La identidad nostálgica


Hace cuarenta años los que participábamos en las primeras elecciones democráticas e iniciábamos la transición no éramos de una raza superior. Si analizamos fríamente aquellas primeras etapas, encontramos aciertos y errores. Nos movía el ideal de la democracia, superador de los viejos traumas de nuestra convivencia secular. Pero, pronto, nuestras mentes se volvieron hacia el pasado, a escarbar morbosamente en busca de una identidad idílica. Para no ser menos que los catalanes, vascos o gallegos, nos soñábamos herederos privilegiados de un tiempo mejor y diferente. Los castellanos volvimos a desenterrar al Cid y a los Comuneros y a rescatar del olvido las jotas y las dulzainas. Esa operación nostálgica traía consigo un tono épico y reivindicativo, que le daba su punto emocional. No faltaban los héroes y los villanos culpables de que en cada lance Castilla se viera humillada y desviada de su glorioso destino.

Por fortuna, a los habitantes de estas tierras mesetarias se nos fue pasando el sarampión identitario. El afán de cada día nos presentaba otros ideales más realistas y productivos; adaptados a nuestras responsabilidades y a nuestras capacidades presentes y, por ello, generadores de solidaridad sin fanatismos. Teníamos entre manos la construcción de una España moderna dejándonos de ensoñaciones y majaderías. Las gestas castellanas bien están para amueblar nuestra cultura personal y para las representaciones teatrales y festivas de nuestros estíos.

En una canción de la época, obra del gran Raimon (grande en su humildad), “De un tiempo, de un silencio”, a golpe de guitarra se aseguraba “Quien pierde sus orígenes, pierde identidad”. Los orígenes, cierto, son necesarios para no perderse en el mapa de la vida. Pero la identidad no hay que buscarla en el pasado sino en el hoy abierto al mañana. Evoluciona y crece con cada generación y en cada época. Hablamos de una identidad integradora y creativa, que no tiene nada que ver con la identidad nostálgica, para la cual las esencias (del pueblo, de la nación, del grupo humano) se encuentran en el ayer, en unos presuntos hechos fundadores, unas raíces sagradas a las que habría que guardar ciega fidelidad. Esta identidad se alimenta de una visión idealizada y mítica de la historia que pretende regresar al paraíso perdido. Quienes se dejan morder por este delirio se consideran unos seres superiores e intocables, predestinados a desempeñar una misión providencial. Tanta grandeza les resulta incompatible con la mediocridad circundante, a la que hay que combatir, culpabilizar y, en todo caso, mantener a distancia. Una tal superioridad moral no se justifica: es un axioma, una evidencia suprema que sólo pueden percibir los iniciados. Los demás sólo serán enemigos de esa arcadia soñada y de su realización práctica. Desde fuera se ve claro que ésta es una empresa irracional. Pero, ellos, los elegidos, dicen estar dispuestos a dar la vida por conseguirla.


El fundamentalismo religioso, el nacionalismo radical o el dogmatismo ideológico son, antes que nada, una patología de la personalidad colectiva y, como tal, ha de ser tratada. Es inútil combatir ideas y actuaciones de quienes no aceptan el debate común porque se sitúan en una iluminación revelada. Lo único que cabe, por tanto, es mirar hacia otro lado y buscar en el horizonte un nuevo proyecto superador de tales bloqueos. Pienso sinceramente que ese proyecto existe hoy entre nosotros y se llama Europa. La identidad europea es una empresa actual, sanamente retadora. Si nos concertamos los unos y los otros en mirar hacia adelante, quizás se resuelvan problemas hoy por hoy irresolubles. Porque la identidad colectiva no es una posesión que se conquiste arrebatándosela al enemigo sino un don que el destino nos entrega a todos por añadidura y gratuitamente.

Publicado en Diario de Burgos 20 Agosto 2017
HOMILÍA EN EL FUNERAL DE TINO BARRIUSO.
 27 MAYO 2017


Muy queridos Marisol, Alejandro, Jimena, Álvaro, Ismael…

Como sacerdote y amigo, me toca dirigiros la palabra, que es una de las tareas más hermosas que se puede hacer en esta vida, bien sea ésta oral o escrita. También, ¿por qué no?, en una ocasión tan dolorosa y difícil de encajar como es la despedida de Tino.

Muchos de vosotros habéis escrito, o lo váis a hacer, con más autoridad y enjundia que yo, el epílogo del libro de la vida terrena de Tino, una vida hermosa y apasionante. A mí me corresponde hacer el prólogo de un nuevo libro; llamémosle, para entendernos, la Vida Eterna.

Permitidme para ello evocar dos anécdotas del santo de ayer, día de la inesperada muerte de Tino. Me refiero a San Felipe Neri (un recuerdo a vuestro padre Felipe y a vuestra madre Aurora, fundadores de una amplia y querida familia con hondas raíces en nuestra ciudad; y a vuestro hermano asimismo Felipe). Felipe Neri fue quizás el santo más simpático del calendario cristiano. También, como Tino, poeta, humorista, imaginativo, cordial y buen educador de niños y jóvenes. Por originales que podamos ser los individuos, siempre tenemos espejos en los que mirarnos y reconocernos.

Este santo del Cinquecento romano estuvo bajo sospecha por dos motivos: porque recogía a los niños de la calle y porque tenía la osadía de ser feliz. Pero cuando el Papa Sixto V le llamó a capítulo delante de aquellos prebostes severos e hipócritas que le hicieron la vida imposible, sorprendentemente le entregó el capelo nombrándolo cardenal. Entonces Felipe, con cara de niño travieso y soltando una franca carcajada, tiró al aire aquel solemne sombrero mientras dijo la frase lapidaria:”¡Prefiero el paraíso!”. Cuenta la historia que el siguiente en reír la hazaña fue el propio Papa y, después, ¡cómo no!, todos los presentes.

Tino ha sido un hombre libre, no siempre comprendido ni por los demás ni por sí mismo. A los que, como él, tienen un “paraíso” en el alma, este mundo se les hace estrecho y mezquino. ¡Cuántas veces tiró al aire los birretes y los diplomas, con una risa divertida! Siempre sin soberbia intelectual.

En cambio, como poeta y escritor, se tomó muy en serio las palabras. No, las palabras tópicas y convencionales, que son palabras muertas, sino las palabras vivas. El poeta auténtico no las exhibe pedantemente en el escaparate; antes bien, las rompe y las destripa como un niño rompe su juguete, para descubrir el misterio que encierra. Tino, como tantos otros, buscaba el paraíso, el “parnaso” de las musas divinas, la patria de los soñadores y los inconformistas.

Como persona inquieta, buscaba a Dios a su manera. Él se deja encontrar por todos los caminos, hasta los más heterodoxos. Así nos lo aseguraba San Pablo en la primera lectura (Hch 17,27-28).

Como persona amiga y cordial, Tino nos daba a entender que el Paraíso no estaba lejos de cada uno sino al alcance de la mano y del corazón y que la muerte no hace sino dilatar infinitamente cuanto hemos amado. El Paraíso no es un lugar físico sino Dios mismo que nos abre las puertas de su vida íntima para morar en Él. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, nos dice de nuevo Jesús en el evangelio de Juan (Jn 14,2).

Felipe Neri repetía a sus chavales con un humor inteligente: “¡Sed buenos… si podéis!”. Bien conocía él las dificultades y pecados propios y ajenos; de los mayores y los pequeños. Su invitación es todo lo contrario del·”buenismo”, que es una bondad sin sufrimiento. Dios nos llama a una bondad realista, que es el primer peldaño de la vida cristiana. ¡Cuántos quisiéramos llegar a él e incluso quedarnos allí!

El Tino educador del Mendoza siempre prefirió hacer buenas personas y buenos ciudadanos antes que eminentes físicos. Era una opción hoy discutida. Pero me consta que Tino ha podido apreciar los resultados.

Tú, Tino, acostumbrado a jugar con los vocablos, cambiarías de buen grado el condicional “Sed buenos… si podéis” por la afirmación “¡Sed buenos… sí podéis!”.


Que tus preferencias y las de los tuyos se vean colmadas. ¡Que el Paraíso sea contigo y tú con él!

¡TENGO UNA IDEA!

Que nuestros gobernantes andan escasos de ideas, es algo sabido. Llevan años, diría siglos, repitiendo los mismos eslóganes y tropezando en las mismas piedras. Con lo fácil que es tener una buena idea. Sin ir más lejos, yo mismo esta mañana en un súbito ataque de lucidez he parido varias. Unas ideas tan evidentes y luminosas que no me explico cómo no se les han ocurrido antes a la multitud de personajes que pueblan los despachos o los medios de comunicación. Mis ideas, además, son gratuitas; no pienso cobrar por ellas. Ni tampoco voy a fundar un nuevo partido político, no teman; ni siquiera escribir un manifiesto para reclamar adhesiones. Simplemente las lanzo al viento y quien las recoja puede decir que son suyas y que se le han ocurrido a él. ¿No es maravilloso? Y si encima se llevan a la práctica, mi dicha sería total. Pues bien, para empezar, ofrezco una hoja de ruta cargada de sentido común.

Resulta que a España (por ahora… llamémosla así) se le acumulan los problemas. Por orden de gravedad y aparición en escena, se resumirían en estos tres: una larga crisis económica, con sus secuelas de paro y de empobrecimiento masivos; un desprestigio alarmante de las instituciones democráticas y sus dirigentes; y una seria amenaza de desmembramiento territorial. Primera evidencia: si queremos resolverlos, se han de abordar por este orden de prioridad y no todos al tiempo. Por lo tanto, y en lo que respecta a la crisis, mi idea es un imperativo: que todas las fuerzas políticas, económicas y sociales dejen por una vez de ser infantiles y se pongan a empujar mirando sólo hacia delante, no a los lados. Ante una emergencia general todo lo demás es inútil. Todos podemos apoyar cuantas medidas de gestión sean al mismo tiempo eficaces y solidarias, sin hacer caso de la firma, la ideología o el logotipo.

Una vez remontado el vuelo, será el momento de abordar de lleno el segundo problema, la regeneración de nuestra maltrecha democracia. Vendrán entonces los arreglos de cuentas, la depuración de responsabilidades de todo tipo, una catarsis, en fin, que dé paso a otros proyectos y a otras caras en la vida pública, que nos hagan recobrar la ilusión y la esperanza colectivas.

El tercer problema depende de los dos anteriores. Es manifiesto que la actual democracia no ha logrado resolver el difícil puzzle de los territorios ibéricos. Y no ha sido por falta de buenas intenciones e incluso de generosidad. Ya la Constitución de 1978 distinguía entre nacionalidades y regiones, algo vería en la complicada historia de esta península. Pero se queda en el orden sublime de los principios (unidad de la nación española y soberanía compartida; diferencias y solidaridad…) sin concretar las reglas de juego, quedando éstas a merced de los mutuos reproches, de las megalomanías demagogas, del superpoder del Tribunal Constitucional… Un ambiente irrespirable, un juego sucio, del que todos se quieren retirar con la ganancia. Ya no está bien visto participar.


¿Qué hacer? Hay menos dinero para repartir, hemos mirado a la cara a los corruptos y descubierto las trampas de los financieros de casino. ¿Qué nos queda? Si podemos superar el resentimiento, habremos ganado la partida: ¡nos queda la experiencia, lo aprendido! Podremos refundar la democracia sobre nuevas bases, adentrarnos sin miedos en un proceso que lleve a una reforma realista de la Carta Magna para poder tirar otros cuarenta añitos. Como esta maniobra exigirá en su día un referendum de todo el pueblo español, el tercer problema se aborda de lleno. Los que piden autodeterminación, incluso los que quieren separarse de España tendrán aquí su ocasión de oro sin necesidad de que los demás quebrantemos el principio de soberanía nacional. En 1978 los territorios históricos votaron a favor de la Constitución igual que los demás (en Cataluña, por cierto, con amplísima mayoría). Es decir, se “autodeterminaron”… para quedarse. Si una Constitución reformada ya no les representara ni colmara sus aspiraciones, con votar mayoritariamente en contra, todos lo tendríamos claro y podríamos sacar las conclusiones pertinentes. Y sin despeinarse, oigan. Yo ya les he brindado mis ideas. Luego, no se me quejen. Ni me aburran, por favor.

LA TAUROMAQUIA EN CRISIS

LA TAUROMAQUIA EN CRISIS
Análisis y soluciones

Jesús-Andrés VICENTE
ja.vicente@terra.com
www.jesusandresvicente.blogspot.com

Que la afición a los toros está en horas bajas es un hecho. Datos son datos. Lo que puede variar es el diagnóstico; los análisis que traten de explicar esta crisis. Todos coincidimos en que se trata de un fenómeno complejo, duradero y creciente; con causas múltiples y un mismo resultado: el desprestigio social de “la fiesta”. En este breve ensayo pretendo ir a la raíz de la cuestión, analizando los presupuestos básicos de la misma.

De entrada, anuncio cuál es mi hipótesis de trabajo: la crisis de la tauromaquia es, ante todo, una crisis interna, inherente a ella misma, y no el fruto de una conjura exterior (antitaurinos, poderes públicos, antiespañolismo, desinterés de los medios…). Tampoco, de un cúmulo de incompetencias y de falta de escrúpulos de los propios actores del espectáculo, los así llamados “taurinos”. Todos estos factores negativos coadyuvan a la evidente decadencia de la afición a los toros, pero no son su raíz última. Muchos de ellos son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de esta decrepitud.

¿Entonces, cómo enfocar el problema? Se trata, repito, de una crisis interna fruto de una crisis de civilización. Estamos en un vertiginoso cambio de época de alcance planetario que afecta a todos los órdenes de la vida personal y social. Y si ningún ámbito se libra de este “sunami”, cuánto más aquellos cuya esencia es la tradición y las costumbres atávicas. En este caso se encuentra la tauromaquia.

Paso de una cultural rural a una cultura urbana

La tauromaquia nace en el campo, en el contacto con la naturaleza despiadada y fascinante al mismo tiempo. Llega a las villas y villorrios sin romper el cordón umbilical con su procedencia natural. El toro de lidia es el símbolo supremo - el tótem mítico - del animal salvaje e irreductible, que conserva todas sus características primitivas: una fuerza retadora que sólo se puede vencer con inteligencia y heroísmo. El enfrentamiento con el toro salvaje se hace en el campo del valor, en el juego de la vida al precio de la muerte, del sacrificio cruento y sagrado oficiado por unos elegidos, “sacerdotes” de una liturgia sublime que escapa al común de los mortales. Por eso, la tauromaquia seduce, porque nace de las raíces más profundas de la condición humana desde los tiempos del Creador: “
creced, multiplicaos y someted la tierra”…

Pero nuestra civilización, por razones de una evolución tecno-científica, ha tomado otros rumbos antropológicos. Hoy ya no vivimos en el campo, en contacto con la naturaleza, sino en las megápolis construidas por el ingenio humano. Los “valientes” actuales están en los despachos, en los consejos de administración, en los medios de comunicación. Su valor se mide en términos de eficacia y de utilidad. No arriesgan su vida sino su prestigio, su imagen pública, su “caché” económico, su cotización en el mercado, que es la nueva palestra de la lucha sagrada. Estos individuos ya no combaten contra las fuerzas cósmicas, no se miden con los seres más poderosos y temibles de la creación. Combaten entre sí y, desgraciadamente, con las armas de la astucia y la bajeza moral. Su victoria consiste en destruir y aniquilar al competidor, sin tener en cuenta los daños colaterales. La moral de los tecnócratas y dirigentes actuales es la más opuesta a la grandeza de la tauromaquia, aunque algunos de estos individuos se dejen ver en las corridas de “clavel”. (¿Qué hemos hecho para que las corridas de toros se identifiquen en el imaginario colectivo con la mal llamada “derechona”? ¿Cómo se puede entender el heroísmo del todo o nada desde posiciones de cálculo y mediocridad?). Comprendo que apasione el deporte de masas, donde el ciudadano medio y anónimo proyecta sus frustraciones en el triunfador superdotado. Pero existe una diferencia abismal: el deportista de élite no se juega la vida; al contrario es el exponente máximo de la ley del mercado en su versión más ramplona.

Un animalismo proteccionista e ingenuo

En consecuencia con el párrafo anterior, ha cambiado la percepción del mundo animal. Hoy los animales son considerados mal y a distancia, desubicados de su ecosistema. El urbanita conoce de primera mano al reducido mundo de los animales de compañía, cada vez más presente en sus hogares. A ellos dedica sus afectos y desvelos muchas veces exagerados. La regla de oro es que el animalito esté bien cuidado y no sufra. Nada tenemos en contra, por supuesto. La raya se traspasa cuando se proyectan en el animal sentimientos y valoraciones reservadas por la naturaleza al ser humano. Y, mucho peor, cuando estas experiencias propias de los animales de compañía se extienden al conjunto del reino animal. ¡Bastardo infantilismo, a lo Walt Disney, que dios confunda! ¡Los animales convertidos en personas; o bien, las personas rebajadas a animales! (No se pierdan en internet un sketch magistral del humorista belga 
Raymond Devos sobre su “petit chien”).

El resto de la fauna no es conocido en directo sino en diferido, a través de la pantalla artificial, en sus distintos formatos técnicos. Me refiero, sobre todo, a los documentales sobre el mundo animal, que nos dan a conocer a las diversas especies, pero con la debida distancia. La que consiguen las series televisivas de sobremesa con su didactismo adormidero. Por lo menos, el comandante
Cousteau le daba un talante épico al relato y mi paisano Rodríguez de la Fuente no escondía el carácter ambiguo, combativo y trágico del comportamiento animal.

Pero el mayor vilipendio que nuestra civilización “protectora de los animales” inflinge a estos seres inferiores (sí, inferiores, no me escondo) se debe a un doble fenómeno. Negativo el primero: nuestra sociedad bien-pensante oculta sistemáticamente toda exhibición del ineludible sufrimiento animal que ella misma promueve, sobre todo en las especies comestibles necesarias para el sustento humano. Nuestros niños crecen ignorando que los simpáticos conejitos, aves de corral, inocentes corderos, opulentos puercos viven hacinados en recintos de engorde y mueren sacrificados y no de muerte natural. ¡Todo un ejercicio de hipocresía y de falsedad! Los niños pueden ver y contemplar plácidamente la exhibición de la crueldad y la violencia que ejercen los seres humanos contra sus semejantes, pero se les prohíbe asistir a la tradicional matanza del cerdo en el pueblo de sus mayores. Espectáculo duro, ciertamente, pero integrado en un contexto antropológico sano y aleccionador. La sociedad políticamente correcta ha decretado que los animales no sufren, ni combaten entre sí; que los depredadores son simples guardianes del equilibrio ecológico. Por lo que se ve, en este mundo sólo sufrimos las personas. ¡Mejor haber nacido bambi!

El segundo fenómeno es teóricamente positivo y socialmente valorado, pero, a mi parecer, más dañino aún que el anterior. Me refiero a la exhibición de las especies animales en los zoológicos. La puesta en escena a veces grandiosa y siempre costosísima de estos parques no puede hacernos olvidar -¡es lo que pretende!- que los animalitos allí recogidos han sido capturados violentamente, se les ha sacado de su hábitat natural privándolos de su “libertad” y del desarrollo de una existencia propia de su especie… ¿No es la mayor indignidad que se puede cometer con las especies salvajes, la de exhibirlas en la pasarela con todas las garantías de seguridad y de asepsia para sus complacientes y curiosos espectadores? ¡Qué humillación para el león de la sabana, el tigre de Bengala, los elefantes de la India… convertidos en numerito de feria!

Todo este excremento de nuestra civilización, eso sí, envuelto en papel de celofán, repugna a cuantos conocemos y amamos a la tauromaquia. No soy
Francisco de Asís -¡qué más quisiera!- si bien admito que pueda haber un camino iniciático de comunión con el reino animal cuasi místico. Francisco se acercaría a un temible Miura, como lo hizo con el lobo de Gubbio, sin más armas que la fraternidad y la confianza en el Supremo Hacedor y el toro se le rendiría noblemente sin haberle clavado un rehilete. Sería admirable, el sumum del respeto y del buen trato con las fieras de la tierra. Pero, salvo esta forma sublime y altamente improbable, he de afirmar que la relación más digna y respetuosa con el animal salvaje que conozco es la de la tauromaquia.

En efecto, este arte es fruto de una convivencia diaria y total del ser humano con la cabaña animal. Pero cada cual en su lugar. El toro con su fiereza, su poderío, sus defensas naturales, sus leyes implacables y violentas de jerarquía en la manada. El hombre, con su inteligencia, su trabajo en equipo bien conjuntado, contando con la colaboración de los caballos, perros y bueyes perfectamente domados para el manejo del toro bravo. También, -¿por qué no?- con la ayuda de la técnica mecánica e informática; de la ciencia veterinaria, de la biología, la estadística y la genética… Todo ello integrado en una simbiosis armoniosa.

Las gentes de la dehesa brava, porque conocen y aman al toro, respetan y temen su fiereza y acometividad. Lo manejan con mimo sin violentarlo, jugando con las querencias a favor, conscientes de que no pueden hacerle frente ni dominarle cara a cara. ¡Eso vendrá después, otro día, más adelante… en una plaza de toros, en una fiesta de honor, donde unos humanos románticos desafiarán a la bestia a cuerpo limpio en un ritual de sacrificio supremo y verdadero!

El heroísmo desplazado

La naturaleza, con todo, siempre reaparece. La población urbana no la puede orillar. Sin ella, sin su contacto, la vida de la especie humana sobre este planeta resulta incompleta; más aún, incomprensible. Por eso, los habitantes de la ciudad volvemos tercamente al espacio natural con motivaciones novedosas (senderismo, ruta jacobea, turismo rural, deportes de riesgo y aventura…). Son contactos pasajeros que ocupan apenas un fin de semana o unos días de vacaciones y nos acercan a una naturaleza domesticada (de visita guiada) o retadora. Unos pocos retornan a la vida rural de forma más auténtica, tratando de recuperar viejas raíces o con planteamientos alternativos (agricultura ecológica, artesanía manufacturada, pequeñas comunidades de vida a escala humana, utilización de energías no convencionales…). Pero el pasado no vuelve con las fórmulas de antaño. Ya nunca más en la historia –salvo que ocurra un cataclismo planetario- se dará entre nosotros una economía de subsistencia, dependiente de la labranza, la ganadería y la caza primitivas. Y si no es por la tauromaquia, el toro de lidia ya se habría extinguido sin que un ecologismo de gabinete lo hubiera impedido.

Si miramos de cerca a la juventud, a las nuevas generaciones que vienen por detrás; si nos molestamos en conocer su mentalidad y sus costumbres sin prejuicios, hemos de confesar que el porvenir taurino es desolador. Hace tiempo que han desertado de esta fiesta que, para la mayoría, es incomprensible, aburrida, cuando no bárbara. Piensan los jóvenes que los taurófilos vivimos en otro mundo; que constituimos un residuo folclórico de un pasado de celuloide rancio. Lo poco que conocen o valoran de la fiesta y sus protagonistas se debe a motivos extrataurinos (lo cual resulta más descorazonador). Quizás el único vínculo que, hoy por hoy, aún les une con los toros de forma masiva sean las fiestas populares, con todo su cortejo de peñas y fanfarrias. Habría, no obstante, que analizar caso por caso, para ver si éstas sean para los jóvenes una escuela de posible afición taurina o el acta de defunción de un espectáculo sin sentido.

Para que enganche la afición, la tauromaquia tiene que encontrar un hueco en el espíritu del joven, allí donde anidan las ilusiones, el heroísmo, la ambición, la vibración estética y simbólica, el sacrificio por una noble causa; la vocación humana, en definitiva, en su sentido más pleno. Esa profundidad misteriosa e insaciable, que los espectáculos de consumo no pueden satisfacer. Pero la mayoría de los jóvenes de los países más avanzados, aquellos que marcan las pautas culturales de nuestra humanidad globalizada, tienen ese “hueco” taponado. Lo ocupa una oferta de ocio inmensamente variada y, a primera vista, más atractiva. Además, por si ello no bastara, las nuevas tecnologías que ellos utilizan a profusión, crean y recrean una realidad virtual, una segunda naturaleza artificial, interactiva y manipulable al gusto del consumidor, un entorno sin riesgos, más dócil y placentero que la áspera realidad. Véase si no el mundo de los video-juegos.

Por otra parte, los nuevos héroes de la juventud se encuentran en los circuitos del motor y no en un coso taurino. Como todos los héroes auténticos, los pilotos también se juegan la vida luchando ante todo contra sí mismos, van al límite de su humanidad explorando sus posibilidades más recónditas, con el noble afán de ser los mejores. Así maduran como personas y son elevados a los altares de la santidad laica (recordemos la muerte del joven Simoncelli). Solamente que ahora la fuerza a dominar ya no es la de un noble bruto, el envite indómito de la naturaleza, sino la fuerza salvaje de un ingenio mecánico, bella montura de victoria o de tragedia. Todo, como se ve, muy conforme con los logros de nuestra civilización, que adora a las máquinas, esos nuevos ídolos que fascinan por su versatilidad y poderío. Éstos son los nuevos tótem de la juventud actual. El heroísmo subsiste como necesidad antropológica, pero el escenario se ha desplazado. Sólo el día en que los jóvenes hallen en el toro lo que encuentran en los bólidos, las motos y sus pilotos, redescubrirán la tauromaquia y volverán poco a poco a las gradas. ¡Aún queda cemento vacío para rato!

Mientras tanto…

¡En todo caso, hay que actuar arriesgando e innovando; se ha de tomar la iniciativa, conscientes de la gravedad del problema! Si nos limitamos a esperar a que escampe, la fiesta de los toros tiene los años contados. Desde luego que es más fácil analizar la situación y reflexionar sobre sus causas “a toro pasado” que pronosticar el futuro y las posibles soluciones. Me limitaré a dejar algunas orientaciones prácticas que me parecen ser coherentes con el análisis hasta aquí expuesto.

1. Plantar cara al antitaurinismo de manera inteligente

¿Qué sería lo no-inteligente, dada la mentalidad actual? Vayan estas líneas:

-    Atrincherarnos en posiciones de consumo interno, que sólo valen para los de casa: repetir, por ejemplo, que la tauromaquia no puede morir y otros voluntarismos por el estilo. No están los tiempos para pedir la fe en unas verdades eternas e indemostrables.

-    Ridiculizar a los adversarios “antitaurinos” minimizando su poderío o prestándoles turbias intenciones, ignorando estúpidamente que juegan a favor de corriente y que una parte notable y creciente de la opinión pública está con ellos.

-    Defender a la tauromaquia con argumentos manidos y archiconocidos, muchos de los cuales no convencen a una mente racionalmente bien dotada (Ejemplos: “
hay otras prácticas más crueles con los animales en otros países y nadie se mete con ellas”; “el toro no sufre durante la lidia, eso lo pensamos los seres humanos”; “criamos al toro de lidia para proteger la dehesa”; “que nos dejen en paz a los que libremente queremos asistir a las corridas de toros, ya somos mayorcitos para saber lo que tenemos que hacer y no perjudicamos a nadie”…).

-    Apoyar la afirmación de que la tauromaquia es cultura en manifestaciones literarias y artísticas antiguas, repitiendo los cuatro nombres de la baraja habitual: 
Goya, Picasso, Lorca y Ortega y Gasset… Estas razones se vuelven en nuestra contra y refuerzan a quienes están persuadidos de que, si es cultura, se trata de una “cultura” arcaica y superable.

¿Entonces, qué sería lo inteligente? (Cuando hablo de “inteligente”, no pienso en la eficacia de estas razones para “convencer” a los contrarios -¡ojalá!- sino en la capacidad de estar a la altura intelectual y moral en la que ellos pretendidamente se sitúan).

-    Apoyar y fomentar 
un ecologismo integral, en el que se reconozca que las especies animales salvajes tienen una relación única y genuina con la especie humana. Una relación no utilitarista, ni decorativa sino “existencial” (hablando en términos de antropología filosófica). Suprimir estas especies o destinarlas a piezas de museo, constituiría un pecado ecológico de gravedad. La relación de los humanos con las bestias se envilecería aún más. Lejos de “proteger a los animales” con cuidados y leyes bienintencionadas, se termina consiguiendo el efecto contrario. Lo peor que le puede pasar al reino animal es que se le pierda el respeto y la admiración, que se le deje de temer y se le banalice. ¡Ésa es la verdadera dignidad que habría que defender y de la que tanto y tan mal se habla!

-    Divulgar
el conocimiento del toro bravo en el campo, su hábitat natural. Ya hay iniciativas muy valiosas en los medios de comunicación, a las que se añaden otras aparentemente bien orientadas (visitas a las dehesas de fin de semana o vacaciones conviviendo con el toro bravo y sus cuidadores, participación en faenas de tienta, aficionados prácticos…). Cuando escribo “bien orientadas”, me olvido de las cachupinadas y banquetes gastronómicos camperos, del señoritismo elitista con ocasión del toro bravo, falseando así la finalidad de la visita a la dehesa. Lo que aquí se pretende es justamente lo contrario: divulgar la autenticidad de la crianza de una fiera única en su género, de un animal de combate, sin esos edulcorantes y eufemismos que tratan de evitar todo cuanto “pueda herir la sensibilidad del espectador”. Y, sobre todo, la comunicación directa y prolongada con los hombres y mujeres del campo bravo (ganaderos, mayorales, vaqueros, veterinarios…). El testimonio de su vida cerrada y dura es el mejor semillero de afición, pues sus motivaciones son vocacionales. No transmiten sólo unos conocimientos o unas prácticas profesionales sino una pasión. Para volver a prestigiar la fiesta y reimplantar la afición taurina en las nuevas generaciones, ¿no habría que empezar por el campo bravo antes de asistir a un espectáculo tantas veces prefabricado, mediocre y sin interés alguno? ¿Sería impensable llevar a los alumnos de los colegios a pasar unas jornadas en una ganadería dentro del cómputo de actividades formativas extraescolares? Desde luego, produciría en los pequeños un impacto mucho más hondo y motivador que el folclore del toreo de salón con las figuras famosas de turno en la plaza mayor de la ciudad o del pueblo. Esas ideas de “jugar al toro” me suenan a buenismo bienintencionado, pero mucho me temo que sean inútiles. Al final, sólo sirven para la foto. ¡No prenderá la afición en los niños – la mejor edad - sin transmitirles pasión, riesgo, aventura y admiración por el toro bravo!

-    Valorar, desde unos presupuestos filosóficos y morales actualizados,
la gesta del torero ante el toro. Este último no es una víctima vil de la prepotencia ególatra del hombre sino un noble colaborador en un evento de alta nota artística y espiritual. Escribo “espiritual” para referirme a la esencia más honda del combate taurino. Las dificultades y amenazas que presenta el animal –imprevisibles y cambiantes a lo largo de la lidia- se ciernen sobre un ser humano solitario y desamparado, sin otros recursos que la inteligencia y el valor que mueven los leves engaños que maneja. Se encuentra, pues, en una situación límite donde el sujeto experimenta al mismo tiempo su fragilidad de criatura y sus capacidades ocultas de índole cuasi “sobrenatural”. En ese instante mágico, ¡qué bien le cuadra al matador el conocido pensamiento de Blas Pascal, según el cual "el hombre supera infinitamente al hombre"! ¡Hemos de rescatar de la vulgaridad y de la bazofia a este ser superior, intensamente humano, que es el torero! No es un embrutecido maltratador de animales indefensos ni tampoco un personaje superficial del papel couché. El respeto al toro y al torero van de la mano.

2. Renovar desde dentro las estructuras y los modos de funcionar de la Fiesta

Llegamos al punto crucial, el del espectáculo taurino y su entorno. Es verdad que no existe un solo modelo de corridas de toros o novillos; que el abanico es amplio. Pero, como fenómeno global, está desfasado y ha de encontrar nuevos cauces de expresión, si queremos no que vuelvan esplendores pasados, sino que encuentre un lugar prestigioso –grande o pequeño, ya se verá- entre la producción cultural y lúdica de nuestra sociedad. Que la tauromaquia sea un ámbito y un conjunto de espectáculos de los que la gran mayoría de un país –aficionados o no a la corrida- se pueda sentir orgullosa. Son muchas las sugerencias que, a este propósito, me vienen a la cabeza y trataré de exponerlas sucinta y ordenadamente.

-    En primer lugar, pediría calma. Los cambios profundos no se hacen en un día y nadie tiene la varita mágica de la solución.
Taurinos y aficionados hemos de buscar juntos con humildad y lucidez. No nos engañemos: la caída numérica del espectáculo va a continuar, aunque mejore la situación económica del país. Vamos hacia un espectáculo minoritario. Busquemos antes la calidad que la cantidad, afrontando con realismo la reducción de camadas, la reducción de honorarios y de cánones de contratación. Aprovechemos la necesaria poda de la viña para que mejore el vino. Nuestros catadores taurinos ya no tragan el peleón. Pasaremos tiempos difíciles, pero podremos crear afición, que es de lo que se trata.

-    Está ya dicho y redicho, la fiesta necesita
una urgente inyección de “emoción” y ésta la pone el toro bravo con su integridad física y con su agresividad psicológica. El toro “a modo”, el toro “artista”, el toro “noble pero…” no tienen porvenir, pese a quien pese. La acometividad no está reñida con la nobleza, pero es lo primero. De manera análoga a como el dominio del toro bravo por parte de su matador es compatible con la expresión artística y la belleza formal que arrebata a las públicos. Al toro se le hace frente con valor y técnica y, además de eso, quien esté tocado por los dioses que se entregue a su inspiración. Lo que no vale es la corrida-montaje que discurre por derroteros previsibles y con lidias clónicas y aburridas. Espectáculos que sólo se salvan por la camaradería y la merienda, sin ningún interés por lo que ocurre en el ruedo. Pura inercia de una tradición sin alicientes. El novato que picó una vez, no repetirá.

-    La relación entre
el público festero y los aficionados no ha de ser de oposición. Ambos tienen su razón de ser y han de poder encontrar el espectáculo que buscan. Los espectadores ocasionales de feria no son los indocumentados a los que se les puede engañar con cuatro gestos populistas y unos materiales de deshecho. Saben apreciar el riesgo del toro y los alardes de valor de los ejecutantes de las distintas suertes y, a veces, sorprenden por su paladar para gustar manjares más refinados (así ocurre en los sanfermines de Pamplona). Pero, una cosa es evidente: aunque los verdaderos conocedores de la tauromaquia y los aficionados cultivados en este arte sean minoritarios, son ellos los que marcan tendencias y criterios para el futuro de la fiesta. ¡Desgraciado y obtuso el taurinismo que los desprecie y los margine! Como argumento a favor, tenemos el fenómeno admirable de la tauromaquia en Francia en los últimos lustros. En un ambiente culturalmente más ajeno y hostil que el español, la afición francesa está consiguiendo no sólo mantener (que no es poco) sino asentar y prestigiar a la tauromaquia. Allí se aúnan el sentimiento y la cabeza; la pasión y la razón; la profesionalidad y la inventiva. Y muy poco de esa golfería indolente, disfrazada de casticismo, propia del mundillo taurino español. “Juncal” ya pasó de moda.

-    No conozco por dentro el mundo de
las Escuelas taurinas, pero es evidente que son una experiencia consolidada y muy interesante. Las Escuelas, en principio, reúnen todas las características para seguir labrando el futuro de la fiesta, pues tocan las teclas principales (unos jóvenes de nuestro tiempo, mordidos por la afición al toro, que siguen una formación integral en contacto con el campo bravo y guiados por personas muy cualificadas del mundo taurino). Merecen, por lo tanto, todo el apoyo.

-    Finalmente, para que el combate taurino sea defendible ante la sensibilidad actual tiene que haber
juego limpio. El enfrentamiento del hombre y la bestia es asimétrico y peculiar. En principio, el toro se defiende ante un agresor que osa invadir su territorio y acercarse a él sin ser de su especie bovina; y lo hace embistiendo con sus astas por delante. Poco a poco, hipnotizado por los engaños que ferozmente persigue, se va sintiendo ganado por un juego que desconoce. Sin saberlo ni pretenderlo, al perseguir el lienzo rojo está dando rienda suelta a su acometividad, a su “bravura” (que es su fuerza y su grandeza) y, al mismo tiempo, está colaborando con la obra de arte que construye su admirado burlador. La naturaleza le ha criado para ser el número uno, el que mande en la manada para imponer su ley frente a sus congéneres. Pero la dura experiencia le ha enseñado que esa primacía raramente se logra. Si lucha contra otro más fuerte que él y éste le vence, el bovino ha de someterse al dominador y seguirle  obediente. Su agresividad se convierte, entonces, en gregarismo. Esto es lo que ocurre en los veinte minutos de la lidia. La obra de arte no consiste en una vistosidad artificial, en “ponerse bonito” (¡nada más lejos!), sino en domar grácilmente a la fiera en un tiempo récord, para que pase de ser un rudo agresor a un compañero rendido ante aquel que es más fuerte no por su violencia superior sino por el magnetismo del temple de las telas. El toro deviene así un colaborador convencido, sumiso y fiel del hombre. El sacrificio del toro en el ruedo no se entiende como un acto de victoria cruel y vengativa por parte del rival (en esto se aleja de la ley fatídica de la manada). Al contrario, el toro de lidia ha sido enaltecido y sublimado por la acción del hombre. Su muerte es un sacrificio pagano, en el que el humano y el animal, mutuamente consagrados, elevan una ofrenda en honor del destino. Pues bien, para que este ritual se cumpla en toda su grandiosidad es necesario que haya ecuación y respeto mutuo: el toro ha de poder contar con la integridad de sus defensas y de sus fuerzas físicas y mentales; el torero, al contrario, sin ninguna otra ventaja que la de sus capacidades superiores y unos leves instrumentos de engaño no punitivos. Se ha de evitar, por lo tanto, todo lo que suponga prepotencia, ensañamiento, crueldad gratuita… (Revísense, pues, los reglamentos de cada espectáculo, sin complejos. Sométanse a debate no sólo fiestas tan dudosas como el “Toro de la Vega”, que año tras año nos trae la consabida lluvia de desprestigio para la tauromaquia, sino también el rejoneo a caballo, al menos en su actual formato).

Pacientes lectores, estas propuestas son indicativas y abiertas. Ofrecen un espacio de autocrítica porque quieren asegurar un futuro a la fiesta de toros. Espero que se haya entendido su sentido. Ahora exijo valentía. No todo el coraje se tiene que ejercer en el ruedo y frente al toro; también en los medios de comunicación, en los despachos y los hemiciclos. En la lidia frente a una opinión pública, a la que hemos de reconquistar “toreramente”.



FRANCISCO, UN PAPA EN PRIMERA LÍNEA

FRANCISCO, UN PAPA EN PRIMERA LÍNEA

Jesús-Andrés VICENTE

Han pasado más de doscientos días del singular pontificado del Papa Francisco y parece instalarse un doble fenómeno. El entusiasmo hacia a su persona de amplios sectores de la opinión pública; y también la perplejidad de numerosos cristianos sensibles a la trayectoria de la Iglesia. Sabemos del daño que hacen las posiciones extremas: la papolatría, que el propio Papa rechaza; la frivolidad, que se queda en el personaje. Por el contrario, hemos de preguntarnos ¿cómo acogemos hoy el perenne ministerio de Pedro en el Papa Francisco? ¿Qué nos quiere decir el Señor, a través de sus gestos, actitudes y palabras, en esta hora de la Iglesia y de la humanidad? Estas preguntas, más allá de nuestros gustos, nos llevan a entrar en el misterio de Dios que guía a su Pueblo por medio de acontecimientos novedosos y de personas designadas para una misión, cuyo desenlace ignoran.

El caso es que la misma elección de Francisco, sus primeros pasos, las opciones ya manifestadas, las decisiones que va tomando… dan pie suficiente para ir respondiendo a tales cuestiones. Dos son los objetivos que aparecen con nitidez en los albores del pontificado, los dos muy evidentes: sanear desde sus raíces las lacras escandalosas que tanto afectan a la credibilidad de la Iglesia; y salir al encuentro de las gentes para anunciarles en vivo y en directo el evangelio de Jesús. De hecho, el primer objetivo es premisa necesaria para cumplir el segundo.

Los dos pontificados anteriores han preparado el terreno. El Beato Juan Pablo II llamó a la nueva evangelización y él mismo la practicó en sus incansables viajes. El Papa emérito Benedicto XVI asumió este programa y le dio profundidad, al tiempo que creaba un organismo encargado de ponerlo en práctica y dedicaba al tema una sesión del Sínodo. Francisco llega con una consigna práctica: ¡Echad ya las redes! Como Jesús envió a sus discípulos a evangelizar, sin detenerse a darles previamente una extensa fundamentación teológica o pastoral, así el Papa Francisco se ha calzado las sandalias humildes del peregrino, y con un ligero zurrón al hombro ha salido a los caminos de la humanidad para cumplir él mismo el encargo del Señor “Id al mundo entero y anunciad el evangelio”. Con su ejemplo y sus breves enseñanzas de tres frases nos está dando las consignas prácticas para evangelizar hoy, como hiciera el Maestro con los Doce o los Setenta y dos (testimonio de vida, pocas palabras pero directas y comprensibles, saludando a las gentes con la paz en el corazón y la bendición en los labios… entrando en sus poblados y en sus casas para curar enfermos, expulsar demonios y anunciar a todos la cercanía gozosa del Reino).

Ésta es, por ahora, la originalidad carismática de su pontificado: la sequela Christi (el seguimiento de Cristo) practicada por un Papa. La teoría está ya bien servida con los documentos del Concilio Vaticano II y de los Sínodos, con el Catecismo de la Iglesia Católica, el compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, las grandes encíclicas y otros ricos textos del Magisterio pontificio anterior… Pero no basta con repetir enseñanzas, citas y párrafos solemnes y densos, que la gente no entiende. Ahora se trata de evangelizar en primera línea, saltando de las trincheras a campo abierto. Las urgencias son, pues, de índole práctica. ¿Cómo evangelizar? El Papa Francisco responde a nuestras precauciones y perezas, al estilo de San Pablo: fijaos en el testimonio que tenéis en mí.

Acostumbrados a la norma secular del papado, algunos aguardan sólidas enseñanzas doctrinales o morales del Papa Francisco, algún documento que dé la talla (Lumen fidei es un caso a parte). Pero no es su carisma. Este hombre providencial sabe que tiene menos de una década para cumplir el encargo recibido del Espíritu mediante los cardenales electores y va directamente al grano. ¿Queréis cumplir la voluntad de Dios en este momento histórico, nos viene a decir, o preferís seguir enredados en discusiones palaciegas y en intrigas de poder? ¿Sí?, pues venid conmigo. Ved cómo las gentes se sienten acogidas, amadas y perdonadas por un Dios Padre. Cómo los pobres de la tierra, los marginados, los inmigrantes, los niños y los ancianos, las mujeres… son escuchados y evangelizados; se les da voz y voto en la Iglesia y fuera de ella, y sienten su dignidad recobrada. Aprended cómo se dialoga con los agnósticos, buscando con ellos la verdad suprema del único Dios. Mirad cómo, no sólo se convoca a las familias y a los jóvenes a un magno evento sino que se les envía en misión, para que los evangelizados sean los evangelizadores.

Francisco actúa en primera línea (con la complacencia de unos y el escándalo de otros). Sin descuidar la responsabilidad de ser instancia última en el complejo gobierno eclesial, ha saltado a la palestra para hacer frente a los problemas del mundo y de la Iglesia, acercándoles con su actuación hacia el Evangelio de Jesús. Fiado en Él, no tiene miedo ni complejos para transitar por los nuevos paganismos. Y, sin necesidad de dejar el Vaticano, no pierde ocasión de salir a las periferias, en búsqueda de la oveja perdida. Sorprende Francisco porque actúa y habla desde ella y no desde las noventa y nueve que están seguras en el redil.


 Superando las filias y fobias, las teorías sublimes y las dignidades inútiles, cada uno ha de asumir su puesto personal e intransferible en esta tarea. No se trata de repetir las palabras del Papa como un slogan sino de actuar como él, llevando a los hombres al encuentro personal con Jesucristo.

¿POR QUÉ NO EL 0,6%?


Estamos en plena campaña de la declaración del IRPF, en medio del “sunami” económico que desde hace años nos sacude. Todas las partidas de los Presupuestos del Estado están en revisión, sometidas a recortes a la baja más o menos clamorosos y traumáticos. Nuestra Iglesia católica (al menos, la mía) renueva su campaña de la cruz en la casilla del 0,7%, como si nada ocurriese. Los mismos eslóganes, las mismas campañas publicitarias, los mismos argumentos y, por supuesto, el mismo porcentaje. Pero, en estos tiempos recios, son más elocuentes los hechos que las palabras. ¿No sería un gesto coherente por parte de la Iglesia rebajar voluntariamente el coeficiente al 0,6%, por ejemplo? Así lo pensamos algunos.

Vayan por delante las razones. No se trataría de una medida puramente demagógica o populista. Tampoco de algo coyuntural, mientras dure la tormenta. No olvidemos el párrafo del Acuerdo entre el Estado español y la Santa Sede sobre asuntos económicos de 1979 que no puede ser más claro: “La Iglesia católica declara su propósito de lograr por sí misma los recursos suficientes para la atención de sus necesidades. Cuando fuera conseguido este propósito, ambas partes se pondrán de acuerdo para sustituir los sistemas de colaboración financiera expresada en los párrafos anteriores de este artículo (la actual asignación tributaria), por otros campos y formas de colaboración económica entre la Iglesia católica y el Estado” (Art II, nº 5). ¿No ha llegado la hora de dar un paso muy concreto en esa dirección?

Somos conscientes de que ese 0,1% de minoración supone en la práctica bastante dinero. Un dinero que la Iglesia necesita para su funcionamiento habitual, lo cual muchos de los contribuyentes lo sabemos y valoramos positivamente. Pero, ¿por qué no pensar que cuantos queremos sostenerla y apoyarla económicamente podemos hacer llegar ese 0,1% restante directamente a las arcas de la Iglesia, y no de forma mediada por los procedimientos recaudatorios? ¿No saldríamos ganando todos? El erario público, ligerísimamente aliviado. Y, sobre todo, nuestra conciencia de cristianos, enaltecida por un gesto más personal y comprometido.

Sabemos de las dificultades prácticas a la hora de cambiar todo un complejo sistema, fruto de pactos, equilibrios y contrapesos. Es cierto, pero, en todo caso, hay que defender las razones de peso frente a las simples conveniencias. Mientras no se haga un gesto de alcance público, algunos lo haremos con carácter privado, “devolviendo” ese 0,1% al Estado por otras vías. Y de muy buena gana.

Publicado en Diario de Burgos. Mayo 2012.

www.jesusandresvicente.blogspot.com

LOS DINEROS DE LA IGLESIA
(Un punto clave de las relaciones Estado-Iglesia)

Jesús-Andrés VICENTE

Con la Campaña del IRPF vuelve cada año al primer plano de la opinión pública el asunto del dinero que la Iglesia recibe del Estado por múltiples vías, positivas o negativas: la asignación del 0,7% del citado impuesto; la subvención de actividades promovidas por la Iglesia, docentes, culturales, recreativas, sanitarias, artísticas...; la exención de impuestos...

¿Está ello justificado en una sociedad democrática y laica? En caso afirmativo, ¿cuáles serían los procedimientos más adecuados?

Apunte  histórico

Aún se habla y se escribe del Concordato como si estuviera vigente. Pero no, el último Concordato propiamente dicho entre la Santa Sede y el Estado español data de 1953 y corresponde, por lo tanto, al periodo de la dictadura franquista y del llamado nacional-catolicismo. Cosa superada, pues. Los actuales Acuerdos (que tal es su título jurídico) son de 1979, en plena transición democrática, de cuya filosofía están impregnados (“separación y mutua colaboración de la Iglesia y del Estado”, Tarancón dixit). De la anterior etapa concordataria, los Acuerdos económicos conservan algún resabio: el deber del Estado de sostener a la Iglesia, aunque éste ya no sea confesional; el reconocimiento de un estatuto particular de la Iglesia Católica, que tiene su expresión escrita en la mención especial de la Iglesia en la Constitución de 1978.

Los Acuerdos suponen un avance. Se pasa de la “dotación económica” (el Estado da una cantidad global a la Iglesia, que ella se autodistribuye), al sistema llamado de “asignación tributaria” (el Estado asigna un porcentaje de la recaudación fiscal al sostenimiento de la Iglesia, con la intervención, en este caso, de la libre elección de los contribuyentes). De su número dependerá la cuantía del monto final asignado. Pero los legisladores de los Acuerdos ya eran conscientes de que ni siquiera la “asignación tributaria” habría de ser el ideal, la meta final, de cara a un futuro no precisado en los mismos. Ésta no será otra que la “autofinanciación”, según la cual la Iglesia se allegaría sus propios recursos y el Estado acordaría su colaboración económica dentro de “otros campos y formas”.

La cuestión de fondo

El hecho de creer en Dios es algo tan original y peculiar que difícilmente se puede homologar con cualquier otra manifestación del espíritu humano, por elevada que ésta sea (el arte, la literatura, el amor a la naturaleza, el deporte, el ocio, la filantropía...). Todas ellas son unánimemente valoradas por la sociedad. Si bien es cierto que su práctica es de opción privada y tiene un carácter vocacional, su existencia como realidad social es considerada necesaria y su fomento, indiscutible. Yo mismo, pongo por caso, como persona privada no me siento atraído por la interpretación musical, pero, como ciudadano quiero que la música se cultive y se apoye. No deseo vivir en una sociedad que sólo produzca ruidos mecánicos y electrónicos.

¿Ocurre lo mismo con la fe religiosa? No, evidentemente, para cuantos, desde su conciencia atea y laicista, no aprecian el hecho religioso como humana y socialmente valioso. Estamos ante un sector de la ciudadanía minoritario pero influyente; en crecimiento numérico. Para este sector, el derecho humano a la religión sólo se podría ejercer en la esfera privada, y no contaría con ningún tipo de apoyos públicos.

El estatuto social de la religión en una sociedad pluralista y democrática habría que situarlo, pues, en un terreno equidistante entre estos dos extremos: ni considerarla como una realidad pública unánimemente apreciada y sostenida por creyentes y no creyentes, porque no lo es; ni como una opción privada insignificante para la sociedad, porque tampoco es del caso. El punto medio de su inserción responderá más a su especificidad religiosa, a criterios procedentes de su propia naturaleza, que a los consensos sociológicos que en un momento dado pueda suscitar. A todos nos conviene apartar lo más posible a la religión del mercadeo ideológico, mediático o político.

Para los cristianos, el acto de fe es el fruto del encuentro personal con el Dios que se nos ha revelado en Jesucristo; revelación que se continúa y ofrece a través de la Iglesia. Su origen es, pues, sobrenatural, utilizando una expresión clásica; y tiene su sede en la conciencia individual. Supone una iluminación de la persona que la recibe; y sus efectos interiores se dejan notar en todos los ámbitos de la vida personal y comunitaria. La fe no se origina para satisfacer determinadas necesidades humanas, bien sean materiales o espirituales, individuales o sociales; sino por la soberana comunicación de la divinidad. Es gracia y no derecho. La riqueza que el creyente recibe es gratuita, no tiene precio ni parangón. Por eso, en la acción pastoral de la Iglesia debe regir el principio evangélico de “lo que gratis recibisteis, dadlo gratis”. No se compagina la práctica de la vida cristiana con la rentabilidad económica. Las buenas obras se hacen por amor  a Dios y al prójimo, y no para obtener beneficios y contrapartidas (Cf. Mt 5,40-48).

Desde el punto de vista cristiano, es claro que el hecho de creer en Dios, en su núcleo original e irreductible, se escaparía a la competencia del Estado. En efecto, un Estado no confesional como el nuestro no entra en el meollo de la cuestión ¿se ha de creer o no creer; en esta religión o en aquella otra? De la bondad o maldad intrínseca de un credo, sólo puede juzgar a posteriori, por las consecuencias legales y sociales que produce. El Estado no entiende de “gracias sobrenaturales”. Entonces, ¿hasta qué punto y por qué motivos ha de considerar a la religión como un bien a tutelar?

La confesión privada y pública de la fe concierne a los creyentes y no a la sociedad como tal (la “societas christiana” es un concepto superado). Ésta, en un supuesto límite, podría subsistir sin la religión. No así, en cambio, sin la organización política, sin la educación o la sanidad, sin el orden público... ¿Quiere esto decir que la Iglesia no formaría parte de las estructuras integrantes del Estado moderno? A ello vendremos.

En consecuencia con lo expuesto hasta ahora, el Estado ha de mantener frente a la religión una doble relación. Una universal pero negativa: asegurar que todos los ciudadanos puedan seguir libremente los dictados de su conciencia en materia religiosa, libres de coacciones y cortapisas (salvo aquellas contempladas por el Código penal en defensa del bien común). Otra particular y positiva: facilitar el ejercicio de este derecho individual y asociativo de aquellos que, no por profesar un credo religioso, dejan de ser ciudadanos y contribuyentes al erario público. Esto justificaría la colaboración económica del Estado para con la Iglesia.

El acto de fe no es separable de sus repercusiones prácticas. Hay continuidad entre el hecho de creer en Dios y el de defender públicamente una serie de principios filosóficos y morales; practicar unas determinadas costumbres; fomentar un tipo de educación, de sanidad, de ocio, de vida familiar, de concepción política... Si el hecho de creer no es en sí mismo “subvencionable”, no sucede lo mismo con las consecuencias externas de esa profesión religiosa. Y aunque no sea fácil determinar en la práctica lo uno y lo otro, parece conveniente que los ciudadanos cristianos costeen de su propio peculio los gastos ligados más específicamente al don de la fe (sostenimiento de los ministros y agentes de pastoral, administración de los sacramentos, enseñanza catequética, actos de culto, mantenimiento de iglesias, oratorios y locales parroquiales...). En cambio, la colaboración económica del Estado se ha de orientar hacia las obras religiosas que tienen una incidencia en la sociedad (sostenimiento del patrimonio histórico-artístico, fiestas religiosas populares, centros de enseñanza y de sanidad de la Iglesia, obras sociales, manifestaciones culturales, recreativas y deportivas...).

La asignación tributaria: ventajas e inconvenientes

La ventaja mayor de la asignación tributaria actualmente vigente radica en su carácter democrático. Son los ciudadanos los que deciden de la afectación de una parte de los presupuestos generales del Estado a las entidades religiosas. Este sistema es, en principio, congruente con el carácter particular de la profesión de la fe y deja a salvo la identidad no confesional del Estado, que al asignar el dinero a las distintas iglesias y confesiones no se implica ideológicamente con ellas. Lo hace por mandato de los ciudadanos que así lo desean.

Pero advertimos una larga serie de inconvenientes, que, sumados en su conjunto, hacen que el sistema de la asignación tributaria deba de ser transitorio, llamado a desparecer. Y esto, tanto desde el punto de vista del Estado como, en nuestro caso, de la propia Iglesia católica.

Para el Estado, la asignación tributaria no deja de ser un artificio forzado por los Acuerdos con la Santa Sede. Sin ellos, el 0,7% del IRPF a favor de la Iglesia Católica no existiría (y menos aún sus alternativas laicas en forma de la opción “Fines sociales”). Este origen histórico tan circunstancial está siendo cuestionado en la hora presente. Su carácter de pacto entre dos “estados soberanos” contribuye a incrementar el malestar que los Acuerdos suscitan de una y otra parte. Si no se modifican, es por evitar graves complicaciones, pero no porque sus bases resulten ser convincentes.

Además de artificiosa, puede ser arbitraria. La asignación tiene un perfil tan excepcional que no encuentra parangón en el cuerpo legal del Estado. ¿Dónde se ha visto que los contribuyentes puedan intervenir para adjudicar a unos fines particulares una parte de los fondos generales recaudados por la vía tributaria? ¿Nos imaginamos qué pasaría si esta praxis se extendiera a otras partidas de los presupuestos? Los agravios comparativos son interminables. ¿No estamos rozando los límites legales?

En el caso de la Iglesia católica, bien mirado, no es menor la inadaptación de este sistema. La filosofía de los Acuerdos corresponde a una Iglesia aún de “cristiandad”. Estado e Iglesia aparecen en ellos como dos entidades jurídicas que negocian y acuerdan en plan de igualdad. La anacrónica naturaleza política del estado Vaticano le da a estos Acuerdos un alcance internacional, con todo lo que ello significa en el plano jurídico y diplomático. Se distorsiona así su carácter de convenio entre el Estado y la Iglesia en España sobre materias mixtas que atañen a la realidad y soberanía nacional.
Jesús-Andrés VICENTE

Con la Campaña del IRPF vuelve cada año al primer plano de la opinión pública el asunto del dinero que la Iglesia recibe del Estado por múltiples vías, positivas o negativas: la asignación del 0,7% del citado impuesto; la subvención de actividades promovidas por la Iglesia, docentes, culturales, recreativas, sanitarias, artísticas...; la exención de impuestos...

¿Está ello justificado en una sociedad democrática y laica? En caso afirmativo, ¿cuáles serían los procedimientos más adecuados?

Apunte  histórico

Aún se habla y se escribe del Concordato como si estuviera vigente. Pero no, el último Concordato propiamente dicho entre la Santa Sede y el Estado español data de 1953 y corresponde, por lo tanto, al periodo de la dictadura franquista y del llamado nacional-catolicismo. Cosa superada, pues. Los actuales Acuerdos (que tal es su título jurídico) son de 1979, en plena transición democrática, de cuya filosofía están impregnados (“separación y mutua colaboración de la Iglesia y del Estado”, Tarancón dixit). De la anterior etapa concordataria, los Acuerdos económicos conservan algún resabio: el deber del Estado de sostener a la Iglesia, aunque éste ya no sea confesional; el reconocimiento de un estatuto particular de la Iglesia Católica, que tiene su expresión escrita en la mención especial de la Iglesia en la Constitución de 1978.

Los Acuerdos suponen un avance. Se pasa de la “dotación económica” (el Estado da una cantidad global a la Iglesia, que ella se autodistribuye), al sistema llamado de “asignación tributaria” (el Estado asigna un porcentaje de la recaudación fiscal al sostenimiento de la Iglesia, con la intervención, en este caso, de la libre elección de los contribuyentes). De su número dependerá la cuantía del monto final asignado. Pero los legisladores de los Acuerdos ya eran conscientes de que ni siquiera la “asignación tributaria” habría de ser el ideal, la meta final, de cara a un futuro no precisado en los mismos. Ésta no será otra que la “autofinanciación”, según la cual la Iglesia se allegaría sus propios recursos y el Estado acordaría su colaboración económica dentro de “otros campos y formas”.

La cuestión de fondo

El hecho de creer en Dios es algo tan original y peculiar que difícilmente se puede homologar con cualquier otra manifestación del espíritu humano, por elevada que ésta sea (el arte, la literatura, el amor a la naturaleza, el deporte, el ocio, la filantropía...). Todas ellas son unán
Pero en los tiempos actuales, después del Concilio Vaticano II, esta concepción socio-política de la Iglesia no se justifica teológicamente. Responde a una configuración histórica superada. La Iglesia, en su ser íntimo de misterio de comunión y misión en el Dios trinitario, forma parte del credo y, como tal, rige sólo para los creyentes. Ante la comunidad civil, la Iglesia se sustenta en el hecho de que hay ciudadanos que se adhieren a ella en virtud de su fe. Existe como un medio necesario para que éstos puedan practicar el derecho a la libertad de culto. Para el Estado democrático no es una institución soberana, anterior e independiente de la decisión de los creyentes que a ella se acogen. No tiene una naturaleza sagrada, un carácter inviolable: su existencia es particular y relativa. Su razón de ser emana del derecho de los ciudadanos a la práctica del culto.

El sistema de la asignación tributaria no contribuye ciertamente a despejar el horizonte conceptual. La Iglesia sigue apareciendo como una entidad jurídico-religiosa con derechos frente al Estado. En definitiva, como una pieza del sistema (como lo son el deporte, la cultura, los sindicatos, los partidos políticos…). En base a esta falsa asimilación, se continúa argumentando y polemizando frecuentemente en los ámbitos públicos, incluso por parte de personalidades de alto nivel, con unos resultados deplorables para un entendimiento correcto de las relaciones Iglesia-Estado.

La marca de la cruz a favor de la Iglesia católica en el impreso del IRPF, a primera vista “no cuesta nada”. El mismo eslogan proclama la banalidad del gesto: es verdad, ni cuesta ni compromete. ¿Un gesto blando a favor de una Iglesia blanda, que alimenta unas relaciones blandas?... Pero es que no es verdad que no cueste nada y que con ello “ganemos todos”. El Estado pierde un 0,7% del IRPF (más otro 0,7% de la coartada “fines sociales”) y la Iglesia pierde su dignidad y su libertad. De hecho, con frecuencia se sacan a colación estos dineros cuando representantes de la Iglesia tienen pronunciamientos públicos que no gustan a los dirigentes de la sociedad civil.

En la mentalidad del ciudadano medio se sigue reforzando la convicción secular de que la Iglesia es sostenida por el Estado mediante dineros, prebendas y privilegios: una confusión de la que todos salimos perjudicados. En especial, los ciudadanos serios y responsables, y los católicos que queremos ser coherentes con nuestra fe. Después de haber marcado la cruz, ¿cómo convencernos a nuestras gentes de que poco o nada hemos hecho mientras nuestra práctica cristiana no afecte a nuestro bolsillo? La asignación tributaria ni clarifica ni educa. Con este sistema en vigor y sin correcciones a la baja, será imposible dar pasos reales de cara a la proclamada autofinanciación. Entonces, ¿cómo nos atrevemos a afirmar que ésta no es viable, cuando vamos precisamente en la dirección contraria?

Abramos sin miedo el debate pensando en un sistema de colaboración económica que sea realmente democrático, respetuoso con la naturaleza del Estado y de la Iglesia, ajustado a la realidad socio-político-económica presente y con visos de estabilidad y permanencia en el tiempo.



COMPENDIO


Los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado español de 1979 son hijos de la transición democrática. Se distancian de los viejos Concordatos franquistas pero presentan graves inconvenientes:

-         No se corresponden con la naturaleza de un Estado laico y aconfesional, que, por principio, no entra ni sale en la práctica religiosa; no la considera ni valiosa ni perjudicial en sí misma. Tan solo salvaguarda y fomenta el derecho de sus ciudadanos a la libertad de conciencia y de culto; y tutela el bien común frente a toda agresión al ordenamiento jurídico.

-         En conformidad con lo anterior, el Estado apoyará positivamente aquellas manifestaciones religiosas públicas debidamente promovidas por los creyentes según su propia especificidad (culto, arte, cultura, opinión, educación, obra social…). La Iglesia recibirá las ayudas económicas y jurídicas a las que tenga derecho dentro de la legislación común (entidades sin ánimo de lucro, mecenazgo, centros de enseñanza, voluntariado, servicios ciudadanos…).

-         Tampoco se corresponden dichos Acuerdos con la naturaleza de la propia Iglesia católica, tal y como ella misma se comprendió en el Concilio Vaticano II, que es la máxima expresión ecuménica de los tiempos modernos. Los Acuerdos son herederos de una concepción de la Iglesia como “sociedad perfecta”, como entidad soberana de rango igual o superior al Estado. El residuo más ambiguo y notorio de tal anacronismo es la permanencia del estado Vaticano.

Para comprender la polémica y el malestar que dichos Acuerdos provocan en la hora presente, hay que ir a las raíces de la práctica religiosa que pretenden regular.

-         La fe religiosa cristiana, entendida en el sentido de la Iglesia católica, es una realidad sobrenatural y gratuita, que no tiene parangón con otras realidades humanas por elevadas que éstas sean (arte, deporte, filantropía…). Es lógico, pues, que no goce del mismo consenso y aceptación pública. Por lo tanto, no sería un procedimiento adecuado el de buscar un tratamiento similar al que éstas reciben.

-         Aunque de hecho no siempre se pueda deslindar en la práctica la adhesión personal religiosa de las actividades sociales que ésta genera, esta distinción básica ha de ser el criterio mayor a la hora de enfocar la procedencia de “los dineros de la Iglesia”. Aquellas partidas que se derivan más explícitamente de la opción de fe han de ser sufragadas por los creyentes (culto, ministros, catequistas, iglesias y oratorios, locales de uso pastoral…). Aquellas otras que tienen una incidencia social han de ser apoyadas por los dineros públicos.

En consecuencia, el actual régimen de “asignación tributaria” está llamado a ser superado.

-         Su existencia legal viene determinada por los Acuerdos de 1979 en su vertiente económica. Se trata de una figura que, si bien respeta mejor la índole democrática del Estado, no resuelve la cuestión de fondo. El Estado sigue pagando a la Iglesia, considerada como una entidad del propio sistema, a través de ese artificio totalmente atípico que es la casilla en la declaración de la renta. Así lo percibe el ciudadano medio.

-         La prolongación en el tiempo del actual sistema no beneficia tampoco a la Iglesia, que, si bien obtiene por esta vía una parte de sus recursos económicos, se ve lastrada para promover la generosa colaboración de sus fieles y simpatizantes por otras vías más coherentes con su propio ser, entregando directamente los recursos.

El propio texto de los Acuerdos prevé que detrás de la “asignación tributaria” ha de venir otro régimen (llamémoslo “autofinanciación compartida”). Lo que ocurre es que, mientras se mantenga intocable la primera no se llegará a la segunda. Y, hoy por hoy, lo que vemos es que hay una falta de determinación política por parte del Estado y de convicción y audacia profética por parte de la Iglesia. Hemos de promover un debate de opinión pública, que haga avanzar las cuestiones. El caso de “los dineros de la Iglesia” es un exponente más, ciertamente importante y significativo, de una Iglesia cargada de historia y tradición, que no acaba de encontrar su sitio en la actual sociedad laica y pluralista. Los grandes pasos históricos no se dan en solo un día.

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