LA
TAUROMAQUIA EN CRISIS
Análisis
y soluciones
Jesús-Andrés
VICENTE
ja.vicente@terra.com
www.jesusandresvicente.blogspot.com
Que
la afición a los toros está en horas bajas es un hecho. Datos son
datos. Lo que puede variar es el diagnóstico; los análisis que
traten de explicar esta crisis. Todos coincidimos en que se trata de
un fenómeno complejo, duradero y creciente; con causas múltiples y
un mismo resultado: el desprestigio social de “la fiesta”. En
este breve ensayo pretendo ir a la raíz de la cuestión, analizando
los presupuestos básicos de la misma.
De
entrada, anuncio cuál es mi hipótesis de trabajo: la crisis de la
tauromaquia es, ante todo, una crisis interna, inherente a ella
misma, y no el fruto de una conjura exterior (antitaurinos, poderes
públicos, antiespañolismo, desinterés de los medios…). Tampoco,
de un cúmulo de incompetencias y de falta de escrúpulos de los
propios actores del espectáculo, los así llamados “taurinos”.
Todos estos factores negativos coadyuvan a la evidente decadencia de
la afición a los toros, pero no son su raíz última. Muchos de
ellos son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de esta decrepitud.
¿Entonces,
cómo enfocar el problema? Se trata, repito, de una crisis interna
fruto de una crisis de civilización. Estamos en un vertiginoso
cambio de época de alcance planetario que afecta a todos los órdenes
de la vida personal y social. Y si ningún ámbito se libra de este
“sunami”, cuánto más aquellos cuya esencia es la tradición y
las costumbres atávicas. En este caso se encuentra la tauromaquia.
Paso
de una cultural rural a una cultura urbana
La
tauromaquia nace en el campo, en el contacto con la naturaleza
despiadada y fascinante al mismo tiempo. Llega a las villas y
villorrios sin romper el cordón umbilical con su procedencia
natural. El toro de lidia es el símbolo supremo - el tótem mítico
- del animal salvaje e irreductible, que conserva todas sus
características primitivas: una fuerza retadora que sólo se puede
vencer con inteligencia y heroísmo. El enfrentamiento con el toro
salvaje se hace en el campo del valor, en el juego de la vida al
precio de la muerte, del sacrificio cruento y sagrado oficiado por
unos elegidos, “sacerdotes” de una liturgia sublime que escapa al
común de los mortales. Por eso, la tauromaquia seduce, porque nace
de las raíces más profundas de la condición humana desde los
tiempos del Creador: “creced,
multiplicaos y someted la tierra”…
Pero
nuestra civilización, por razones de una evolución
tecno-científica, ha tomado otros rumbos antropológicos. Hoy ya no
vivimos en el campo, en contacto con la naturaleza, sino en las
megápolis construidas por el ingenio humano. Los “valientes”
actuales están en los despachos, en los consejos de administración,
en los medios de comunicación. Su valor se mide en términos de
eficacia y de utilidad. No arriesgan su vida sino su prestigio, su
imagen pública, su “caché” económico, su cotización en el
mercado, que es la nueva palestra de la lucha sagrada. Estos
individuos ya no combaten contra las fuerzas cósmicas, no se miden
con los seres más poderosos y temibles de la creación. Combaten
entre sí y, desgraciadamente, con las armas de la astucia y la
bajeza moral. Su victoria consiste en destruir y aniquilar al
competidor, sin tener en cuenta los daños colaterales. La moral de
los tecnócratas y dirigentes actuales es la más opuesta a la
grandeza de la tauromaquia, aunque algunos de estos individuos se
dejen ver en las corridas de “clavel”. (¿Qué hemos hecho para
que las corridas de toros se identifiquen en el imaginario colectivo
con la mal llamada “derechona”? ¿Cómo se puede entender el
heroísmo del todo o nada desde posiciones de cálculo y mediocridad?). Comprendo que apasione el deporte de masas, donde el ciudadano medio
y anónimo proyecta sus frustraciones en el triunfador superdotado.
Pero existe una diferencia abismal: el deportista de élite no se
juega la vida; al contrario es el exponente máximo de la ley del
mercado en su versión más ramplona.
Un
animalismo proteccionista e ingenuo
En
consecuencia con el párrafo anterior, ha cambiado la percepción del
mundo animal. Hoy los animales son considerados mal y a distancia,
desubicados de su ecosistema. El urbanita conoce de primera mano al
reducido mundo de los animales de compañía, cada vez más presente
en sus hogares. A ellos dedica sus afectos y desvelos muchas veces
exagerados. La regla de oro es que el animalito esté bien cuidado y
no sufra. Nada tenemos en contra, por supuesto. La raya se traspasa
cuando se proyectan en el animal sentimientos y valoraciones
reservadas por la naturaleza al ser humano. Y, mucho peor, cuando
estas experiencias propias de los animales de compañía se extienden
al conjunto del reino animal. ¡Bastardo infantilismo, a lo Walt
Disney, que dios confunda! ¡Los animales convertidos en personas; o
bien, las personas rebajadas a animales! (No se pierdan en internet
un sketch magistral del humorista belga Raymond
Devos sobre su “petit chien”).
El
resto de la fauna no es conocido en directo sino en diferido, a
través de la pantalla artificial, en sus distintos formatos
técnicos. Me refiero, sobre todo, a los documentales sobre el mundo
animal, que nos dan a conocer a las diversas especies, pero con la
debida distancia. La que consiguen las series televisivas de
sobremesa con su didactismo adormidero. Por lo menos, el comandante
Cousteau le daba un
talante épico al relato y mi paisano Rodríguez
de la Fuente no escondía el carácter
ambiguo, combativo y trágico del comportamiento animal.
Pero
el mayor vilipendio que nuestra civilización “protectora de los
animales” inflinge a estos seres inferiores (sí, inferiores, no me
escondo) se debe a un doble fenómeno. Negativo el primero: nuestra
sociedad bien-pensante oculta sistemáticamente toda exhibición del
ineludible sufrimiento animal que ella misma promueve, sobre todo en
las especies comestibles necesarias para el sustento humano. Nuestros
niños crecen ignorando que los simpáticos conejitos, aves de
corral, inocentes corderos, opulentos puercos viven hacinados en
recintos de engorde y mueren sacrificados y no de muerte natural.
¡Todo un ejercicio de hipocresía y de falsedad! Los niños pueden
ver y contemplar plácidamente la exhibición de la crueldad y la
violencia que ejercen los seres humanos contra sus semejantes, pero
se les prohíbe asistir a la tradicional matanza del cerdo en el
pueblo de sus mayores. Espectáculo duro, ciertamente, pero integrado
en un contexto antropológico sano y aleccionador. La sociedad
políticamente correcta ha decretado que los animales no sufren, ni
combaten entre sí; que los depredadores son simples guardianes del
equilibrio ecológico. Por lo que se ve, en este mundo sólo sufrimos
las personas. ¡Mejor haber nacido bambi!
El
segundo fenómeno es teóricamente positivo y socialmente valorado,
pero, a mi parecer, más dañino aún que el anterior. Me refiero a
la exhibición de las especies animales en los zoológicos. La puesta
en escena a veces grandiosa y siempre costosísima de estos parques
no puede hacernos olvidar -¡es lo que pretende!- que los animalitos
allí recogidos han sido capturados violentamente, se les ha sacado
de su hábitat natural privándolos de su “libertad” y del
desarrollo de una existencia propia de su especie… ¿No es la mayor
indignidad que se puede cometer con las especies salvajes, la de
exhibirlas en la pasarela con todas las garantías de seguridad y de
asepsia para sus complacientes y curiosos espectadores? ¡Qué
humillación para el león de la sabana, el tigre de Bengala, los
elefantes de la India… convertidos en numerito de feria!
Todo
este excremento de nuestra civilización, eso sí, envuelto en papel
de celofán, repugna a cuantos conocemos y amamos a la tauromaquia.
No soy Francisco de Asís
-¡qué más quisiera!- si bien admito que pueda haber un camino
iniciático de comunión con el reino animal cuasi místico.
Francisco se acercaría a un temible Miura, como lo hizo con el lobo
de Gubbio, sin más armas que la fraternidad y la confianza en el
Supremo Hacedor y el toro se le rendiría noblemente sin haberle
clavado un rehilete. Sería admirable, el sumum del respeto y del
buen trato con las fieras de la tierra. Pero, salvo esta forma
sublime y altamente improbable, he de afirmar que la relación más
digna y respetuosa con el animal salvaje que conozco es la de la
tauromaquia.
En
efecto, este arte es fruto de una convivencia diaria y total del ser
humano con la cabaña animal. Pero cada cual en su lugar. El toro con
su fiereza, su poderío, sus defensas naturales, sus leyes
implacables y violentas de jerarquía en la manada. El hombre, con su
inteligencia, su trabajo en equipo bien conjuntado, contando con la
colaboración de los caballos, perros y bueyes perfectamente domados
para el manejo del toro bravo. También, -¿por qué no?- con la
ayuda de la técnica mecánica e informática; de la ciencia
veterinaria, de la biología, la estadística y la genética… Todo
ello integrado en una simbiosis armoniosa.
Las
gentes de la dehesa brava, porque conocen y aman al toro, respetan y
temen su fiereza y acometividad. Lo manejan con mimo sin violentarlo,
jugando con las querencias a favor, conscientes de que no pueden
hacerle frente ni dominarle cara a cara. ¡Eso vendrá después, otro
día, más adelante… en una plaza de toros, en una fiesta de honor,
donde unos humanos románticos desafiarán a la bestia a cuerpo
limpio en un ritual de sacrificio supremo y verdadero!
El
heroísmo desplazado
La
naturaleza, con todo, siempre reaparece. La población urbana no la
puede orillar. Sin ella, sin su contacto, la vida de la especie
humana sobre este planeta resulta incompleta; más aún,
incomprensible. Por eso, los habitantes de la ciudad volvemos
tercamente al espacio natural con motivaciones novedosas (senderismo,
ruta jacobea, turismo rural, deportes de riesgo y aventura…). Son
contactos pasajeros que ocupan apenas un fin de semana o unos días
de vacaciones y nos acercan a una naturaleza domesticada (de visita
guiada) o retadora. Unos pocos retornan a la vida rural de forma más
auténtica, tratando de recuperar viejas raíces o con planteamientos
alternativos (agricultura ecológica, artesanía manufacturada,
pequeñas comunidades de vida a escala humana, utilización de
energías no convencionales…). Pero el pasado no vuelve con las
fórmulas de antaño. Ya nunca más en la historia –salvo que
ocurra un cataclismo planetario- se dará entre nosotros una economía
de subsistencia, dependiente de la labranza, la ganadería y la caza
primitivas. Y si no es por la tauromaquia, el toro de lidia ya se
habría extinguido sin que un ecologismo de gabinete lo hubiera
impedido.
Si
miramos de cerca a la juventud, a las nuevas generaciones que vienen
por detrás; si nos molestamos en conocer su mentalidad y sus
costumbres sin prejuicios, hemos de confesar que el porvenir taurino
es desolador. Hace tiempo que han desertado de esta fiesta que, para
la mayoría, es incomprensible, aburrida, cuando no bárbara. Piensan
los jóvenes que los taurófilos vivimos en otro mundo; que
constituimos un residuo folclórico de un pasado de celuloide rancio.
Lo poco que conocen o valoran de la fiesta y sus protagonistas se
debe a motivos extrataurinos (lo cual resulta más descorazonador).
Quizás el único vínculo que, hoy por hoy, aún les une con los toros de forma masiva sean las fiestas populares, con todo
su cortejo de peñas y fanfarrias. Habría, no obstante, que analizar
caso por caso, para ver si éstas sean para los jóvenes una escuela
de posible afición taurina o el acta de defunción de un espectáculo
sin sentido.
Para
que enganche la afición, la tauromaquia tiene que encontrar un hueco
en el espíritu del joven, allí donde anidan las ilusiones, el
heroísmo, la ambición, la vibración estética y simbólica, el
sacrificio por una noble causa; la vocación humana, en definitiva,
en su sentido más pleno. Esa profundidad misteriosa e insaciable,
que los espectáculos de consumo no pueden satisfacer. Pero la
mayoría de los jóvenes de los países más avanzados, aquellos que
marcan las pautas culturales de nuestra humanidad globalizada, tienen
ese “hueco” taponado. Lo ocupa una oferta de ocio inmensamente
variada y, a primera vista, más atractiva. Además, por si ello no
bastara, las nuevas tecnologías que ellos utilizan a profusión,
crean y recrean una realidad virtual, una segunda naturaleza
artificial, interactiva y manipulable al gusto del consumidor, un
entorno sin riesgos, más dócil y placentero que la áspera
realidad. Véase si no el mundo de los video-juegos.
Por
otra parte, los nuevos héroes de la juventud se encuentran en los
circuitos del motor y no en un coso taurino. Como todos los héroes
auténticos, los pilotos también se juegan la vida luchando ante
todo contra sí mismos, van al límite de su humanidad explorando sus
posibilidades más recónditas, con el noble afán de ser los
mejores. Así maduran como personas y son elevados a los altares de
la santidad laica (recordemos la muerte del joven Simoncelli).
Solamente que ahora la fuerza a dominar ya no es la de un noble
bruto, el envite indómito de la naturaleza, sino la fuerza salvaje
de un ingenio mecánico, bella montura de victoria o de tragedia.
Todo, como se ve, muy conforme con los logros de nuestra
civilización, que adora a las máquinas, esos nuevos ídolos que
fascinan por su versatilidad y poderío. Éstos son los nuevos tótem
de la juventud actual. El heroísmo subsiste como necesidad
antropológica, pero el escenario se ha desplazado. Sólo el día en
que los jóvenes hallen en el toro lo que encuentran en los bólidos,
las motos y sus pilotos, redescubrirán la tauromaquia y volverán
poco a poco a las gradas. ¡Aún queda cemento vacío para rato!
Mientras
tanto…
¡En
todo caso, hay que actuar arriesgando e innovando; se ha de tomar la
iniciativa, conscientes de la gravedad del problema! Si nos limitamos
a esperar a que escampe, la fiesta de los toros tiene los años
contados. Desde luego que es más fácil analizar la situación y
reflexionar sobre sus causas “a toro pasado” que pronosticar el
futuro y las posibles soluciones. Me limitaré a dejar algunas
orientaciones prácticas que me parecen ser coherentes con el
análisis hasta aquí expuesto.
1.
Plantar cara al antitaurinismo de manera inteligente
¿Qué
sería lo no-inteligente, dada la mentalidad actual? Vayan estas
líneas:
-
Atrincherarnos en posiciones de consumo interno, que sólo valen para
los de casa: repetir, por ejemplo, que la tauromaquia no puede morir
y otros voluntarismos por el estilo. No están los tiempos para pedir
la fe en unas verdades eternas e indemostrables.
-
Ridiculizar a los adversarios “antitaurinos” minimizando su
poderío o prestándoles turbias intenciones, ignorando estúpidamente
que juegan a favor de corriente y que una parte notable y creciente
de la opinión pública está con ellos.
-
Defender a la tauromaquia con argumentos manidos y archiconocidos,
muchos de los cuales no convencen a una mente racionalmente bien
dotada (Ejemplos: “hay otras prácticas
más crueles con los animales en otros países y nadie se mete con
ellas”; “el toro no sufre durante la lidia, eso lo pensamos los
seres humanos”; “criamos al toro de lidia para proteger la
dehesa”; “que nos dejen en paz a los que libremente queremos
asistir a las corridas de toros, ya somos mayorcitos para saber lo
que tenemos que hacer y no perjudicamos a nadie”…).
-
Apoyar la afirmación de que la tauromaquia es cultura en
manifestaciones literarias y artísticas antiguas, repitiendo los
cuatro nombres de la baraja habitual: Goya,
Picasso, Lorca y Ortega y Gasset… Estas
razones se vuelven en nuestra contra y refuerzan a quienes están
persuadidos de que, si es cultura, se trata de una “cultura”
arcaica y superable.
¿Entonces,
qué sería lo inteligente? (Cuando hablo de “inteligente”, no
pienso en la eficacia de estas razones para “convencer” a los
contrarios -¡ojalá!- sino en la capacidad de estar a la altura
intelectual y moral en la que ellos pretendidamente se sitúan).
-
Apoyar y fomentar un ecologismo integral,
en el que se reconozca que las especies animales salvajes tienen una
relación única y genuina con la especie humana. Una relación no
utilitarista, ni decorativa sino “existencial” (hablando en
términos de antropología filosófica). Suprimir estas especies o
destinarlas a piezas de museo, constituiría un pecado ecológico de
gravedad. La relación de los humanos con las bestias se envilecería
aún más. Lejos de “proteger a los animales” con cuidados y
leyes bienintencionadas, se termina consiguiendo el efecto contrario.
Lo peor que le puede pasar al reino animal es que se le pierda el
respeto y la admiración, que se le deje de temer y se le banalice.
¡Ésa es la verdadera dignidad que habría que defender y de la que
tanto y tan mal se habla!
-
Divulgar el conocimiento del toro bravo en el
campo, su hábitat natural. Ya hay
iniciativas muy valiosas en los medios de comunicación, a las que se
añaden otras aparentemente bien orientadas (visitas a las dehesas de
fin de semana o vacaciones conviviendo con el toro bravo y sus
cuidadores, participación en faenas de tienta, aficionados
prácticos…). Cuando escribo “bien orientadas”, me olvido de
las cachupinadas y banquetes gastronómicos camperos, del señoritismo
elitista con ocasión del toro bravo, falseando así la finalidad de
la visita a la dehesa. Lo que aquí se pretende es justamente lo
contrario: divulgar la autenticidad de la crianza de una fiera única
en su género, de un animal de combate, sin esos edulcorantes y
eufemismos que tratan de evitar todo cuanto “pueda herir la
sensibilidad del espectador”. Y, sobre todo, la comunicación
directa y prolongada con los hombres y mujeres del campo bravo
(ganaderos, mayorales, vaqueros, veterinarios…). El testimonio de
su vida cerrada y dura es el mejor semillero de afición, pues sus
motivaciones son vocacionales. No transmiten sólo unos conocimientos
o unas prácticas profesionales sino una pasión. Para volver a
prestigiar la fiesta y reimplantar la afición taurina en las nuevas
generaciones, ¿no habría que empezar por el campo bravo antes de
asistir a un espectáculo tantas veces prefabricado, mediocre y sin
interés alguno? ¿Sería impensable llevar a los alumnos de los
colegios a pasar unas jornadas en una ganadería dentro del cómputo
de actividades formativas extraescolares? Desde luego, produciría en
los pequeños un impacto mucho más hondo y motivador que el folclore
del toreo de salón con las figuras famosas de turno en la plaza
mayor de la ciudad o del pueblo. Esas ideas de “jugar al toro” me
suenan a buenismo bienintencionado, pero mucho me temo que sean
inútiles. Al final, sólo sirven para la foto. ¡No prenderá la
afición en los niños – la mejor edad - sin transmitirles pasión,
riesgo, aventura y admiración por el toro bravo!
-
Valorar, desde unos presupuestos filosóficos y morales actualizados,
la gesta del torero ante el toro.
Este último no es una víctima vil de la prepotencia ególatra del
hombre sino un noble colaborador en un evento de alta nota artística
y espiritual. Escribo “espiritual” para referirme a la esencia
más honda del combate taurino. Las dificultades y amenazas que
presenta el animal –imprevisibles y cambiantes a lo largo de la
lidia- se ciernen sobre un ser humano solitario y desamparado, sin
otros recursos que la inteligencia y el valor que mueven los leves
engaños que maneja. Se encuentra, pues, en una situación límite
donde el sujeto experimenta al mismo tiempo su fragilidad de criatura
y sus capacidades ocultas de índole cuasi “sobrenatural”. En ese
instante mágico, ¡qué bien le cuadra al matador el conocido
pensamiento de Blas Pascal,
según el cual "el hombre supera
infinitamente al hombre"! ¡Hemos de
rescatar de la vulgaridad y de la bazofia a este ser superior,
intensamente humano, que es el torero! No es un embrutecido
maltratador de animales indefensos ni tampoco un personaje
superficial del papel couché. El respeto al toro y al torero van de
la mano.
2.
Renovar desde dentro las estructuras y los modos de funcionar de la
Fiesta
Llegamos
al punto crucial, el del espectáculo taurino y su entorno. Es verdad
que no existe un solo modelo de corridas de toros o novillos; que el
abanico es amplio. Pero, como fenómeno global, está desfasado y ha
de encontrar nuevos cauces de expresión, si queremos no que vuelvan
esplendores pasados, sino que encuentre un lugar prestigioso –grande
o pequeño, ya se verá- entre la producción cultural y lúdica de
nuestra sociedad. Que la tauromaquia sea un ámbito y un conjunto de
espectáculos de los que la gran mayoría de un país –aficionados
o no a la corrida- se pueda sentir orgullosa. Son muchas las
sugerencias que, a este propósito, me vienen a la cabeza y trataré
de exponerlas sucinta y ordenadamente.
-
En primer lugar, pediría calma. Los cambios profundos no se hacen en
un día y nadie tiene la varita mágica de la solución. Taurinos
y aficionados hemos de buscar juntos con humildad y lucidez.
No nos engañemos: la caída numérica del espectáculo va a
continuar, aunque mejore la situación económica del país. Vamos
hacia un espectáculo minoritario. Busquemos antes la calidad que la
cantidad, afrontando con realismo la reducción de camadas, la
reducción de honorarios y de cánones de contratación. Aprovechemos
la necesaria poda de la viña para que mejore el vino. Nuestros
catadores taurinos ya no tragan el peleón. Pasaremos tiempos
difíciles, pero podremos crear afición, que es de lo que se trata.
-
Está ya dicho y redicho, la fiesta necesita una
urgente inyección de “emoción” y ésta
la pone el toro bravo con su integridad física y con su agresividad
psicológica. El toro “a modo”, el toro
“artista”, el toro “noble pero…” no
tienen porvenir, pese a quien pese. La acometividad no está reñida
con la nobleza, pero es lo primero. De manera análoga a como el
dominio del toro bravo por parte de su matador es compatible con
la expresión artística y la belleza formal que arrebata a las
públicos. Al toro se le hace frente con valor y técnica y, además
de eso, quien esté tocado por los dioses que se entregue a su
inspiración. Lo que no vale es la corrida-montaje que discurre por
derroteros previsibles y con lidias clónicas y aburridas.
Espectáculos que sólo se salvan por la camaradería y la merienda,
sin ningún interés por lo que ocurre en el ruedo. Pura inercia de
una tradición sin alicientes. El novato que picó una vez, no
repetirá.
-
La relación entre el público festero y los
aficionados no ha de ser de oposición. Ambos
tienen su razón de ser y han de poder encontrar el espectáculo que
buscan. Los espectadores ocasionales de feria no son los
indocumentados a los que se les puede engañar con cuatro gestos
populistas y unos materiales de deshecho. Saben apreciar el riesgo
del toro y los alardes de valor de los ejecutantes de las distintas
suertes y, a veces, sorprenden por su paladar para gustar manjares
más refinados (así ocurre en los sanfermines de Pamplona). Pero,
una cosa es evidente: aunque los verdaderos conocedores de la
tauromaquia y los aficionados cultivados en este arte sean
minoritarios, son ellos los que marcan tendencias y criterios para el
futuro de la fiesta. ¡Desgraciado y obtuso el taurinismo que los
desprecie y los margine! Como argumento a favor, tenemos el fenómeno
admirable de la tauromaquia en Francia en los últimos lustros. En un
ambiente culturalmente más ajeno y hostil que el español, la
afición francesa está consiguiendo no sólo mantener (que no es
poco) sino asentar y prestigiar a la tauromaquia. Allí se aúnan el
sentimiento y la cabeza; la pasión y la razón; la profesionalidad y
la inventiva. Y muy poco de esa golfería indolente, disfrazada de
casticismo, propia del mundillo taurino español. “Juncal”
ya pasó de moda.
-
No conozco por dentro el mundo de las Escuelas
taurinas, pero es evidente que son una
experiencia consolidada y muy interesante. Las Escuelas, en
principio, reúnen todas las características para seguir labrando el
futuro de la fiesta, pues tocan las teclas principales (unos jóvenes
de nuestro tiempo, mordidos por la afición al toro, que siguen una
formación integral en contacto con el campo bravo y guiados por
personas muy cualificadas del mundo taurino). Merecen, por lo tanto,
todo el apoyo.
-
Finalmente, para que el combate taurino sea defendible ante la
sensibilidad actual tiene que haber juego
limpio. El enfrentamiento del hombre y la
bestia es asimétrico y peculiar. En principio, el toro se defiende
ante un agresor que osa invadir su territorio y acercarse a él sin
ser de su especie bovina; y lo hace embistiendo con sus astas por
delante. Poco a poco, hipnotizado por los engaños que ferozmente
persigue, se va sintiendo ganado por un juego que desconoce. Sin
saberlo ni pretenderlo, al perseguir el lienzo rojo está dando
rienda suelta a su acometividad, a su “bravura” (que es su fuerza
y su grandeza) y, al mismo tiempo, está colaborando con la obra de
arte que construye su admirado burlador. La naturaleza le ha criado
para ser el número uno, el que mande en la manada para imponer su
ley frente a sus congéneres. Pero la dura experiencia le ha enseñado
que esa primacía raramente se logra. Si lucha contra otro más
fuerte que él y éste le vence, el bovino ha de someterse al
dominador y seguirle obediente. Su agresividad se convierte,
entonces, en gregarismo. Esto es lo que ocurre en los veinte minutos
de la lidia. La obra de arte no consiste en una vistosidad
artificial, en “ponerse bonito” (¡nada más lejos!), sino en
domar grácilmente a la fiera en un tiempo récord, para que pase de
ser un rudo agresor a un compañero rendido ante aquel que es más
fuerte no por su violencia superior sino por el magnetismo del temple
de las telas. El toro deviene así un colaborador convencido, sumiso
y fiel del hombre. El sacrificio del toro en el ruedo no se entiende
como un acto de victoria cruel y vengativa por parte del rival (en
esto se aleja de la ley fatídica de la manada). Al contrario, el
toro de lidia ha sido enaltecido y sublimado por la acción del
hombre. Su muerte es un sacrificio pagano, en el que el humano y el
animal, mutuamente consagrados, elevan una ofrenda en honor del
destino. Pues bien, para que este ritual se cumpla en toda su
grandiosidad es necesario que haya ecuación y respeto mutuo: el toro
ha de poder contar con la integridad de sus defensas y de sus fuerzas
físicas y mentales; el torero, al contrario, sin ninguna otra
ventaja que la de sus capacidades superiores y unos leves
instrumentos de engaño no punitivos. Se ha de evitar, por lo tanto,
todo lo que suponga prepotencia, ensañamiento, crueldad gratuita…
(Revísense, pues, los reglamentos de cada espectáculo, sin
complejos. Sométanse a debate no sólo fiestas tan dudosas como el
“Toro de la Vega”,
que año tras año nos trae la consabida lluvia de desprestigio para
la tauromaquia, sino también el rejoneo a caballo, al menos en su
actual formato).
Pacientes
lectores, estas propuestas son indicativas y abiertas. Ofrecen un
espacio de autocrítica porque quieren asegurar un futuro a la fiesta
de toros. Espero que se haya entendido su sentido. Ahora exijo
valentía. No todo el coraje se tiene que ejercer en el ruedo y
frente al toro; también en los medios de comunicación, en los
despachos y los hemiciclos. En la lidia frente a una opinión
pública, a la que hemos de reconquistar “toreramente”.