimos ¿es sólo consecuencias de las presiones contrarias, de la fuerzas enemigas? ¿No estamos atravesando, mal que bien, la prueba de la realidad, la que pone a cada cuál en su sitio? Y, si es así, ¿los resultados son forzosamente malos, o bien tienen un valor revelador y terapéutico? Según respondamos a estas cuestiones, así será nuestra orientación práctica.
Cabe seguir a la defensiva, peleando cada desafuero, invocando las razones históricas y jurídicas que puedan asistirle a la Iglesia. Y continuar así transmitiendo la impresión de que, faltos de algo interesante y novedoso que ofrecer, nos limitamos a conservar las posiciones que nos puedan asegurar la subsistencia a corto plazo.
Cabe también atrincherarnos en una identidad cristiana y eclesial de aristas duras y cortantes, so pretexto de fidelidad a la tradición católica y a la esencia innegociable de la ortodoxia. Es ésta una actitud sumamente peligrosa. En el fondo acechan la rigidez fundamentalista y la prepotencia. (La Iglesia no tendría nada que cuestionarse, cuando es la sociedad la que está errada. Nuestros contemporáneos aquí nos tendrán siempre, con actitud de misericordia… Pero, ¡que vengan ellos!).
Cabe seguir empecinados en la vuelta a un pasado más sólido y triunfal, obsesionados por el talismán de ciertas fórmulas ya experimentadas, cuya eficacia real no está exenta de ambigüedad (y de efectos perversos…), que, en todo caso, impiden alumbrar el verdadero futuro.
Cuando en casi todos los tableros vamos perdiendo la partida (la juventud, los intelectuales, las barriadas urbanas, las vocaciones, el aprecio popular, la moral sexual y familiar, la petición de los sacramentos, la asistencia y la motivación en la catequesis infantil y adolescente, en los colegios religiosos, en las universidades católicas…), sólo cabe aceptar la evidencia. Estamos en el desierto, donde no hay atajos y sí espejismos; donde no hay pistas trazadas ni plazos medidos... Es el momento de preguntarnos en la pura desnudez: ¿Qué quieres de nosotros, Señor? Y escuchar antes de hablar.
El alegato de Jeremías (Jer 29,1-32)
Las grandes carencias históricas reclaman conversiones históricas. Estamos en el destierro, a donde nos ha conducido un cristianismo sociológico y cómodo, con poco arraigo en la libre decisión personal. A fuerza de acostumbrarnos al paisaje cristiano, nos hemos salido de la ruta y nos encontramos como extraños y alejados de nosotros mismos. Ya no tenemos referencias válidas. El pasado no sirve y el futuro es incierto. Creyendo estar aún en Jerusalén… ¡nos encontramos en Babilonia!
Salvadas las distancias, nos pueden servir el diagnóstico y las indicaciones prácticas que el bueno de Jeremías daba al pueblo del exilio. Los falsos profetas se contentaban con minimizar la gravedad de la situación y con acortar los plazos del destierro babilónico. A la Babilonia criminal y corrompida había que combatirla desde el disenso, para forzar cuanto antes su rendición y volver libres a la tierra de antaño. Pero éstos no eran los caminos diseñados por Dios. Jeremías sale al paso anunciando un periodo prolongado y, sobre todo, sin control posible. No lo presenta sólo como un castigo divino sino como una oferta de gracia. Al pueblo, definitivamente alejado de su tierra, de sus apoyos y tradiciones seculares, de su culto y sacerdotes, sin poder ni seguridades humanas… ¡ya sólo le queda el Señor y su palabra que todo lo llena! (Cfr. Dan 3,26-41). Han de aprender a escuchar a Dios en tierra extranjera (Sal 137). No basta con cambiar de tácticas: han de mudar el corazón. Y, para ello, hace falta tiempo… El tiempo de Dios, que no coincide con el de las expectativas de los hombres. De ahí, el sorprendente consejo de Jeremías a los desterrados en Babilonia: "La cosa va para largo. Edificad casas y habitadlas; plantad huertos y comed su fruto" (Jer 29,29).
¿No nos invita hoy el Señor a habitar en la sociedad secular en régimen de igualdad con nuestros conciudadanos, sirviendo humildemente a su desarrollo y su futuro, sin traicionar nuestros principios? Hemos de aprender a buscar como discípulos los caminos de Dios en la nueva situación, pendientes tan solo de su Palabra leída, meditada y celebrada en su Iglesia; a ser cristianos en “Babilonia” – en la diáspora y la gentilidad - cuando hasta ahora sólo lo hemos sido en “Jerusalén”.
La Iglesia de los Hechos de los Apóstoles
Los discípulos del Crucificado, ungidos en Pentecostés con la fuerza del Espíritu, son conscientes de que han de seguir los mismos caminos del Siervo Jesús en la audacia y la mansedumbre. No tienen oro ni plata, pero en nombre de Jesucristo resucitado ofrecen lo que poseen a cuantos se acercan a ellos tendiéndoles la mano. Su poder y su palabra no son los suyos propios sino los de Otro, que habita en ellos y que por medio suyo sigue realizando sus planes. Pedro y Juan y los demás apóstoles no enseñan teorías. Pablo no busca la elocuencia ni la sabiduría de este mundo: transmiten el Nombre de Cristo (su persona viva) y su poder salvador. ¡Son sus testigos, no sus propagandistas! (Hch 1,8).
Los apóstoles predican el hecho de la injusta muerte de Jesús no para repartir culpas sino para subrayar la realidad insólita y gratificante para todos de su Resurrección de entre los muertos. No fustigan a los gentiles por sus errores y perversiones (¡sin Cristo, son insalvables!). No buscan la revancha ni sueñan con el pasado (aunque fuera con la piadosa intención de reivindicar la memoria del Nazareno). No piden el apoyo y el favor de las distintas instituciones religiosas o políticas de su tiempo para extender el Evangelio. Sólo pretenden una cosa: ¡hablar con libertad y fuerza espiritual de Jesucristo! Y lo harán, tanto si les dejan como si no. O bien como testigos, o bien como mártires (que para el caso es lo mismo), dando en precio su vida. Mucho menos pretenden cristianizar a toda la sociedad remplazando a los sistemas culturales o políticos existentes. En realidad, no pretenden nada para ellos mismos. Es el Señor quien va escogiendo a sus elegidos, haciéndolos suyos en el Bautismo y destinándolos a la vida eterna, formando a las primeras comunidades de creyentes. Así se evangelizó un mundo no cristiano, desde Jerusalén, pasando por toda Judea y Samaría, hasta los confines de la tierra (Hch 1,8).
El Evangelio es fuerza de Dios y sabiduría de Dios, que brota de su liberalidad y suscita voluntades libres y filiales que lo acogen con gozo. ¡Ésa es su grandeza y su fragilidad! Lo que es gracia sólo gratis ha de ofrecerse. Sin imposiciones, condiciones o dependencias de cualquier tipo; asumiendo, por lo tanto, todos los riesgos de nuestro Salvador. Lo que es anuncio gozoso, sólo ha de presentarse positivamente apelando a los requerimientos más nobles de las personas y los grupos humanos. Los apóstoles saben que se dirigen a pecadores, a los que Cristo ha salvado en su Cruz. No se extrañan de que su libertad se halle condicionada y esclavizada por las obras de la carne. Pero están persuadidos de que esta libertad se suscita, se educa y se engrandece con el anuncio del Evangelio.
El déficit al que ha llegado nuestra Iglesia en los umbrales del S.XXI – su travesía del desierto – se caracteriza no por la carencia de bienes materiales o de instituciones que le proporcionen una cierta presencia social. ¡Le falta su sustancia, le faltan cristianos verdaderos! Personas que se alleguen a ella libremente y a ella se vinculen por lo único que la constituye y la significa: ¡Jesucristo! Todo lo demás es relativo e incluso prescindible.
La bandera de la fraternidad
Si la justicia y la libertad han sido y son banderas polémicas, alzadas fuera de la Iglesia, queda una tercera en el tríptico revolucionario: la de la fraternidad.
En este punto, el déficit se sitúa netamente en el campo de la sociedad secular. No han faltado intentos de solidaridad humana en nombre de la clase social, de la pertenencia a una raza o nación, de la cooperación al desarrollo entre los países, o del ideal deportivo, pongamos por caso. Pero, ausente el Espíritu superador de las contradicciones y, con él, el Amor oblativo, estos intentos frecuentemente han degenerado en tragedias mortíferas para los individuos y los pueblos, en violencia insensata y cruel, en corruptelas y mercantilismo sin corazón… Los testimonios de nuestra historia universal y española son por demás elocuentes. La sociedad actual ya no se fía – razones no le faltan – de quienes proclaman la fraternidad universal como motor de la historia.
El ideal de justicia de nuestros contemporáneos se proyecta en ciertas personalidades (Madre Teresa, Vicente Ferrer, Nicolás Castellanos…) o en iniciativas solidarias tipo ONG, en sí mismas admirables. Con ello parece saldarse la cuota de solidaridad, mientras, al mismo tiempo, se siguen manteniendo diferencias, barreras y privilegios.
El ideal de libertad, está, ciertamente, arraigado en la conciencia individual de las personas. Pero sus formas exteriores no van más allá de una tolerancia blanda y sin contenidos precisos. Una tolerancia fácilmente amoldable y domesticable. Fuera de ella, no existe el compromiso con la libertad del prójimo. (Justamente aquí está la clave: los otros son “ciudadanos”, pero no “prójimos”). Nuestra sociedad parece haberse resignado a tener un buen pasar con un mínimo de responsabilidades (que en lo posible se derivan hacia los demás o hacia los servicios públicos). En “Babilonia” se vive bien con tal de que no se ponga en cuestión al sistema. Cabe la filantropía, pero no hay lugar para el heroísmo altruista.
Los cristianos precisamente tenemos la fraternidad como don y tarea. El amor mutuo ha de ser nuestro permanente distintivo, más allá de modas o conveniencias. Y así ha sido en una historia multisecular, en la que el pecado abundante en su seno ha servido para que sobreabundara y resaltara la gracia del inexplicable amor fraterno. Porque gracia es la comunión de aquellos que, por encima de diferencias y fronteras, se unen en la escucha y la práctica de la misma Palabra de Dios, en la misma Fe, en el mismo Bautismo y en el mismo Padre. Estos vínculos crean una fraternidad tan fuerte, un amor tan humano y espiritual al mismo tiempo, tan entero y entregado, que no tiene parangón en la sociedad humana. ¡Ésta es nuestra aportación más peculiar! La humilde bandera de la fraternidad cristiana se alza por doquier en nuestro mundo, como signo patente de la existencia de un Dios-Padre de todos; de un Dios-Patria común. Por eso, porque somos por voluntad divina parábola, signo y semilla del Amor universal, los cristianos de nuestra Iglesia nos autodenominamos con gozoso orgullo ¡católicos! Juan Pablo II nos invitó con audacia a construir la civilización del amor, de la que ya habló Pablo VI. Y el actual Papa Benedicto XVI ha hecho del Amor el quicio de su magisterio.
Tras esta reflexión, volvamos a la cuestión que nos preocupa sobre el futuro de la Iglesia. Sean cuales fueren las condiciones sociológicas en las que ésta tenga que vivir (está acostumbrada, como San Pablo, a la privación o a la abundancia), nada le impide, antes al contrario, vivir la fraternidad entre sus miembros y ofrecerla humildemente a los demás.
¡Iglesia, sé tú misma!
El Papa Juan Pablo II en Santiago de Compostela el día 8 de Noviembre de 1992 lanzó la famosa interpelación:”Europa, sé tú misma”. A la vista de la evolución de los acontecimientos, se impone un cambio de sujeto: “Iglesia de Europa, sé tú misma”. Para que Europa sea cristiana es, ante todo, la Iglesia quien tiene que cambiar e ir por delante.
La Iglesia del Vaticano II reflexionó sobre su naturaleza y su papel y se decidió a ser ella misma, con valentía apostólica; a recobrar la “parrehesia” de los primeros tiempos, la misma que le llevó a encontrar su sitio martirial en el Imperio romano. Entonces como ahora, su apuesta era pacífica y positiva; no iba contra nada ni contra nadie. Pero no pasó desapercibida y, como su Maestro, suscitó adhesiones y rechazos con igual pasión (véanse ambas cosas en la biografía personal de Pablo de Tarso).
Iglesia, sé tu misma”, quiere decir que, siendo pequeña y servicial, tiene que tomar la iniciativa y proponer a los hombres el Evangelio de Jesucristo. ¡Tomar, sí, la iniciativa, porque el Evangelio es novedad y no se propone solo!... y no “bizquear” a izquierda o derecha, buscando apoyar o contrarrestar las posiciones ajenas. O el Evangelio va por delante, o no es tal (¡Atención!, por delante de todos, incluso de los propios cristianos. No somos los dueños del Evangelio sino sus siervos inútiles).
Hablamos de una Iglesia centrada en su misión, la que recibió de su Señor (Mt 28,16-20): constituir por el Bautismo comunidades de discípulos y no números estadísticos. Unas comunidades que se preocupen no tanto por la cantidad cuanto por la calidad de la vida cristiana libremente asumida por sus miembros (a los que garantizan, en todo caso, los cuatro pilares de la vida cristiana, que leemos en los Hechos de los apóstoles: 2,42-47; 4,3235). Comunidades que, recibiendo con gozo la variedad de dones y carismas del Espíritu, se remiten al único Señor a quien pertenecen y no a personas concretas por valiosas o carismáticas que éstas sean. Comunidades abiertas a la comunión católica sin trampa ni cartón; conscientes de que sin la coherencia de la fe son igualmente vulnerables a todas las tentaciones del mundo al que han de evangelizar.
Estas comunidades pueden y deben de ser sanamente críticas con la mentalidad social, con la cultura dominante en cada caso y con cuantos tienen especiales responsabilidades en el bien común. Pero será una crítica ejercida desde el compromiso, con la unción de la caridad y pensando exclusivamente en el bien de sus destinatarios y no en la propia supervivencia.
Para terminar, y retomando el prototipo del exilio babilónico, no sabemos cuándo volveremos a Jerusalén (entiéndase, a ser una Iglesia floreciente en buenos cristianos, en multiplicidad de carismas y vocaciones, en representatividad de todas las edades, mentalidades y estamentos sociales…). Pero una cosa es cierta: Jerusalén se renovará cuando se haya renovado Babilonia. El éxito de la Iglesia y el de la sociedad civil son diferentes, sí, pero correlativos. No se edifica la Iglesia sobre las ruinas del mundo sino sobre Jesucristo, el único cimiento que nos ha sido dado.