ORAR A DIOS EN TIEMPOS DE CORONAVIRUS

                                                     Jesús Andrés VICENTE

Me viene a la memoria la conocida frase de nuestra Santa Teresa de Ávila “En tiempos recios, amigos fuertes de Dios” (Libro de la Vida 15,5). A todos los cristianos se nos puede aplicar. Se supone que los amigos “fuertes” de Dios son los que pueden ayudar a los “débiles”. Pero en cuestión de días todos hemos entrado en “tiempos recios” y no sé si somos más “fuertes”... El virus nos ha cambiado radicalmente la vida y nos hemos quedado perplejos y confusos. En debilidad.

Hasta hace poco, nuestros responsables y los medios de comunicación nos informaban de cosas tremendas, sí, pero que siempre ocurrían fuera y lejos de nosotros. De calamidades que no llegarían a la península. Y que, si llegaban, enseguida serían neutralizadas, pues somos los habitantes privilegiados de un país moderno y preparado para cualquier eventualidad sanitaria, con un sistema de salud sobresaliente… y bla, bla, bla… Pero, de la noche a la mañana, el tsunami del virus asiático ha golpeado en nuestras costas europeas y en días, no, en horas, ha anegado nuestras tierras y nos ha encerrado en nuestras casas, como náufragos en las azoteas. Ahora se nos pide que nos preparemos a una vida nueva… incierta, diferente, desconocida… ¿mejor o peor?

Aún no salimos de nuestra sorpresa. ¿Es realidad o pesadilla colectiva? Todo paralizado… ¡hasta el fútbol! No puede ser. Los peores presagios, los más apocalípticos, se están cumpliendo con creces, minuto a minuto, ante una población, que trata de seguir los acontecimientos y la avalancha de informaciones, perdida, desbordada, solidaria… queriendo hacer algo y sin saber qué. Sólo se le dice “¡Quédate en casa!”, mientras circulan las ambulancias, se saturan los hospitales, se disparan las estadísticas… Y lo que es peor, ¡la incertidumbre! ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Nos dicen la verdad? ¿Cuándo pasará el mal trago?... ¿Me tocará a mí o a los míos?

El Papa, los obispos, los curas… la gente piadosa nos dicen que recemos, que le pidamos a Dios que nos ayude. Pero, ¿sabemos rezar como conviene? Más aún, ¿tenemos ganas de rezar? Y los que piensan un poco, abrumados en el silencio de su cuarto de estar, se preguntan en su interior: ¿merece la pena rezar a un Dios que no ha podido o querido evitar esta pandemia, este horror que aparece de pronto, sin culpables evidentes, y sí con miles de inocentes sufriendo y muriendo?

¿De qué sirve rezar?

Muchos lo tienen claro. Más pronto o más tarde, quienes nos sacarán de esta marea negra no son los que rezan sino los que actúan. Dedicarnos a rezar a Dios por el final del coronavirus puede parecer una ofensa a los miles de compatriotas que se están dejando la piel en los hospitales, en las calles, en los laboratorios. ¿No es así? Y, si la oración es ineficaz, un mero consuelo para gente crédula, en estos momentos críticos ¿no será mejor dejar a Dios en paz? Lo cierto es que, si la oración tiene alguna eficacia, habrá que explicarla bien, porque, hasta ahora, poco éxito parece haber obtenido.

¿Dios “Todopoderoso”?

Por lo que conocemos, la pandemia del coronavirus es un desastre natural y no el producto de unas mentes perversas propias de una película de terror. Las especies animales y la propia especie humana somos seres vivos en permanente evolución, con una lucha entre sí soterrada y muy compleja, que la ciencia trata de conocer y manipular, para reconducirla en beneficio de la humanidad. Pero esto no siempre se consigue. Hay, en concreto, virus que por su novedad, sus mutaciones y su “astucia” se escapan por un tiempo al control de los sabios. Un tiempo que, como en este caso, puede ser fatal para una población ingente afectada en el conjunto del planeta. A los que ya han muerto o van a morir (y a sus familiares), de poco consuelo les vale el triunfo final de la ciencia, que ojala sea pronto.

El único ser que presuntamente conoce todo y posee todos los secretos, como autor del universo que es; el único que podría arreglarlo con mover un dedo sería el “Todopoderoso”. Todos los demás, creaturas al fin y al cabo, no pasamos de ser “algopoderosos”. Pero, en este caso, bastante impotentes y superados.

Aquí está precisamente el problema. Aunque la tradición religiosa bíblica y litúrgica está llena del calificativo “todopoderoso” dirigido a Dios, ¡éste no lo es! O, al menos, no lo es como se piensa: un ser superior dotado de poderes sobrenaturales e ilimitados, que puede hacer lo que quiera y cuando quiera de forma unilateral, a su antojo. Si así fuera y teniendo muy presente la actual crisis y su cortejo de sufrimiento y angustia (¡ojo!, que no es la única en el mundo), tendríamos que dar la razón al descreído filósofo griego Epicuro (341 - 270 a.C.), quien, ante la existencia evidente del mal, razonaba así: “Si Dios quiere y no puede evitarlo, no es Dios. Y si puede y no quiere, es un malvado”.

Hasta que Dios no creó a la pareja humana, todo estaba bajo su control con poderes absolutos. No se movía una hoja sin su consentimiento; todo evolucionaba y se desarrollaba según los planes previstos. Pero a sus creaturas superiores no se conformó con dotarles de altísimas cualidades sino que les dio parte en el gobierno mismo de la creación. Desde los orígenes (descritos de forma apasionante en el libro del Génesis), Dios y la humanidad gobiernan en coalición, con “poderes compartidos”. Y ¿por qué esa dejación de autoridad? Porque el hombre y la mujer no estaban pensados sólo para ser los beneficiarios de la tierra, unos consumidores privilegiados, sino que Dios los destinaba a… ¡Amar! Capaces de amar a Dios su Creador y amarse entre sí. ¡El Amor, sí, qué misterio! Una fuerza maravillosa, pero llena de aventuras. Para que el amor sea real ha de ejercerse entre personas libres e iguales; para que la libertad sea real tiene que haber riesgos: fidelidad o infidelidad, gozo o sufrimiento, fallos y perdón… Los seres amantes no se dejan controlar ni programar como un robot infalible, o unos animales instintivos. Y, finalmente, el amor exige que todo sea compartido: las tareas y las responsabilidades; las decisiones y sus consecuencias… En cambio, cuando uno manda y el otro obedece, no se da amor sino sumisión, temor e inferioridad. Dios nos ha querido hacer sus amantes por encima de todo… Y para ello no ha dudado en dejar gran parte de la gestión del mundo en nuestras manos. Como un padre que confía el negocio a sus hijos para que éstos crezcan y se hagan fuertes y agradecidos; para que sigan el ejemplo del progenitor sin sentirse obligados; para que inventen e innoven.

¡Dios “Todoamoroso”!

¡Ah, el amor! Es algo inabarcable e incomprensible. Por amor, Dios, el uno y trino, el único señor de cielos y tierra, se hace pequeño, limitado y dependiente de sus creaturas humanas. Para lo bueno y para lo malo. Deja de ser el “todopoderoso” para ser el “todoamoroso”. ¿Ya no lo puede todo? Aún sí, pero a través del amor, contando con nosotros. Todo con nosotros; nada sin nosotros. Todo por convicción, todo por misericordia y sabiduría, todo por la bondad y el buen ejemplo. Nada, por la fuerza; nada por su cuenta y a su aire… aunque sea para “nuestro bien”. Entendemos ahora por qué, no es que Dios no “quiera” acabar con el coronavirus de forma unilateral y autoritaria, es que “no puede” hacerlo sin cargarse su obra más preciosa, la gran familia humana formada por unos seres libres y autónomos. Unos seres hechos para la relación mutua, para la comunicación en la verdad y la amistad, para la entrega hasta el sacrificio de sí mismos… Dios ha tenido que elegir o dominio, o amor. Y ha preferido escoger esto último, sometiéndose para ello a unas reglas de juego muy estrictas y exigentes. Ha querido ligarse en alianza de amor con nosotros, unos seres frágiles y volubles, a los que sólo se puede convencer por las buenas, no por las malas. Y, por duras que sean las cosas, no va a romper su alianza. Esto sí sería indigno de Dios.

Planteada así la partida, ¿qué puede hacer Dios en la trágica situación mundial que estamos pasando, que afecta al conjunto de la humanidad, al conjunto de sus hijos? ¿Nada? ¿Se ha quedado sin margen de maniobra para intervenir? No del todo, aún guarda su providencia, que, desde arriba, todo lo encamina hacia el bien (pero sin suprimir el mal). También nos podría conceder algunos milagros, lo cual no deja de ser una cierta excepción a la regla general y que no soluciona de raíz los grandes males de la humanidad como son la violencia, la enfermedad y la muerte. Si en algo vale nuestra oración, no es para obtener de Dios “milagritos”, que, en el mejor caso, son pocos, extraordinarios y parciales. Y que, mal entendidos, nos dejarían insatisfechos. ¿Por qué Dios va a curar a éste sí y a los otros no? ¿No sería favorecer el egoísmo del “sálvese quien pueda”?

Dios actúa a través nuestro


En un gesto máximo de confianza, ha dejado en nuestras manos la gestión de este mundo. Pero, hecho esto, no ha “huido”, no nos ha abandonado a nuestra suerte. La relación permanece y, en los momentos especialmente duros como los que ahora vivimos, se hace más fuerte. No es un Dios impasible: siente con nosotros, sufre con nosotros, lucha con nosotros. Bien, pero, si no puede hacer nada, ¿de qué nos sirve su compasión?

Aquí viene la clave, la respuesta a tantas preguntas legítimas que en estos días nos hacemos: ¡sí que puede actuar, lo veremos, pero siempre a través de nosotros! Nos ha hecho capaces de pensar y crear nuevos métodos y sistemas, de conocer los secretos del universo, de buscar soluciones a los problemas… y, cuando éstas no llegan, nos ha hecho capaces de solidaridad y ayuda mutua, de aliviarnos el dolor y acompañarnos en la desgracia y la inevitable muerte.

Dios nos da su Espíritu


Hay unas palabras de Jesús que recoge el evangelio de san Lucas, que son muy elocuentes:
 
“Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden?» (Lc 11,13)

Jesús nos asegura que a Dios nuestro Padre le podemos dirigir nuestras peticiones, con la seguridad de que nos las dará. Pero ¿qué peticiones? No, por cierto, directamente las cosas de este mundo, las que podemos pedir a nuestros padres de la tierra y éstos nos las tienen que dar por obligación (pan, pescado, huevos…). Para eso, ya están ellos, aunque no sean perfectos y maravillosos. A Dios le podemos pedir un bien superior: ¡el Espíritu Santo! (o, con otras palabras, su fuerza, su sabiduría, su gracia, su santidad, su aliento…). Un dinamismo que nos cambia y nos mejora por dentro para que se note afuera.

¿Cuál es la eficacia de este Espíritu Santo? Actúa en nosotros de forma invisible potenciando nuestras cualidades intelectuales (más atentos, más trabajadores, más entregados, más comprometidos, más espabilados, más comunicativos…) y nuestras cualidades morales (más resistentes, más sacrificados, más unidos, más positivos, más compasivos…). Dios sopla con su Espíritu (la Biblia lo compara a menudo con el viento) dentro de los millones de tubos del gran órgano musical que formamos todos los hombres. Y suena la música armoniosa y viva. El aire misteriosamente insuflado viene de Dios pero el sonido lo produce cada uno autónomamente. Con su vibración y su propia tonalidad.

Entonces, ¿para qué sirve rezar?

No para forzarle a Dios, para que cambie de conducta hacia nosotros, sino para suplicarle ¡envíanos tu Espíritu!... que, si se nos agota el aire, desfallecemos y la melodía se apaga. ¡Sopla más fuerte! (algo que no hay que “recordarle” a Dios, pues siempre está en ello).

Por otro lado, oramos por nosotros. Para que Dios nos ayude a producir cada cual nuestro propio sonido (con nuestro trabajo y capacidades…); para que trabajemos unidos y nos complementemos los unos y los otros; para que nos animemos mutuamente y venzamos la tristeza individual con el entusiasmo colectivo.

¿No os parece que, si rezamos así con esta fe y juntos pedimos el Espíritu Santo, se puede acelerar el final de esta pandemia? No es magia sino convencimiento. Dios y nosotros, unidos en la plegaria, crearemos una corriente positiva y ascendente que nos alejará progresivamente de la catástrofe, del pesimismo y el hundimiento. Los científicos andarán más listos y se comunicarán mejor. Los gobernantes acertarán en las medidas que han de seguir tomando. Los sanitarios continuarán entregándonos sus conocimientos, sus cuidados y sus vidas. Las familias encerradas encontrarán soluciones imaginativas para pasar juntos el cautiverio. Y todos nos sentiremos orgullosos no sólo de haber vencido al virus sino de lo bien que suena la orquesta.


CAMBIO DE ÉPOCA EN LA IGLESIA
Un catolicismo en extinción
Un buen amigo se me acercó y me susurró al oído, entre misterioso y confidente, “¿Qué tal va la Iglesia? Mal, ¿verdad?”… Quedé sorprendido y sin palabras. Es evidente que no esperaba una contestación y tampoco era cuestión de defraudarle. Pues bien, a distancia y tras alguna que otra lectura y reflexión, trataré de ensayar una respuesta simple - ¿simplista? – y sin querer sentar cátedra. En todo caso, algo más matizada. Así lo espero.

Cambio de época

Vivimos no sólo una época de cambios sino un cambio de época”. Esta frase ha hecho fortuna. Desde hace un tiempo la leemos o escuchamos repetida como un eslogan y aplicada a distintos ámbitos sociales: educación, ciencia, economía, tecnología, demografía… Es un juego de palabras que, en su sencillez, nos lleva a valorar el presente y entrever el futuro. Marcando, eso sí, una diferencia notable: “una época de cambios” se refiere a aquellos que son parciales, previsibles y están a nuestro alcance; por el contrario, “el cambio de época” es global y nos sobrepasa. Alude a un futuro incierto en el que no se repetirán las soluciones del pasado, pero ignoramos qué nuevas metas nos aguardan.

La consabida frase se ha colado en el lenguaje eclesiástico, siendo utilizada frecuentemente por el Papa Francisco , proveniente de los documentos magisteriales latinoamericanos, en especial de Aparecida (33-34). Con ella nos referimos preferentemente a la realidad sociológica, afectada por las grandes transformaciones de nuestro tiempo. La expresión “cambio de época”, tal como se suele emplear, se dirige a la sociedad en su globalidad para designar un fenómeno exterior en sí a la misma Iglesia, pero que ésta ha de acoger e interpretar como signo de los tiempos, para descubrir el mensaje divino que encierra.

La intención de este artículo es la de demostrar humildemente que “el cambio de época” afecta no sólo a la sociedad sino a la Iglesia católica en su propia entraña. Un desafío que, como veremos, viene de lejos en la historia, ha ido madurando en su seno y le ha configurado hasta nuestros días.

Jesucristo, la Iglesia y el Catolicismo

La fe cristiana se desarrolla según el dinamismo de la encarnación, siguiendo estos tres pasos sucesivos e interconectados:

- La adhesión por la fe a la Persona viva de Jesús: esta relación personal se halla en el arranque, en el crecimiento y en la culminación de la vida de todos los cristianos.
- La incorporación a la Iglesia, que es la comunidad de los bautizados creyentes en Cristo, la cual, movida y guiada por el Espíritu, confiesa, celebra y encarna esta vida en el seno de la historia.
- El Catolicismo: los cristianos, por el dinamismo de su propia vida, generan un universo mental y estructural (doctrinas, normas morales, una concepción antropológica, una espiritualidad, unos ritos y unas instituciones), necesario para vivir coherentemente las propias creencias. Este sistema nacido de la genuina experiencia cristiana (al que aquí denominaremos “catolicismo”) se proyecta a la sociedad mediante el testimonio personal de los cristianos y la influencia de las estructuras de la Iglesia y de sus obras visibles.

Desde sus orígenes, en cada ciclo histórico de su vida, se han de implantar los tres pilares – Jesucristo, la Iglesia y el Catolicismo -  de forma estable y duradera. Ésta es premisa necesaria para que la fe se inserte en una cultura concreta, o en un área geográfica, o bien en el conjunto de la sociedad mundial. A esto nos referimos cuando hablamos de “época” en la historia de la Iglesia. Al periodo en que se mantiene la fe en Jesucristo en la comunidad eclesial apoyándose en un “sistema católico” determinado. Su duración, mayor o menor, no depende de las posibles fases de la historia civil, aunque haya una interconexión. El final de una “época” de la historia eclesial – y el comienzo de la siguiente- se produce cuando el tercer pilar se debilita, entra en descomposición y ya no sirve “ad intra” para expresar la fe de los creyentes en Jesucristo y para sostener su experiencia eclesial, y “ad extra”, para conectar con la sociedad y con las culturas circundantes  .

Si aceptamos esta tríada como marco conceptual, hemos de convenir que el deterioro e incluso la desaparición de un determinado catolicismo no implican ni la desaparición de la Iglesia ni, mucho menos, la anulación de la fe en Jesucristo. Sin embargo, tampoco es un episodio banal que no afecte a la vivencia de la fe o a la comprensión interna de la Iglesia en sus miembros y estructuras. Pues bien, el actual “catolicismo” hace tiempo que da síntomas de agotamiento. Vivimos unas condiciones internas y una proyección externa que podemos valorar como insostenibles. Señalemos de muestra tres fenómenos recientes.

La renuncia al pontificado de Benedicto XVI el 11 de febrero de 2013. Por su forma y circunstancias, es un hecho de incalculable gravedad histórica, que pone en cuestión un ejercicio del primado de Pedro y de la autoridad pontificia sobrevalorado en la vida eclesial. El Papa Benedicto, en un acto de realismo y humildad que la historia habrá de considerar, se baja del pedestal y somete al pontificado a las leyes de las realidades humanas contingentes, las que nos hacen a las personas discutibles y vulnerables, con nuestros aciertos y errores. Esta brecha abierta en la praxis del ministerio petrino no sólo no ha sido taponada cuidadosamente por su sucesor el Papa Francisco sino aprovechada y ampliada a veces de forma un tanto desconcertante.

La marea de los casos de abusos sexuales por parte de eclesiásticos. Los tristes hechos conocidos en los últimos años ponen de manifiesto que, por su número, por su persistencia en el tiempo y su amplitud geográfica y porque afectan a todos los rangos de la jerarquía eclesiástica, no son casos ni aislados ni inconexos. Forman parte del “sistema” que les encubre, les favorece y les disculpa. Un sistema perverso y pervertidor.

La nueva perspectiva moral de Amoris laetitia (2016). Este documento tan esperado y controvertido es mucho más de lo aireado por los medios de comunicación (los divorciados vueltos a casar, las polémicas de los eclesiásticos en desacuerdo…). En primer lugar, tras unas amplias consultas al pueblo de Dios y una asamblea sinodal a doble vuelta, la exhortación apostólica incide una vez más en la problemática familiar, una de las más tratadas por el magisterio pontificio y episcopal de las últimas décadas. ¿Por qué esta reiteración? Parece evidente que los planteamientos doctrinales al uso en materia de moral sexual y familiar no satisfacían las necesidades prácticas de los cristianos y constituían otra barrera más –e importante- a la hora de evangelizar a los alejados. Amoris laetitia intenta, por lo tanto, tender puentes doctrinales y pastorales entre la enseñanza tradicional y las prácticas asumidas por la mayoría sociológica. ¿Cómo hacerlo sin que la Iglesia se traicionara a sí misma? Subrayando la primacía de la conciencia del cristiano ante los innegables imperativos de la ley. Sin entrar, para ello, en la confrontación académica sino buscando su inspiración en el ejemplo del Señor, que es lo verdaderamente normativo para quien quiere ser su discípulo. Aparecen así nuevos parámetros (respeto de la persona, necesidad del discernimiento espiritual y del acompañamiento) incorporados internamente al acto moral y no como simples apoyos externos, según se aconsejaba clásicamente. Este planteamiento no es fácil de comprender y poner en práctica. De ahí, la sorprendente insistencia del papa Francisco en el sacramento de la confesión como ejercicio de la misericordia y no del juicio legal.

Tenemos, pues, tres puntales del sistema que se tambalean. Ello no quiere decir que el pontificado romano o la moral sexual y familiar vayan a desaparecer de la estructura y la enseñanza de la Iglesia. Son bienes imperecederos. Pero su configuración dentro del catolicismo actual ha quedado tocada, sometida a revisión y a cambios profundos. Estos tres no son los únicos. Otros tantos puntales se han visto resentidos y aún no se han repuesto. Pero estos tres pueden ser el detonante de una explosión que haga saltar por los aires al sistema en su conjunto.

¿Desde la Contrarreforma tridentina?

El actual catolicismo no viene de ayer sino que tiene unas profundas y lejanas raíces históricas. Es bastante común entre los analistas e historiadores de la Iglesia católica remontarse hasta la llamada Contrarreforma (siglo XVI). Como esquema interpretativo, nos apuntamos a esta teoría.

Siguiendo la imagen anterior, Lutero (1483-1546) fue el artificiero que activó la carga explosiva que acabó de derribar el sistema tardomedieval ya carcomido por dentro. Como siempre, fue necesario un detonante. Este papel lo jugó la predicación de las indulgencias  . No era el mayor entre los muchos escándalos de la Iglesia de la época. Pero ofrecía un perfil altamente representativo, en él confluían todos los demás (el Papado autoritario y corrupto, las riquezas eclesiásticas, la estética ostentosa en ropajes y construcciones, el desprecio del pueblo y la manipulación del dogma…). Por eso sirvió perfectamente para que Lutero prendiera la mecha. No se limitó a reformar la Iglesia sino que, desde unas convicciones creyentes excluyentes (sola Fides… sola Scriptura), creó un sistema eclesial paralelo y alternativo. Una vez consumada la ruptura, rotos los puentes con la Iglesia de Roma, ésta tenía que reaccionar. No sólo contra Lutero y sus secuaces sino contra sus propios delitos e infidelidades. Tal era el anhelo de numerosos católicos conscientes del desastre y de esto se encargó el Concilio de Trento (1545-1563). Se trataba nada menos que de crear ex novo un “sistema católico”, que le devolviera a la iglesia una conciencia positiva de su identidad, con sus creencias dogmáticas bien asentadas, su ejemplaridad moral, una espiritualidad sólida, la elección y formación de sus pastores y la presencia benefactora de la Iglesia en la sociedad y, en especial, en el pueblo sencillo, confundido y escandalizado por los pecados de sus jerarcas. La cristiandad salida de la ruptura ya no será unitaria, ni el Papa el soberano universal requerido como árbitro en todos los conflictos. Éste tendrá que repartirse su influencia en los estados europeos con unos intrusos salidos de sus filas, los reformadores y sus protectores. Un nuevo mundo surgía (máxime, después del azaroso descubrimiento de América) con el beneplácito eclesiástico o contra él. Desde entonces, las tensas relaciones de la Iglesia con la modernidad serán una cuestión permanente hasta nuestros días.

Sistema cerrado, sistema abierto

Se le presentaba a la Iglesia un camino de purificación y de creatividad en el que no le faltó la prometida asistencia del Espíritu. En primer lugar, para resituar su centro espiritual en las virtudes teologales –en especial, la fe- cuestionadas por la reforma luterana. El misterio del Dios de Jesucristo había de ocupar el lugar que nunca debió de perder y que se había salvaguardado celosamente en algunos rincones de la vida monástica. En Trento se reafirmó el Credo Niceno-constantinopolitano y las fuentes de la revelación: la Sagrada Escritura junto con la Tradición bajo la guía del Magisterio jerárquico. Pero el camino de la recuperación espiritual de los fieles no sería la lectura creyente de la Palabra de Dios, terreno ocupado por los reformadores; ni, por lo tanto, el encuentro personal con el Cristo de los evangelios y el seguimiento del discípulo. Este puntal básico fue remplazado por las devociones cristológicas y marianas, el culto a los santos, las apariciones y las revelaciones privadas, la religiosidad popular, la práctica de la oración, la predicación de los pastores y una revalorización de los sacramentos, en especial de la Penitencia y la Eucaristía. Tenemos, pues, un núcleo religioso potente, pero no cristocéntrico ni articulado. De él cabía esperar un reforzamiento del cristianismo pero no una etapa viva de la historia de la salvación.

En segundo lugar, y en conformidad con este centro espiritual, se desarrolla la vida de la Iglesia en la época barroca. El Concilio de Trento fue la obra monumental que configuraría la doctrina y la disciplina eclesiales de cara a la próxima singladura. Para su puesta en práctica, la reforma tridentina contó con cardenales y obispos convencidos y llenos de celo reformador (al estilo de San Carlos Borromeo) y con el impulso de antiguas congregaciones religiosas reformadas (carmelitas) o de poderosas fundaciones de reciente creación (jesuitas). La vida interna de la Iglesia se ve reforzada en su Liturgia (queda fijada la doctrina sobre los Sacramentos y se promueve una edición del Misal romano y del Breviario) y en su enseñanza (el Catecismo romano y demás catecismos que de él derivan). La reforma llega a las estructuras de gobierno (revalorización espiritual e institucional del Papado, elevación de las costumbres de los obispos y del clero, elección de los candidatos y formación en los seminarios…). La Iglesia crece en vocaciones sacerdotales y religiosas; en obras misionales, caritativas y educativas.

Esta reforma o “contrarreforma”, según se mire, pronto va generando un catolicismo con un perfil propio. Si tuviéramos que escoger un solo adjetivo para calificarlo, éste sería “cerrado”. Es un sistema eficaz y protector de puertas adentro, pero nocivo de puertas afuera. Refuerza la identidad cristiana de los fieles, su sentido de pertenencia a la Iglesia, les proporciona certezas doctrinales, morales y litúrgicas. Las reglas disciplinares vuelven a estar claras; hay orden en la casa. La cristiandad (ya tristemente dividida) se proyecta de nuevo como la “sociedad perfecta”, ejemplar y con pretensiones hegemónicas. Pero la sociedad real se va diversificando y alejando de esta “perfección” eclesiástica. En las áreas de influencia protestante está en alza un valor clave vedado en el área católica, la libertad, que irá pasando del ámbito religioso al político, mercantil, científico y filosófico. La bandera de la libertad de pensamiento y de mercado se alza en una Europa emergente. Pero desde nuestro catolicismo sólo recibirá sospechas  y condenas. Hacia dentro, la exaltación de la libertad produce el efecto contrario: mayor cerrazón y autoritarismo. Posteriormente, otros valores importantes se irán desgajando del tronco común: la justicia social, la soberanía popular, la ciencia experimental… Los grandes baluartes de la modernidad son combatidos o ignorados por la Iglesia de la Contrarreforma.

Pasada la mitad del S. XX, el Concilio Vaticano II (1962-1965) ensaya un “Sistema abierto”, saliendo al encuentro del nuevo mundo con un talanterenovado bajo el santo y seña del “diálogo”. Esta revolución del Espíritu venía ya preparada desde finales del S XIX.

-    La enseñanza pontificia había abordado positivamente la cuestión social.
-    Los grandes desastres de las guerras mundiales habían sembrado el descrédito hacia las ideologías totalitarias y abierto los corazones a un nuevo humanismo sin trincheras. Más adelante, cuando terminen de caer los muros y se redefinan las fronteras de los pueblos, ¿qué sentido puede tener una Iglesia a la defensiva y dividida en confesiones enfrentadas o que se ignoran?
-    Los sufridos ciudadanos de la vieja Europa hablaban por fin un lenguaje común, el de las duras experiencias vividas. En cambio, el de los viejos manuales escolásticos y el de la doctrina abstracta y racional de los clérigos no sólo era un lenguaje incomprensible para la gente (lo había sido siempre) sino un obstáculo para entender a los demás y poder compartir las propias convicciones. ¡Había que renovar la Teología, volviendo a las fuentes bíblicas, patrísticas y espirituales olvidadas!
-    En la posguerra un mundo emerge sin referencias propiamente religiosas, un mundo descreído y secularizado que intenta reconstruirse sin tutelas de arriba. ¡Sólo le puede conmover la fraternidad sincera, de igual a igual, como signo de un Dios cercano y misericordioso!

El Concilio Vaticano II trató de responder valientemente a estos requerimientos. Ofreció una espiritualidad cristocéntrica, bíblica y litúrgica. Optó por una eclesiología de comunión, revalorizando la condición de los bautizados. Se abrió a los problemas reales de la humanidad. Pero no llegó a generar el correspondiente y deseable “catolicismo”. Elementos muy válidos no faltaron en todos los órdenes, sin que se diera el vuelco. Algo impidió pasar página y abrir una nueva etapa de la historia de la Iglesia. ¿Qué?

El “fracaso” del Concilio

Se ha repetido hasta la saciedad que el Concilio Vaticano II fue una iniciativa del Espíritu, un nuevo Pentecostés. Medio siglo después de su conclusión, son innegables sus frutos en todos los órdenes de la vida cristiana y eclesial. ¿Por qué hablar de “fracaso”, en qué sentido? ¿Acaso no se creó, a raíz del Concilio, lo que hemos denominado un “sistema abierto”? Habría que ser muy ciego para no verlo. Pero el “sistema cerrado” de la vieja cristiandad fue siempre muy potente y nunca se extinguió del todo. Ya en la preparación del Concilio se manifestó con virulencia y, posteriormente, en su recepción, continuó remando en sentido contrario al espíritu y propuestas conciliares. El pequeño cisma lefevriano volvió a suscitar los temores de una nueva fragmentación de la Iglesia. Algunos despistes en el “diálogo” con el mundo levantaron las viejas cuestiones de la relación entre el orden temporal y el espiritual, entre la Iglesia y la política, entre el Evangelio y la revolución, entre los católicos y los miembros de otras iglesias y religiones. El crecimiento de las secularizaciones sacerdotales y religiosas y la incipiente caída de las vocaciones se interpretaron de manera unilateral culpando de ello a las “aperturas” conciliares. En resumen, en lugar de acoger en espíritu de conversión sus enseñanzas y disposiciones se prefirió “pactar” con el catolicismo preconciliar buscando, quizás con buena intención, una coexistencia pacífica… De hecho, un híbrido imposible. Década tras década, el sistema abierto y el cerrado se contrarrestaban con mayor o menor evidencia, de suerte que los avances (teológicos, litúrgicos, pastorales) del uno pronto los recuperaba el otro. Quizás se evitó un cisma o una guerra abierta, pero el precio pagado por este pacto de coexistencia no ha sido pequeño. Se ha saldado con un debe de cansancio, desilusión, pereza y falta de esperanza. Se han gastado cincuenta años sin que la renovación de la Iglesia pudiera cuajar en un “sistema abierto”, dinámico, obediente al Espíritu y a los signos de los tiempos. A esta falta de vitalidad interna en la Iglesia se corresponde la creciente indiferencia religiosa de la sociedad. ¿En qué medida y con qué relación causa-efecto? No es fácil analizarlo en pocas palabras. En todo caso es un movimiento bidireccional, en el que todo se entrecruza. El hecho es que a día de hoy persisten los residuos del sistema tridentino (¡en todos los órdenes y ahora sin careta!) y no se ha consolidado el catolicismo posconciliar. Han bastado dos o tres episodios graves para que todo se caiga, como un castillo de naipes. ¿Todo?

¡No se dejen robar la esperanza!

Lo repite con insistencia el Papa Francisco. Por algo será. Una llamada necesaria y urgente, pero que suena a voluntarismo. Estamos en una encrucijada dificultosa: una Iglesia sin esperanza no puede ser al mismo tiempo una Iglesia misionera y en salida. Los datos sociológicos son incuestionables (parroquias envejecidas, templos semivacíos, las vocaciones en continuo descenso, la juventud ausente, los intelectuales y los medios en permanente labor de zapa). La nave de Cristo está en medio del lago sin grandes tormentas (por ahora), pero sin avanzar. No sólo por falta de viento sino porque la oscuridad nos rodea y los unos no nos fiamos de los otros. Sin seguridad en el rumbo a seguir, ¿cómo vamos a navegar todos decididamente en la misma dirección?

Algo, sin embargo, se va clarificando. ¿Quiénes son los “ladrones” de la esperanza? Después de los últimos episodios eclesiales ya no podemos seguir señalando a los enemigos exteriores como los únicos o principales causantes (campañas orquestadas, sociedades secretas, conspiraciones varias…). Los “ladrones” estamos dentro y tenemos mucho que ver con el dogmatismo y la hipocresía de aquellos grupos que se opusieron a Jesús (¡”el sistema judío”!). De poco valdría jugar a buscarle identificaciones actuales. En cambio, sí merece la pena señalar en positivo a aquellas personas y obras del anteconcilio y del posconcilio que, a lo largo de casi un siglo, demostraron que no eran unos subversivos peligrosos sino unos hijos fieles de la Iglesia. El tiempo y el cielo les han dado la razón. Si en su día se les hubiera prestado el crédito tardío del que hoy gozan, quizás tendríamos ahora una Iglesia de bautizados, comunitaria y misionera. Esa Iglesia en salida, preparada para seguir evangelizando. “Una Iglesia que sea un vivo testimonio de verdad y libertad, de paz y justicia, para que todos los hombres se animen con una nueva esperanza” (Plegaria eucarística D IV).

Recomenzar
La historia de la salvación está hecha de “recomienzos” sucesivos. Jamás, volverá hacia atrás en busca de un paraíso perdido. “He aquí que hago algo nuevo, ahora acontece; ¿no lo percibís?” (Is 43, 19)   Cuando una etapa se agota, bien sea porque se malogró o bien porque dio de sí lo que debía, Dios dirige a su pueblo hacia adelante por el áspero desierto de la historia, para descubrir “nuevos cielos y nuevas tierras”. Se trata de una aventura teologal. Dios es el protagonista de la marcha caminando al frente de su pueblo. La plenitud de la salvación nos aguarda en el futuro; las promesas de Dios son irrevocables.

Para recomenzar, sí, hay que adentrarse en el desierto. Sin masoquismo, hemos de aceptar la purificación. No como un castigo divino por nuestra mala conducta sino como una premisa necesaria para afrontar la nueva etapa con docilidad y libertad de espíritu, “sin bordón, ni alforja, ni pan, ni dinero; ni dos túnicas…” (Lc 9,3). Nada que nos ate al pasado, ni material ni espiritualmente. Entramos en una época de discernimiento colectivo, en la que hay que dejarle a Dios la iniciativa: que sea Él quien haga el balance de lo que hay que retirar y lo que se haya de guardar de nuestro pasado eclesial. Pocos o muchos, mayores o jóvenes, los cristianos actuales hemos de preguntarnos por lo que Dios nos pide en una suerte de “ejercicios espirituales ignacianos” practicados a la medida de cada cual. Olvidemos ya definitivamente las militancias irreductibles y salgamos humildemente al camino ligeros de equipaje.

Recordemos la triada expuesta al comienzo. Lo primero, hemos de ir de nuevo al encuentro de Jesucristo para redescubrir en Él el centro espiritual de nuestra vida, el cimiento, la primera piedra sobre la que podremos construir la Iglesia del futuro. El don de la fe que Dios nos da tiene un objetivo bien preciso: entablar una relación personal con el Cristo viviente, “conocerlo a Él y el poder de su resurrección” (Fil 3,10). ¡Hagámonos sus discípulos y podremos ser sus misioneros! A los cristianos de hoy quizás Dios nos llame, como en su día a san Francisco de Asís, a “volver al santo Evangelio para hacer de él la regla de nuestra vida”. A lo vivo, sin glosas ni teologías (vendrán en su momento y al servicio de la experiencia fundacional). Necesitamos formular un núcleo cristiano sencillo, al alcance de todos; coherente y sin dispersiones inútiles, en el que resalte lo primario por delante de lo secundario.

La iglesia que ha de permanecer según la promesa del Señor, será ante todo una red de comunidades de bautizados, de cristianos que han hallado en el Señor al Tesoro de sus vidas y le siguen por doquiera discurra el camino de la historia. Las circunstancias serán cambiantes; será alabada o perseguida, pero “Jesucristo será el mismo ayer, hoy y mañana” (Hb 13,8). Como los primeros cristianos, los actuales serán los hombres y mujeres vinculados libremente a una persona, Jesucristo, no a una ideología o a una institución. No les importará tanto el número o su relevancia social como la fidelidad al Maestro. Son el “pequeño resto” de creyentes con el que el Padre puede seguir obrando “maravillas”, como lo hiciera con María. El Reino de Dios, del que la Iglesia es fermento principal, se desarrolla no según los cálculos humanos sino según los dinamismos paradójicos del Espíritu: lo poco se hace mucho, lo pequeño se hace grande, la estéril y envejecida da a luz a muchos hijos... La estructura básica de esta Iglesia ha de ser la que conocemos por los Hechos (2,42; 4,32): una comunidad de fe en Cristo siguiendo las enseñanzas apostólicas, una comunidad de oración, una comunidad eucarística en la fracción del pan, una comunidad de vida y de bienes. Esta estructura no proporciona sólo la identidad y la cohesión interior de sus miembros sino que asegura su dinamismo hacia afuera. Las pequeñas comunidades, así constituidas, ofrecen al mundo una novedad expansiva por sí misma.

¿Un nuevo
Catolicismo?

El “sistema” es necesario, pero posterior a la configuración que vaya adquiriendo la Iglesia. Es la obra paciente del Espíritu en el tiempo. Mientras se van alzando los nuevos puntales, se puede vivir en la precariedad y la sencillez, como a la intemperie, utilizando tan solo aquellos elementos que han sobrevivido a la crisis. Aventuremos algunos ejemplos.

-    Una Iglesia sinodal, en camino, sin protagonismos paralizantes.
-    Un laicado de hombres y mujeres creyentes en Cristo, en igualdad de dignidad y responsabilidades, estrechamente vinculados a la Iglesia y al mundo actual.
-    Un ejercicio del Magisterio que se pone a la escucha de la fe del Pueblo de Dios en las circunstancias cambiantes de la historia. Sin olvidar la recta enseñanza del depósito, su servicio principal ha de ser la iluminación y el discernimiento, para evitar bloqueos y errores en la marcha común.
-    Un desempeño del ministerio apostólico (Papa, obispos, presbíteros y diáconos) cada vez más reducido a lo esencial propio: “la oración y el servicio de la Palabra” (Hch 6,4). Con un gobierno más colegial y menos personalista.
-    Una pluralidad de carismas suscitados por el Espíritu, que se someten al discernimiento de la Iglesia “para no correr en vano” (Gal 2,2), es decir, a su aire.
-    Opción preferencial por el cuidado de la naturaleza y la atención a los pobres, como integrante del mandato del Creador.

Podríamos seguir enumerando algunos más, pero, en todo caso, se trata de mostrar cuáles son los bienes recibidos de Dios en la Iglesia e incorporados a su vida con un carácter irreversible y estructural. Los demás elementos del “catolicismo” que se añadan posteriormente, han de respetarlos y desarrollarlos, pero no sustituirlos. ¿Qué faltaría, entonces, para completarlo?

-    Un “corpus” doctrinal mejor trabado, donde cada verdad encuentre su entronque en el Evangelio y en el misterio cristiano según su propio rango de importancia. No necesariamente un nuevo “Catecismo”, aunque bien pudiera ser un “vademecum” o guía catecumenal, con un sentido dinámico, que permita conducir procesos crecientes de vida cristiana.
-    Una reorientación de la norma moral que vaya de acuerdo con las experiencias cristianas del apartado anterior, con un sentido de descubrimiento progresivo y libre y no de imposición externa al sujeto.
-    Una liturgia y vida sacramental que sea un ejercicio del encuentro personal con Cristo y con los hermanos.
-    Una espiritualidad que dé prioridad a la relación con Dios en su diversidad y riqueza trinitaria; que sitúe en un lugar eminente a la piedad mariana y dé un puesto subsidiario al resto de devociones particulares.
-    Un encuentro personal con Jesucristo en los diversos “lugares” señalados por la revelación cristiana: la Eucaristía, la lectura de la Palabra, las personas de los pobres, los discípulos y los niños, la oración en común… En este caso, la diversidad de “lugares” no es dispersión sino mayor crecimiento.
-    Un testimonio de “fraternidad” en medio del mundo, como servicio a los hombres y ofrecimiento de encuentro y de amistad.
-    Una reorientación de las obras sociales y educativas de la Iglesia desde y para esta fraternidad, creando en plena sociedad “islas” de comunión y solidaridad con marchamo propio.

¿Cómo será el futuro?

En los últimos cincuenta años “la época de cambios” no ha colmado los objetivos deseados. Que la Iglesia tenía que acometer una serie de ellos y a todos los niveles, era un sentir avalado por el Concilio. Pero, en buena medida, no se hicieron bien. Una mentalidad superficial, al aire de los tiempos del famoso “Mayo del 68”, llevó a actuar como si haciendo lo contrario de cuanto estaba mal, automáticamente se produciría toda clase de bienes. Y lo que trajo fue revanchismo y mayor endurecimiento de posiciones. El aire del Espíritu, en cambio, es más sutil y menos visible. Transforma las realidades de dentro a fuera, cambiando los corazones antes que las normas y los comportamientos.

Los males de la Iglesia actual, que venimos describiendo, no se arreglan, en general, con más “cambios” (por supuesto, alguno será necesario). El Papa Francisco en su documento programático Evangelii Gaudium (2013) no propone exactamente una reforma de la Iglesia ni una especie de “plan de pastoral” global para los próximos años sino una llamada a la “conversión pastoral”. Lo que va por delante es el sustantivo “conversión”, es decir, una vuelta hacia Dios, personal y comunitaria, y, como tal, abarca todas las dimensiones de la condición humana. Pero el adjetivo “pastoral”, que acompaña al sustantivo, nos está indicando una prioridad. La conversión no se queda en lo íntimo de la conciencia sino que se dirige a la misión. Se trata de poner cuanto ya existe en la Iglesia – personas e instituciones – en orden hacia la evangelización en el mundo de hoy. “Una decidida salida hacia los que están abandonados y alejados, los que no están, los que no forman parte de nuestras comunidades” (Mons Víctor-Manuel Fernández). Habrá que aprovechar los recursos existentes y crear otros nuevos; todo ello, con una conciencia humilde. La de Pedro y los apóstoles después de toda una noche sin haber pescado nada, “si Tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5; Jn 21,3). Su respuesta a la invitación del Maestro no es una aceptación resignada o escéptica. Si se hubieran obcecado en lo negativo (la huída de los peces, las malas condiciones del lago, la noche…), quizás habrían echado las redes una vez más, pero de forma mecánica y sin esperar resultados. Jesús les tenía reservado algo sorprendente. No se trataba sólo de una captura superabundante: ésta no era sino el preludio de otra pesca insospechada. Ya no de peces… sino de hombres.

La desproporción entre nuestros esfuerzos y los resultados pastorales es tan evidente que sólo cabe esperar “un cambio de época” en la Iglesia de la mano del Señor. Habrá que salir a pescar todos los días, pero la tendencia no cambiará por el voluntarismo ni por los ensayos continuos. Para ir creando pacientemente un nuevo “catolicismo”, que nos dé empuje y esperanza a los de casa y atraiga a los de fuera, hemos de trabajar juntos en la misma barca con el Señor a bordo. Si es verdaderamente “católico”, será abierto e integrador por sí mismo, sin ambigüedades ni estrategias. Un sistema capaz de asimilar las aspiraciones humanas, religiosas y espirituales más diversas; y, en sentido inverso, capaz de dejarse enseñar y modelar por las realidades sociales y los signos de los tiempos. Sin prisas ni ansiedades. “Un cambio de época” ha de venir con las características de las parábolas del Reino. Los frutos auténticos maduran lentamente.


   ¿EXISTE EL DIABLO? 

La pregunta no es nueva. Resulta retórica y gastada. Y las respuestas que se dan, desde el bando católico, son las consabidas, que, con sus matices, se resumen en dos: el diablo es un ser “personal”, o bien un personaje “simbólico”. Y de ahí no salimos. Pero, de vez en cuando, los escritos o las declaraciones de alguna alta personalidad de la Iglesia inciden en el tema y vuelven a agitar la polémica mediática. Y unos cuantos nos vemos “tentados” a dar nuestra opinión (¿quién nos mandará?).

Procedamos de lo más firme a lo más discutible. La existencia del diablo (en sus muchas denominaciones) es una afirmación sostenida en la Biblia, en la Liturgia y en el Magisterio de la Iglesia. Su carácter personal tampoco está en cuestión en los documentos oficiales. Sin embargo, ¿caben interpretaciones que satisfagan otros planteamientos?

En general, ¿por qué no se cree en la existencia del diablo? ¿Se debe tan solo a la debilitación de las creencias cristianas en nuestras sociedades occidentales?

Para una mentalidad muy extendida entre nuestros contemporáneos, los “misterios” de la fe, o bien son “experimentables” de alguna forma en nuestra existencia cotidiana, es decir, tienen una efectividad práctica; o, de lo contrario, se les relega al limbo de lo no real, o al vestuario folklórico, o directamente al olvido. Sin dejar de ser “misterios”, han de tener una relevancia personal y social.

¿El diablo la tiene? Sí, claro, se dan los fenómenos de posesión y sus correspondientes ritos y exorcismos. También, según épocas y culturas, se achacan diversos hechos paranormales a la supuesta intervención diabólica. La gente sencilla y sin instrucción es muy sensible a este tipo de creencias. Existe además el satanismo y las sectas que lo practican… Pero, todos ellos sumados, no dejan de ser fenómenos raros, es decir poco frecuentes y de valoración dudosa. ¿Son suficientes en número y en entidad para que la gente se tome en serio la existencia del diablo?... Lue
el diablo?... Luego, estaría su influencia espiritual, admitida por numerosas personas de fe cultivada. Pero, ¿esta influencia nociva se podría explicar igualmente sin que se atribuya al diablo una actividad directa y personal? En el fondo, para llevar una vida digna y honesta, ¿da lo mismo que exista o que no?

El diablo y el origen del pecado

Con la lectura bíblica del Génesis nos remontamos a los orígenes de la humanidad en su relación con Dios. Ésta es creada en gracia y santidad, pero no impecable. La prueba es que, ya en los albores de la creación, la posibilidad del pecado se hizo realidad. La “pecabilidad” es el reverso negativo del designio positivo de Dios para con el hombre creado ”a su imagen y semejanza” como un ser libre y capaz de crecer en plenitud; es decir, ser autor de la propia vida y del desarrollo de la creación. Se le encomienda una obra de colaboración con el Creador, en contacto personal con él y con el resto de la creaturas. Esta capacidad de libertad y de autotranscendencia le lleva a lo más grande y divino que se da en el hombre, vivir en el amor: una relación de reciprocidad y complementariedad que se manifiesta en la primera pareja con un proyecto común libremente asumido y realizado. (Los “robots” son buenos ejecutores, pero no pueden amar).

Al leer detenidamente el famoso relato del “árbol del bien y del mal” (Gn 2,15-17) no es exagerado concluir que el primer “tentador” del hombre es el mismo Dios. Queriendo ser pedagógico con su creatura, “le induce a la tentación” de tres maneras:

-    Le hace consciente de los límites de su persona y de su tarea. No es divino ni omnipotente sino contingente y frágil.
-    Le somete a la prescripción “No comerás”, en forma de prohibición. Ésta le preserva al hombre de dar un paso equivocado, pero habrá de aceptar que en lo sucesivo es un ser tutelado por la ley moral.
-    Le señala la sanción “…Morirás”. La responsabilidad del hombre, aunque no absoluta, puede llegar hasta hacer fracasar el plan de Dios a fuerza de cometer errores.
go, estaría su influencia espiritual, admitida por numerosas personas de fe cultivada. Pero, ¿esta influencia nociva se podría explicar igualmente sin que se atribuya al diablo una actividad directa y personal? En el fondo, para llevar una vida digna y honesta, ¿da lo mismo que exista o que no?

El diablo y el origen del pecado

Con la lectura bíblica del Génesis nos remontamos a los orígenes de la humanidad en su relación con Dios. Ésta es creada en gracia y santidad, pero no impecable. La prueba es que, ya en los albores de la creación, la posibilidad del pecado se hizo realidad. La “pecabilidad” es el reverso negativo del designio positivo de Dios para con el hombre creado ”a su imagen y semejanza” como un ser libre y capaz de crecer en plenitud; es decir, ser autor de la propia vida y del desarrollo de la creación. Se le encomienda una obra de colaboración con el Creador, en contacto personal con él y con el resto de la creaturas. Esta capacidad de libertad y de autotranscendencia le lleva a lo más grande y divino que se da en el hombre, vivir en el amor: una relación de reciprocidad y complementariedad que se manifiesta en la primera pareja con un proyecto común libremente asumido y realizado. (Los “robots” son buenos ejecutores, pero no pueden amar).

Al leer detenidamente el famoso relato del “árbol del bien y del mal” (Gn 2,15-17) no es exagerado concluir que el primer “tentador” del hombre es el mismo Dios. Queriendo ser pedagógico con su creatura, “le induce a la tentación” de tres maneras:

-    Le hace consciente de los límites de su persona y de su tarea. No es divino ni omnipotente sino contingente y frágil.
-    Le somete a la prescripción “No comerás”, en forma de prohibición. Ésta le preserva al hombre de dar un paso equivocado, pero habrá de aceptar que en lo sucesivo es un ser tutelado por la ley moral.
-    Le señala la sanción “…Morirás”. La responsabilidad del hombre, aunque no absoluta, puede llegar hasta hacer fracasar el plan de Dios a fuerza de cometer errores.

Hasta este momento, todo era gozo y felicidad en su relación con Dios y con el cosmos (según la imagen del paraíso). Pero Dios da un paso al frente y propone a la pareja fundadora un “juego” hasta entonces desconocido: la prueba del árbol prohibido. No es un signo de desconfianza de Dios para con sus creaturas sino una invitación a progresar en su autoconocimiento. Dios les propone el estreno real de un régimen de libertad, en el que hay que elegir entre distintos caminos de realización. A Adán y Eva no se les veta el conocimiento del bien y del mal. Pero éste es exclusivo de Dios y de él lo han de recibir con obediencia y gratitud. Si se lo arrebatan por las bravas, este conocimiento será mortífero. A pesar de todas las cautelas y advertencias, Dios, respetuoso del gran bien de la libertad, no podrá impedir que un camino alternativo se abra a los ojos de Adán y Eva, el de la transgresión.

Sentadas estas premisas, Adán y Eva podían haber perdido la inocencia y dado el paso sin necesidad de “la serpiente”. Cometida la transgresión, se abre una “historia de autocondena y de muerte”, contraria al proyecto del Creador. Comienza el imperio del mal. Cada pecado incita al siguiente y le hace más fuerte, más dueño de nuestra libertad. Sin una nueva “recreación” por parte de Dios, la obra encomendada a la humanidad regresará hacia atrás, hacia el caos primigenio. Tras el pecado, Adán y Eva transforman las relaciones amorosas en esclavitud mutua y el "paraíso" da paso a un mundo inhóspito donde se experimentan nuevos y desconocidos sufrimientos (Gn 3 y 4).

Dios pone en marcha un “plan B”, para que la historia siga adelante como “historia de salvación”, pero ya no se volverá a la inocencia, a la casilla de partida. La historia proseguirá con esfuerzo y riesgo su evolución creciente hacia el culmen. El pecado estará presente sin remedio en cada recodo del camino poniendo trabas y dificultades. A cada paso dado hacia adelante, el pecado revestirá formas nuevas y sorprendentes, de suerte que el aprendizaje de los errores del pasado apenas servirá para eludir las trampas del presente. Anidado en las personas y en las estructuras, sorprenderá a cada generación, a cada pueblo, a cada individuo. El pecado cometido es siempre tramposo: se le conoce tarde, cuando ya ha hecho el daño.

En la historia bíblica queda claro que son Adán y Eva los autores de su caída. No hay nada en la creación original ni, mucho menos, en su hacedor que lleve por sí mismo al pecado. La tradición bíblica se desmarca de cualquier maniqueísmo que atribuya la existencia del universo a un doble principio: bueno y malo.

Según esta lectura somera, la figura diabólica no sería necesaria para explicar el origen del pecado y sus consecuencias. Tras Adán y Eva, sus herederos afectados por el “pecado original” (personal y estructural) nos hacemos los “tentadores” unos de otros. ¿Cabría entonces la interpretación minimalista del diablo como “símbolo representativo” de la presencia y actuación del mal en la historia?

El papel de la serpiente (Gn 3,1-5)

La serpiente no es, pues, la culpable del primer pecado, como si, sin su concurso, Adán y Eva hubieran permanecido inocentes. La autoría del tentador, como desencadenante del pecado, responde a la interpretación digamos clásica, que busca la doble ventaja: disculpar a Dios de cualquier complicidad en la caída y disculpar, de paso, a nuestros padres. La responsabilidad primera y principal recaería en la serpiente. Pero, a poco que la examinemos, esta hipótesis crea más inconvenientes que soluciones. La serpiente tentadora ¿sería dueña del mal absoluto, de un poder maligno opuesto simétricamente al del Dios bueno? Volveríamos, en tal supuesto, al maniqueísmo rechazado siempre por la Iglesia. La serpiente bíblica (más adelante, con los nombres del demonio, el diablo, Luzbel, Satanás…) es una creatura, por lo tanto limitada; nacida buena, como el conjunto de la obra divina. Desplazar hacia ella la responsabilidad de un desastre tan descomunal, no deja de ser excesivo. Y, además, una explicación inútil. ¿De dónde le vendría su astuta maldad? ¿Sería la serpiente “un tentador a su vez tentado”? Abrimos entonces una cadena de causalidades sin fin: algo innecesario e ineficaz. Pero, si es un ser creado bueno que por sí solo se pervierte, algún tipo de “responsabilidad” tiene Aquel que lo creó con esa capacidad. De nuevo nos topamos con el misterio de la libertad, que es un bien mayor que su derivada secundaria, la “pecabilidad”.

Entonces, ¿la serpiente sería tan solo un personaje cultural, que le serviría al autor sagrado para dar más viveza al relato, sin añadir algo substancial? ¿No tiene un papel teológico distinto de su utilidad literaria? Parece lógico que sí. Sin salir de los datos del Génesis, podemos reconocer un papel propio a la serpiente en la escena del pecado, con los siguientes rasgos:

-    Abre el camino a la transgresión reforzando exageradamente las apetencias de plenitud que habitan en el interior del ser humano y que apuntan hacia el objetivo último asignado por el Creador: “seréis dioses” (Cf Jn 10,34-35), hijos de Dios en Cristo. Pero les confunde el camino, presentándoles una alternativa más rápida y estimulante para su realización: hacerse dioses ya y ahora, sin depender de Dios. En definitiva, niega el carácter procesual y evolutivo de la condición humana.
-    Siembra la duda y la desconfianza hacia Dios, apoyándose en la misma ley divina para ridiculizarla. “¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?”. (Modifica astutamente la formulación de la ley, para hacerla más arbitraria y odiosa).
-    Trastrueca los papeles. Dios es aquí el que engaña, por envidia del posible poder de sus creaturas. La serpiente aparece como sabia y razonable, consejera desinteresada de la humanidad para su bien.
-    Invita finalmente a la desobediencia, dándole un carácter épico y triunfador. ”¡No moriréis!”. Se trata claramente de vencer a Dios empleando sus mismas armas. Una victoria que, de momento, no busca cortar por completo la relación con Dios sino rebajarlo al servicio del hombre endiosado.

Estos rasgos se reproducen y amplifican a lo largo de la Escritura. Los vemos en toda su crudeza en el episodio de las tentaciones de Jesús en el desierto. Se reconocen en la experiencia cristiana de los creyentes (sin fe en Jesucristo, no se puede admitir la existencia del demonio, su enemigo; a lo sumo, caben supersticiones y temores irracionales que lo toman como pretexto).

En consecuencia

Se podría pensar en el demonio según el “perfil bajo”, como  “símbolo” de nuestra propia capacidad de tentarnos hacia el mal y de engañarnos mutuamente; como  “símbolo” de nuestra complicidad con nuestras propias pasiones y con la fragilidad a la que nos someten nuestros pecados (la concupiscencia).

Sin embargo, atendiendo a la mentalidad actual, no faltarían motivos serios para creer en la existencia del diablo según el “perfil alto”, el que ha seguido la interpretación clásica de la Iglesia. La existencia de un diablo distinto y personal da sentido y explicación a algo que, en la hipótesis anterior, quedaría en el aire:

-    Los excesos del mal. La existencia del diablo podría explicar la maldad retorcida de las personalidades perversas, los verdugos de la humanidad; el sufrimiento sádico y gratuito, sobre todo el que se inflige contra los pobres y los inocentes. Ese mal excesivo no encuentra explicaciones racionales. Puro odio sin causa, puro sufrimiento sin provecho alguno. Ese mal es de otro orden distinto del “normal”; supera los daños siempre limitados que nos podemos hacer los unos a los otros. Sólo una intervención divina podrá someterlo. Ya en el Génesis, la descendencia de la mujer vencerá a la astuta serpiente, a la que San Ignacio de Loyola denomina “enemigo de la natura humana”. El exceso del mal encuentra su antídoto únicamente en el exceso del bien.


-    El odio de Dios. El escándalo mutuo, las ambiciones  y el mal estructural podrían explicar la gran mayoría de los desastres causados por mano del hombre en todos los órdenes de la existencia. Pero, ¿por qué se da una especial inquina en el orden religioso? ¿De dónde surge ese rencor hacia lo divino y sus manifestaciones? Las persecuciones y matanzas de los creyentes, tan solo por el hecho de serlo, ¿no son el síntoma de un odio desproporcionado y selectivo? El desprestigio generalizado de la Iglesia y cuanto ella representa ¿se justifica sólo por los casos reales de malos ejemplos?
 

-    Las tentaciones espirituales. Nos referimos a un terreno de la posible acción diabólica especialmente difícil de dilucidar. Que la vida espiritual sea un combate entre tendencias opuestas, está fuera de toda duda. Así lo han vivido todos los cristianos exigentes desde San Pablo hasta nuestros días. Pero, aunque se admita la influencia personal del diablo, no es aconsejable achacar a su actuación las nimiedades y bajezas de la condición humana que se pueden explicar fácilmente por otras causas. Sobrevalorar su presencia, aparte de insano, puede revelar una falta de confianza en el Señor. Entonces, ¿cuál sería su actuación exclusiva en el combate entre la virtud y el pecado? Dejemos las respuestas a los maestros contrastados de la vida espiritual.

En cualquier caso

Y para terminar estas notas, no conviene olvidar algunas afirmaciones que son de sentido común:

-    Decir que el diablo es un ser personal es una aseveración que hay que hacer con las debidas cautelas. Empleamos el concepto de “persona” o “ser personal” de manera análoga en el caso de la persona humana, angélica o divina, sin por ello ocultar la infinita distancia que existe entre las tres formas de “personalidad”. Es decir, en el supuesto de que el diablo sea “persona”, no lo sería como nosotros.
-    Según la creencia oficial, el diablo, ángel caído, es de naturaleza espiritual. Por lo mismo, para manifestarse en este mundo material precisaría de “mediaciones” físicas o psíquicas (visiones suprasensoriales, sueños, actuaciones sobre las personas o las cosas…). Las típicas representaciones de los seres diabólicos responderían a toda esta escenografía, que no por ser necesaria deja de ser a menudo subjetiva y de baja credibilidad.
-    En la supuesta acción maléfica sobre el ser humano, bien sea corporal (posesiones), o bien espiritual (tentaciones), el diablo no puede inmiscuirse en la libertad de la persona condicionándola o forzándola a obrar en contra de su voluntad. La libertad es un santuario divino inviolable.
-    Jesucristo, el Verbo hecho carne, ha vencido al llamado “Príncipe de este mundo” entrando en su mismo territorio cósmico y humano como único y verdadero Señor. Si existe actividad diabólica, ésta sería relativa y secundaria. Como le gusta decir al Papa Francisco, sólo Dios “primerea”.


Burgos, 20 Agosto 2019.
La identidad nostálgica


Hace cuarenta años los que participábamos en las primeras elecciones democráticas e iniciábamos la transición no éramos de una raza superior. Si analizamos fríamente aquellas primeras etapas, encontramos aciertos y errores. Nos movía el ideal de la democracia, superador de los viejos traumas de nuestra convivencia secular. Pero, pronto, nuestras mentes se volvieron hacia el pasado, a escarbar morbosamente en busca de una identidad idílica. Para no ser menos que los catalanes, vascos o gallegos, nos soñábamos herederos privilegiados de un tiempo mejor y diferente. Los castellanos volvimos a desenterrar al Cid y a los Comuneros y a rescatar del olvido las jotas y las dulzainas. Esa operación nostálgica traía consigo un tono épico y reivindicativo, que le daba su punto emocional. No faltaban los héroes y los villanos culpables de que en cada lance Castilla se viera humillada y desviada de su glorioso destino.

Por fortuna, a los habitantes de estas tierras mesetarias se nos fue pasando el sarampión identitario. El afán de cada día nos presentaba otros ideales más realistas y productivos; adaptados a nuestras responsabilidades y a nuestras capacidades presentes y, por ello, generadores de solidaridad sin fanatismos. Teníamos entre manos la construcción de una España moderna dejándonos de ensoñaciones y majaderías. Las gestas castellanas bien están para amueblar nuestra cultura personal y para las representaciones teatrales y festivas de nuestros estíos.

En una canción de la época, obra del gran Raimon (grande en su humildad), “De un tiempo, de un silencio”, a golpe de guitarra se aseguraba “Quien pierde sus orígenes, pierde identidad”. Los orígenes, cierto, son necesarios para no perderse en el mapa de la vida. Pero la identidad no hay que buscarla en el pasado sino en el hoy abierto al mañana. Evoluciona y crece con cada generación y en cada época. Hablamos de una identidad integradora y creativa, que no tiene nada que ver con la identidad nostálgica, para la cual las esencias (del pueblo, de la nación, del grupo humano) se encuentran en el ayer, en unos presuntos hechos fundadores, unas raíces sagradas a las que habría que guardar ciega fidelidad. Esta identidad se alimenta de una visión idealizada y mítica de la historia que pretende regresar al paraíso perdido. Quienes se dejan morder por este delirio se consideran unos seres superiores e intocables, predestinados a desempeñar una misión providencial. Tanta grandeza les resulta incompatible con la mediocridad circundante, a la que hay que combatir, culpabilizar y, en todo caso, mantener a distancia. Una tal superioridad moral no se justifica: es un axioma, una evidencia suprema que sólo pueden percibir los iniciados. Los demás sólo serán enemigos de esa arcadia soñada y de su realización práctica. Desde fuera se ve claro que ésta es una empresa irracional. Pero, ellos, los elegidos, dicen estar dispuestos a dar la vida por conseguirla.


El fundamentalismo religioso, el nacionalismo radical o el dogmatismo ideológico son, antes que nada, una patología de la personalidad colectiva y, como tal, ha de ser tratada. Es inútil combatir ideas y actuaciones de quienes no aceptan el debate común porque se sitúan en una iluminación revelada. Lo único que cabe, por tanto, es mirar hacia otro lado y buscar en el horizonte un nuevo proyecto superador de tales bloqueos. Pienso sinceramente que ese proyecto existe hoy entre nosotros y se llama Europa. La identidad europea es una empresa actual, sanamente retadora. Si nos concertamos los unos y los otros en mirar hacia adelante, quizás se resuelvan problemas hoy por hoy irresolubles. Porque la identidad colectiva no es una posesión que se conquiste arrebatándosela al enemigo sino un don que el destino nos entrega a todos por añadidura y gratuitamente.

Publicado en Diario de Burgos 20 Agosto 2017
HOMILÍA EN EL FUNERAL DE TINO BARRIUSO.
 27 MAYO 2017


Muy queridos Marisol, Alejandro, Jimena, Álvaro, Ismael…

Como sacerdote y amigo, me toca dirigiros la palabra, que es una de las tareas más hermosas que se puede hacer en esta vida, bien sea ésta oral o escrita. También, ¿por qué no?, en una ocasión tan dolorosa y difícil de encajar como es la despedida de Tino.

Muchos de vosotros habéis escrito, o lo váis a hacer, con más autoridad y enjundia que yo, el epílogo del libro de la vida terrena de Tino, una vida hermosa y apasionante. A mí me corresponde hacer el prólogo de un nuevo libro; llamémosle, para entendernos, la Vida Eterna.

Permitidme para ello evocar dos anécdotas del santo de ayer, día de la inesperada muerte de Tino. Me refiero a San Felipe Neri (un recuerdo a vuestro padre Felipe y a vuestra madre Aurora, fundadores de una amplia y querida familia con hondas raíces en nuestra ciudad; y a vuestro hermano asimismo Felipe). Felipe Neri fue quizás el santo más simpático del calendario cristiano. También, como Tino, poeta, humorista, imaginativo, cordial y buen educador de niños y jóvenes. Por originales que podamos ser los individuos, siempre tenemos espejos en los que mirarnos y reconocernos.

Este santo del Cinquecento romano estuvo bajo sospecha por dos motivos: porque recogía a los niños de la calle y porque tenía la osadía de ser feliz. Pero cuando el Papa Sixto V le llamó a capítulo delante de aquellos prebostes severos e hipócritas que le hicieron la vida imposible, sorprendentemente le entregó el capelo nombrándolo cardenal. Entonces Felipe, con cara de niño travieso y soltando una franca carcajada, tiró al aire aquel solemne sombrero mientras dijo la frase lapidaria:”¡Prefiero el paraíso!”. Cuenta la historia que el siguiente en reír la hazaña fue el propio Papa y, después, ¡cómo no!, todos los presentes.

Tino ha sido un hombre libre, no siempre comprendido ni por los demás ni por sí mismo. A los que, como él, tienen un “paraíso” en el alma, este mundo se les hace estrecho y mezquino. ¡Cuántas veces tiró al aire los birretes y los diplomas, con una risa divertida! Siempre sin soberbia intelectual.

En cambio, como poeta y escritor, se tomó muy en serio las palabras. No, las palabras tópicas y convencionales, que son palabras muertas, sino las palabras vivas. El poeta auténtico no las exhibe pedantemente en el escaparate; antes bien, las rompe y las destripa como un niño rompe su juguete, para descubrir el misterio que encierra. Tino, como tantos otros, buscaba el paraíso, el “parnaso” de las musas divinas, la patria de los soñadores y los inconformistas.

Como persona inquieta, buscaba a Dios a su manera. Él se deja encontrar por todos los caminos, hasta los más heterodoxos. Así nos lo aseguraba San Pablo en la primera lectura (Hch 17,27-28).

Como persona amiga y cordial, Tino nos daba a entender que el Paraíso no estaba lejos de cada uno sino al alcance de la mano y del corazón y que la muerte no hace sino dilatar infinitamente cuanto hemos amado. El Paraíso no es un lugar físico sino Dios mismo que nos abre las puertas de su vida íntima para morar en Él. “En la casa de mi Padre hay muchas moradas”, nos dice de nuevo Jesús en el evangelio de Juan (Jn 14,2).

Felipe Neri repetía a sus chavales con un humor inteligente: “¡Sed buenos… si podéis!”. Bien conocía él las dificultades y pecados propios y ajenos; de los mayores y los pequeños. Su invitación es todo lo contrario del·”buenismo”, que es una bondad sin sufrimiento. Dios nos llama a una bondad realista, que es el primer peldaño de la vida cristiana. ¡Cuántos quisiéramos llegar a él e incluso quedarnos allí!

El Tino educador del Mendoza siempre prefirió hacer buenas personas y buenos ciudadanos antes que eminentes físicos. Era una opción hoy discutida. Pero me consta que Tino ha podido apreciar los resultados.

Tú, Tino, acostumbrado a jugar con los vocablos, cambiarías de buen grado el condicional “Sed buenos… si podéis” por la afirmación “¡Sed buenos… sí podéis!”.


Que tus preferencias y las de los tuyos se vean colmadas. ¡Que el Paraíso sea contigo y tú con él!

¡TENGO UNA IDEA!

Que nuestros gobernantes andan escasos de ideas, es algo sabido. Llevan años, diría siglos, repitiendo los mismos eslóganes y tropezando en las mismas piedras. Con lo fácil que es tener una buena idea. Sin ir más lejos, yo mismo esta mañana en un súbito ataque de lucidez he parido varias. Unas ideas tan evidentes y luminosas que no me explico cómo no se les han ocurrido antes a la multitud de personajes que pueblan los despachos o los medios de comunicación. Mis ideas, además, son gratuitas; no pienso cobrar por ellas. Ni tampoco voy a fundar un nuevo partido político, no teman; ni siquiera escribir un manifiesto para reclamar adhesiones. Simplemente las lanzo al viento y quien las recoja puede decir que son suyas y que se le han ocurrido a él. ¿No es maravilloso? Y si encima se llevan a la práctica, mi dicha sería total. Pues bien, para empezar, ofrezco una hoja de ruta cargada de sentido común.

Resulta que a España (por ahora… llamémosla así) se le acumulan los problemas. Por orden de gravedad y aparición en escena, se resumirían en estos tres: una larga crisis económica, con sus secuelas de paro y de empobrecimiento masivos; un desprestigio alarmante de las instituciones democráticas y sus dirigentes; y una seria amenaza de desmembramiento territorial. Primera evidencia: si queremos resolverlos, se han de abordar por este orden de prioridad y no todos al tiempo. Por lo tanto, y en lo que respecta a la crisis, mi idea es un imperativo: que todas las fuerzas políticas, económicas y sociales dejen por una vez de ser infantiles y se pongan a empujar mirando sólo hacia delante, no a los lados. Ante una emergencia general todo lo demás es inútil. Todos podemos apoyar cuantas medidas de gestión sean al mismo tiempo eficaces y solidarias, sin hacer caso de la firma, la ideología o el logotipo.

Una vez remontado el vuelo, será el momento de abordar de lleno el segundo problema, la regeneración de nuestra maltrecha democracia. Vendrán entonces los arreglos de cuentas, la depuración de responsabilidades de todo tipo, una catarsis, en fin, que dé paso a otros proyectos y a otras caras en la vida pública, que nos hagan recobrar la ilusión y la esperanza colectivas.

El tercer problema depende de los dos anteriores. Es manifiesto que la actual democracia no ha logrado resolver el difícil puzzle de los territorios ibéricos. Y no ha sido por falta de buenas intenciones e incluso de generosidad. Ya la Constitución de 1978 distinguía entre nacionalidades y regiones, algo vería en la complicada historia de esta península. Pero se queda en el orden sublime de los principios (unidad de la nación española y soberanía compartida; diferencias y solidaridad…) sin concretar las reglas de juego, quedando éstas a merced de los mutuos reproches, de las megalomanías demagogas, del superpoder del Tribunal Constitucional… Un ambiente irrespirable, un juego sucio, del que todos se quieren retirar con la ganancia. Ya no está bien visto participar.


¿Qué hacer? Hay menos dinero para repartir, hemos mirado a la cara a los corruptos y descubierto las trampas de los financieros de casino. ¿Qué nos queda? Si podemos superar el resentimiento, habremos ganado la partida: ¡nos queda la experiencia, lo aprendido! Podremos refundar la democracia sobre nuevas bases, adentrarnos sin miedos en un proceso que lleve a una reforma realista de la Carta Magna para poder tirar otros cuarenta añitos. Como esta maniobra exigirá en su día un referendum de todo el pueblo español, el tercer problema se aborda de lleno. Los que piden autodeterminación, incluso los que quieren separarse de España tendrán aquí su ocasión de oro sin necesidad de que los demás quebrantemos el principio de soberanía nacional. En 1978 los territorios históricos votaron a favor de la Constitución igual que los demás (en Cataluña, por cierto, con amplísima mayoría). Es decir, se “autodeterminaron”… para quedarse. Si una Constitución reformada ya no les representara ni colmara sus aspiraciones, con votar mayoritariamente en contra, todos lo tendríamos claro y podríamos sacar las conclusiones pertinentes. Y sin despeinarse, oigan. Yo ya les he brindado mis ideas. Luego, no se me quejen. Ni me aburran, por favor.

LA TAUROMAQUIA EN CRISIS

LA TAUROMAQUIA EN CRISIS
Análisis y soluciones

Jesús-Andrés VICENTE
ja.vicente@terra.com
www.jesusandresvicente.blogspot.com

Que la afición a los toros está en horas bajas es un hecho. Datos son datos. Lo que puede variar es el diagnóstico; los análisis que traten de explicar esta crisis. Todos coincidimos en que se trata de un fenómeno complejo, duradero y creciente; con causas múltiples y un mismo resultado: el desprestigio social de “la fiesta”. En este breve ensayo pretendo ir a la raíz de la cuestión, analizando los presupuestos básicos de la misma.

De entrada, anuncio cuál es mi hipótesis de trabajo: la crisis de la tauromaquia es, ante todo, una crisis interna, inherente a ella misma, y no el fruto de una conjura exterior (antitaurinos, poderes públicos, antiespañolismo, desinterés de los medios…). Tampoco, de un cúmulo de incompetencias y de falta de escrúpulos de los propios actores del espectáculo, los así llamados “taurinos”. Todos estos factores negativos coadyuvan a la evidente decadencia de la afición a los toros, pero no son su raíz última. Muchos de ellos son, al mismo tiempo, causa y consecuencia de esta decrepitud.

¿Entonces, cómo enfocar el problema? Se trata, repito, de una crisis interna fruto de una crisis de civilización. Estamos en un vertiginoso cambio de época de alcance planetario que afecta a todos los órdenes de la vida personal y social. Y si ningún ámbito se libra de este “sunami”, cuánto más aquellos cuya esencia es la tradición y las costumbres atávicas. En este caso se encuentra la tauromaquia.

Paso de una cultural rural a una cultura urbana

La tauromaquia nace en el campo, en el contacto con la naturaleza despiadada y fascinante al mismo tiempo. Llega a las villas y villorrios sin romper el cordón umbilical con su procedencia natural. El toro de lidia es el símbolo supremo - el tótem mítico - del animal salvaje e irreductible, que conserva todas sus características primitivas: una fuerza retadora que sólo se puede vencer con inteligencia y heroísmo. El enfrentamiento con el toro salvaje se hace en el campo del valor, en el juego de la vida al precio de la muerte, del sacrificio cruento y sagrado oficiado por unos elegidos, “sacerdotes” de una liturgia sublime que escapa al común de los mortales. Por eso, la tauromaquia seduce, porque nace de las raíces más profundas de la condición humana desde los tiempos del Creador: “
creced, multiplicaos y someted la tierra”…

Pero nuestra civilización, por razones de una evolución tecno-científica, ha tomado otros rumbos antropológicos. Hoy ya no vivimos en el campo, en contacto con la naturaleza, sino en las megápolis construidas por el ingenio humano. Los “valientes” actuales están en los despachos, en los consejos de administración, en los medios de comunicación. Su valor se mide en términos de eficacia y de utilidad. No arriesgan su vida sino su prestigio, su imagen pública, su “caché” económico, su cotización en el mercado, que es la nueva palestra de la lucha sagrada. Estos individuos ya no combaten contra las fuerzas cósmicas, no se miden con los seres más poderosos y temibles de la creación. Combaten entre sí y, desgraciadamente, con las armas de la astucia y la bajeza moral. Su victoria consiste en destruir y aniquilar al competidor, sin tener en cuenta los daños colaterales. La moral de los tecnócratas y dirigentes actuales es la más opuesta a la grandeza de la tauromaquia, aunque algunos de estos individuos se dejen ver en las corridas de “clavel”. (¿Qué hemos hecho para que las corridas de toros se identifiquen en el imaginario colectivo con la mal llamada “derechona”? ¿Cómo se puede entender el heroísmo del todo o nada desde posiciones de cálculo y mediocridad?). Comprendo que apasione el deporte de masas, donde el ciudadano medio y anónimo proyecta sus frustraciones en el triunfador superdotado. Pero existe una diferencia abismal: el deportista de élite no se juega la vida; al contrario es el exponente máximo de la ley del mercado en su versión más ramplona.

Un animalismo proteccionista e ingenuo

En consecuencia con el párrafo anterior, ha cambiado la percepción del mundo animal. Hoy los animales son considerados mal y a distancia, desubicados de su ecosistema. El urbanita conoce de primera mano al reducido mundo de los animales de compañía, cada vez más presente en sus hogares. A ellos dedica sus afectos y desvelos muchas veces exagerados. La regla de oro es que el animalito esté bien cuidado y no sufra. Nada tenemos en contra, por supuesto. La raya se traspasa cuando se proyectan en el animal sentimientos y valoraciones reservadas por la naturaleza al ser humano. Y, mucho peor, cuando estas experiencias propias de los animales de compañía se extienden al conjunto del reino animal. ¡Bastardo infantilismo, a lo Walt Disney, que dios confunda! ¡Los animales convertidos en personas; o bien, las personas rebajadas a animales! (No se pierdan en internet un sketch magistral del humorista belga 
Raymond Devos sobre su “petit chien”).

El resto de la fauna no es conocido en directo sino en diferido, a través de la pantalla artificial, en sus distintos formatos técnicos. Me refiero, sobre todo, a los documentales sobre el mundo animal, que nos dan a conocer a las diversas especies, pero con la debida distancia. La que consiguen las series televisivas de sobremesa con su didactismo adormidero. Por lo menos, el comandante
Cousteau le daba un talante épico al relato y mi paisano Rodríguez de la Fuente no escondía el carácter ambiguo, combativo y trágico del comportamiento animal.

Pero el mayor vilipendio que nuestra civilización “protectora de los animales” inflinge a estos seres inferiores (sí, inferiores, no me escondo) se debe a un doble fenómeno. Negativo el primero: nuestra sociedad bien-pensante oculta sistemáticamente toda exhibición del ineludible sufrimiento animal que ella misma promueve, sobre todo en las especies comestibles necesarias para el sustento humano. Nuestros niños crecen ignorando que los simpáticos conejitos, aves de corral, inocentes corderos, opulentos puercos viven hacinados en recintos de engorde y mueren sacrificados y no de muerte natural. ¡Todo un ejercicio de hipocresía y de falsedad! Los niños pueden ver y contemplar plácidamente la exhibición de la crueldad y la violencia que ejercen los seres humanos contra sus semejantes, pero se les prohíbe asistir a la tradicional matanza del cerdo en el pueblo de sus mayores. Espectáculo duro, ciertamente, pero integrado en un contexto antropológico sano y aleccionador. La sociedad políticamente correcta ha decretado que los animales no sufren, ni combaten entre sí; que los depredadores son simples guardianes del equilibrio ecológico. Por lo que se ve, en este mundo sólo sufrimos las personas. ¡Mejor haber nacido bambi!

El segundo fenómeno es teóricamente positivo y socialmente valorado, pero, a mi parecer, más dañino aún que el anterior. Me refiero a la exhibición de las especies animales en los zoológicos. La puesta en escena a veces grandiosa y siempre costosísima de estos parques no puede hacernos olvidar -¡es lo que pretende!- que los animalitos allí recogidos han sido capturados violentamente, se les ha sacado de su hábitat natural privándolos de su “libertad” y del desarrollo de una existencia propia de su especie… ¿No es la mayor indignidad que se puede cometer con las especies salvajes, la de exhibirlas en la pasarela con todas las garantías de seguridad y de asepsia para sus complacientes y curiosos espectadores? ¡Qué humillación para el león de la sabana, el tigre de Bengala, los elefantes de la India… convertidos en numerito de feria!

Todo este excremento de nuestra civilización, eso sí, envuelto en papel de celofán, repugna a cuantos conocemos y amamos a la tauromaquia. No soy
Francisco de Asís -¡qué más quisiera!- si bien admito que pueda haber un camino iniciático de comunión con el reino animal cuasi místico. Francisco se acercaría a un temible Miura, como lo hizo con el lobo de Gubbio, sin más armas que la fraternidad y la confianza en el Supremo Hacedor y el toro se le rendiría noblemente sin haberle clavado un rehilete. Sería admirable, el sumum del respeto y del buen trato con las fieras de la tierra. Pero, salvo esta forma sublime y altamente improbable, he de afirmar que la relación más digna y respetuosa con el animal salvaje que conozco es la de la tauromaquia.

En efecto, este arte es fruto de una convivencia diaria y total del ser humano con la cabaña animal. Pero cada cual en su lugar. El toro con su fiereza, su poderío, sus defensas naturales, sus leyes implacables y violentas de jerarquía en la manada. El hombre, con su inteligencia, su trabajo en equipo bien conjuntado, contando con la colaboración de los caballos, perros y bueyes perfectamente domados para el manejo del toro bravo. También, -¿por qué no?- con la ayuda de la técnica mecánica e informática; de la ciencia veterinaria, de la biología, la estadística y la genética… Todo ello integrado en una simbiosis armoniosa.

Las gentes de la dehesa brava, porque conocen y aman al toro, respetan y temen su fiereza y acometividad. Lo manejan con mimo sin violentarlo, jugando con las querencias a favor, conscientes de que no pueden hacerle frente ni dominarle cara a cara. ¡Eso vendrá después, otro día, más adelante… en una plaza de toros, en una fiesta de honor, donde unos humanos románticos desafiarán a la bestia a cuerpo limpio en un ritual de sacrificio supremo y verdadero!

El heroísmo desplazado

La naturaleza, con todo, siempre reaparece. La población urbana no la puede orillar. Sin ella, sin su contacto, la vida de la especie humana sobre este planeta resulta incompleta; más aún, incomprensible. Por eso, los habitantes de la ciudad volvemos tercamente al espacio natural con motivaciones novedosas (senderismo, ruta jacobea, turismo rural, deportes de riesgo y aventura…). Son contactos pasajeros que ocupan apenas un fin de semana o unos días de vacaciones y nos acercan a una naturaleza domesticada (de visita guiada) o retadora. Unos pocos retornan a la vida rural de forma más auténtica, tratando de recuperar viejas raíces o con planteamientos alternativos (agricultura ecológica, artesanía manufacturada, pequeñas comunidades de vida a escala humana, utilización de energías no convencionales…). Pero el pasado no vuelve con las fórmulas de antaño. Ya nunca más en la historia –salvo que ocurra un cataclismo planetario- se dará entre nosotros una economía de subsistencia, dependiente de la labranza, la ganadería y la caza primitivas. Y si no es por la tauromaquia, el toro de lidia ya se habría extinguido sin que un ecologismo de gabinete lo hubiera impedido.

Si miramos de cerca a la juventud, a las nuevas generaciones que vienen por detrás; si nos molestamos en conocer su mentalidad y sus costumbres sin prejuicios, hemos de confesar que el porvenir taurino es desolador. Hace tiempo que han desertado de esta fiesta que, para la mayoría, es incomprensible, aburrida, cuando no bárbara. Piensan los jóvenes que los taurófilos vivimos en otro mundo; que constituimos un residuo folclórico de un pasado de celuloide rancio. Lo poco que conocen o valoran de la fiesta y sus protagonistas se debe a motivos extrataurinos (lo cual resulta más descorazonador). Quizás el único vínculo que, hoy por hoy, aún les une con los toros de forma masiva sean las fiestas populares, con todo su cortejo de peñas y fanfarrias. Habría, no obstante, que analizar caso por caso, para ver si éstas sean para los jóvenes una escuela de posible afición taurina o el acta de defunción de un espectáculo sin sentido.

Para que enganche la afición, la tauromaquia tiene que encontrar un hueco en el espíritu del joven, allí donde anidan las ilusiones, el heroísmo, la ambición, la vibración estética y simbólica, el sacrificio por una noble causa; la vocación humana, en definitiva, en su sentido más pleno. Esa profundidad misteriosa e insaciable, que los espectáculos de consumo no pueden satisfacer. Pero la mayoría de los jóvenes de los países más avanzados, aquellos que marcan las pautas culturales de nuestra humanidad globalizada, tienen ese “hueco” taponado. Lo ocupa una oferta de ocio inmensamente variada y, a primera vista, más atractiva. Además, por si ello no bastara, las nuevas tecnologías que ellos utilizan a profusión, crean y recrean una realidad virtual, una segunda naturaleza artificial, interactiva y manipulable al gusto del consumidor, un entorno sin riesgos, más dócil y placentero que la áspera realidad. Véase si no el mundo de los video-juegos.

Por otra parte, los nuevos héroes de la juventud se encuentran en los circuitos del motor y no en un coso taurino. Como todos los héroes auténticos, los pilotos también se juegan la vida luchando ante todo contra sí mismos, van al límite de su humanidad explorando sus posibilidades más recónditas, con el noble afán de ser los mejores. Así maduran como personas y son elevados a los altares de la santidad laica (recordemos la muerte del joven Simoncelli). Solamente que ahora la fuerza a dominar ya no es la de un noble bruto, el envite indómito de la naturaleza, sino la fuerza salvaje de un ingenio mecánico, bella montura de victoria o de tragedia. Todo, como se ve, muy conforme con los logros de nuestra civilización, que adora a las máquinas, esos nuevos ídolos que fascinan por su versatilidad y poderío. Éstos son los nuevos tótem de la juventud actual. El heroísmo subsiste como necesidad antropológica, pero el escenario se ha desplazado. Sólo el día en que los jóvenes hallen en el toro lo que encuentran en los bólidos, las motos y sus pilotos, redescubrirán la tauromaquia y volverán poco a poco a las gradas. ¡Aún queda cemento vacío para rato!

Mientras tanto…

¡En todo caso, hay que actuar arriesgando e innovando; se ha de tomar la iniciativa, conscientes de la gravedad del problema! Si nos limitamos a esperar a que escampe, la fiesta de los toros tiene los años contados. Desde luego que es más fácil analizar la situación y reflexionar sobre sus causas “a toro pasado” que pronosticar el futuro y las posibles soluciones. Me limitaré a dejar algunas orientaciones prácticas que me parecen ser coherentes con el análisis hasta aquí expuesto.

1. Plantar cara al antitaurinismo de manera inteligente

¿Qué sería lo no-inteligente, dada la mentalidad actual? Vayan estas líneas:

-    Atrincherarnos en posiciones de consumo interno, que sólo valen para los de casa: repetir, por ejemplo, que la tauromaquia no puede morir y otros voluntarismos por el estilo. No están los tiempos para pedir la fe en unas verdades eternas e indemostrables.

-    Ridiculizar a los adversarios “antitaurinos” minimizando su poderío o prestándoles turbias intenciones, ignorando estúpidamente que juegan a favor de corriente y que una parte notable y creciente de la opinión pública está con ellos.

-    Defender a la tauromaquia con argumentos manidos y archiconocidos, muchos de los cuales no convencen a una mente racionalmente bien dotada (Ejemplos: “
hay otras prácticas más crueles con los animales en otros países y nadie se mete con ellas”; “el toro no sufre durante la lidia, eso lo pensamos los seres humanos”; “criamos al toro de lidia para proteger la dehesa”; “que nos dejen en paz a los que libremente queremos asistir a las corridas de toros, ya somos mayorcitos para saber lo que tenemos que hacer y no perjudicamos a nadie”…).

-    Apoyar la afirmación de que la tauromaquia es cultura en manifestaciones literarias y artísticas antiguas, repitiendo los cuatro nombres de la baraja habitual: 
Goya, Picasso, Lorca y Ortega y Gasset… Estas razones se vuelven en nuestra contra y refuerzan a quienes están persuadidos de que, si es cultura, se trata de una “cultura” arcaica y superable.

¿Entonces, qué sería lo inteligente? (Cuando hablo de “inteligente”, no pienso en la eficacia de estas razones para “convencer” a los contrarios -¡ojalá!- sino en la capacidad de estar a la altura intelectual y moral en la que ellos pretendidamente se sitúan).

-    Apoyar y fomentar 
un ecologismo integral, en el que se reconozca que las especies animales salvajes tienen una relación única y genuina con la especie humana. Una relación no utilitarista, ni decorativa sino “existencial” (hablando en términos de antropología filosófica). Suprimir estas especies o destinarlas a piezas de museo, constituiría un pecado ecológico de gravedad. La relación de los humanos con las bestias se envilecería aún más. Lejos de “proteger a los animales” con cuidados y leyes bienintencionadas, se termina consiguiendo el efecto contrario. Lo peor que le puede pasar al reino animal es que se le pierda el respeto y la admiración, que se le deje de temer y se le banalice. ¡Ésa es la verdadera dignidad que habría que defender y de la que tanto y tan mal se habla!

-    Divulgar
el conocimiento del toro bravo en el campo, su hábitat natural. Ya hay iniciativas muy valiosas en los medios de comunicación, a las que se añaden otras aparentemente bien orientadas (visitas a las dehesas de fin de semana o vacaciones conviviendo con el toro bravo y sus cuidadores, participación en faenas de tienta, aficionados prácticos…). Cuando escribo “bien orientadas”, me olvido de las cachupinadas y banquetes gastronómicos camperos, del señoritismo elitista con ocasión del toro bravo, falseando así la finalidad de la visita a la dehesa. Lo que aquí se pretende es justamente lo contrario: divulgar la autenticidad de la crianza de una fiera única en su género, de un animal de combate, sin esos edulcorantes y eufemismos que tratan de evitar todo cuanto “pueda herir la sensibilidad del espectador”. Y, sobre todo, la comunicación directa y prolongada con los hombres y mujeres del campo bravo (ganaderos, mayorales, vaqueros, veterinarios…). El testimonio de su vida cerrada y dura es el mejor semillero de afición, pues sus motivaciones son vocacionales. No transmiten sólo unos conocimientos o unas prácticas profesionales sino una pasión. Para volver a prestigiar la fiesta y reimplantar la afición taurina en las nuevas generaciones, ¿no habría que empezar por el campo bravo antes de asistir a un espectáculo tantas veces prefabricado, mediocre y sin interés alguno? ¿Sería impensable llevar a los alumnos de los colegios a pasar unas jornadas en una ganadería dentro del cómputo de actividades formativas extraescolares? Desde luego, produciría en los pequeños un impacto mucho más hondo y motivador que el folclore del toreo de salón con las figuras famosas de turno en la plaza mayor de la ciudad o del pueblo. Esas ideas de “jugar al toro” me suenan a buenismo bienintencionado, pero mucho me temo que sean inútiles. Al final, sólo sirven para la foto. ¡No prenderá la afición en los niños – la mejor edad - sin transmitirles pasión, riesgo, aventura y admiración por el toro bravo!

-    Valorar, desde unos presupuestos filosóficos y morales actualizados,
la gesta del torero ante el toro. Este último no es una víctima vil de la prepotencia ególatra del hombre sino un noble colaborador en un evento de alta nota artística y espiritual. Escribo “espiritual” para referirme a la esencia más honda del combate taurino. Las dificultades y amenazas que presenta el animal –imprevisibles y cambiantes a lo largo de la lidia- se ciernen sobre un ser humano solitario y desamparado, sin otros recursos que la inteligencia y el valor que mueven los leves engaños que maneja. Se encuentra, pues, en una situación límite donde el sujeto experimenta al mismo tiempo su fragilidad de criatura y sus capacidades ocultas de índole cuasi “sobrenatural”. En ese instante mágico, ¡qué bien le cuadra al matador el conocido pensamiento de Blas Pascal, según el cual "el hombre supera infinitamente al hombre"! ¡Hemos de rescatar de la vulgaridad y de la bazofia a este ser superior, intensamente humano, que es el torero! No es un embrutecido maltratador de animales indefensos ni tampoco un personaje superficial del papel couché. El respeto al toro y al torero van de la mano.

2. Renovar desde dentro las estructuras y los modos de funcionar de la Fiesta

Llegamos al punto crucial, el del espectáculo taurino y su entorno. Es verdad que no existe un solo modelo de corridas de toros o novillos; que el abanico es amplio. Pero, como fenómeno global, está desfasado y ha de encontrar nuevos cauces de expresión, si queremos no que vuelvan esplendores pasados, sino que encuentre un lugar prestigioso –grande o pequeño, ya se verá- entre la producción cultural y lúdica de nuestra sociedad. Que la tauromaquia sea un ámbito y un conjunto de espectáculos de los que la gran mayoría de un país –aficionados o no a la corrida- se pueda sentir orgullosa. Son muchas las sugerencias que, a este propósito, me vienen a la cabeza y trataré de exponerlas sucinta y ordenadamente.

-    En primer lugar, pediría calma. Los cambios profundos no se hacen en un día y nadie tiene la varita mágica de la solución.
Taurinos y aficionados hemos de buscar juntos con humildad y lucidez. No nos engañemos: la caída numérica del espectáculo va a continuar, aunque mejore la situación económica del país. Vamos hacia un espectáculo minoritario. Busquemos antes la calidad que la cantidad, afrontando con realismo la reducción de camadas, la reducción de honorarios y de cánones de contratación. Aprovechemos la necesaria poda de la viña para que mejore el vino. Nuestros catadores taurinos ya no tragan el peleón. Pasaremos tiempos difíciles, pero podremos crear afición, que es de lo que se trata.

-    Está ya dicho y redicho, la fiesta necesita
una urgente inyección de “emoción” y ésta la pone el toro bravo con su integridad física y con su agresividad psicológica. El toro “a modo”, el toro “artista”, el toro “noble pero…” no tienen porvenir, pese a quien pese. La acometividad no está reñida con la nobleza, pero es lo primero. De manera análoga a como el dominio del toro bravo por parte de su matador es compatible con la expresión artística y la belleza formal que arrebata a las públicos. Al toro se le hace frente con valor y técnica y, además de eso, quien esté tocado por los dioses que se entregue a su inspiración. Lo que no vale es la corrida-montaje que discurre por derroteros previsibles y con lidias clónicas y aburridas. Espectáculos que sólo se salvan por la camaradería y la merienda, sin ningún interés por lo que ocurre en el ruedo. Pura inercia de una tradición sin alicientes. El novato que picó una vez, no repetirá.

-    La relación entre
el público festero y los aficionados no ha de ser de oposición. Ambos tienen su razón de ser y han de poder encontrar el espectáculo que buscan. Los espectadores ocasionales de feria no son los indocumentados a los que se les puede engañar con cuatro gestos populistas y unos materiales de deshecho. Saben apreciar el riesgo del toro y los alardes de valor de los ejecutantes de las distintas suertes y, a veces, sorprenden por su paladar para gustar manjares más refinados (así ocurre en los sanfermines de Pamplona). Pero, una cosa es evidente: aunque los verdaderos conocedores de la tauromaquia y los aficionados cultivados en este arte sean minoritarios, son ellos los que marcan tendencias y criterios para el futuro de la fiesta. ¡Desgraciado y obtuso el taurinismo que los desprecie y los margine! Como argumento a favor, tenemos el fenómeno admirable de la tauromaquia en Francia en los últimos lustros. En un ambiente culturalmente más ajeno y hostil que el español, la afición francesa está consiguiendo no sólo mantener (que no es poco) sino asentar y prestigiar a la tauromaquia. Allí se aúnan el sentimiento y la cabeza; la pasión y la razón; la profesionalidad y la inventiva. Y muy poco de esa golfería indolente, disfrazada de casticismo, propia del mundillo taurino español. “Juncal” ya pasó de moda.

-    No conozco por dentro el mundo de
las Escuelas taurinas, pero es evidente que son una experiencia consolidada y muy interesante. Las Escuelas, en principio, reúnen todas las características para seguir labrando el futuro de la fiesta, pues tocan las teclas principales (unos jóvenes de nuestro tiempo, mordidos por la afición al toro, que siguen una formación integral en contacto con el campo bravo y guiados por personas muy cualificadas del mundo taurino). Merecen, por lo tanto, todo el apoyo.

-    Finalmente, para que el combate taurino sea defendible ante la sensibilidad actual tiene que haber
juego limpio. El enfrentamiento del hombre y la bestia es asimétrico y peculiar. En principio, el toro se defiende ante un agresor que osa invadir su territorio y acercarse a él sin ser de su especie bovina; y lo hace embistiendo con sus astas por delante. Poco a poco, hipnotizado por los engaños que ferozmente persigue, se va sintiendo ganado por un juego que desconoce. Sin saberlo ni pretenderlo, al perseguir el lienzo rojo está dando rienda suelta a su acometividad, a su “bravura” (que es su fuerza y su grandeza) y, al mismo tiempo, está colaborando con la obra de arte que construye su admirado burlador. La naturaleza le ha criado para ser el número uno, el que mande en la manada para imponer su ley frente a sus congéneres. Pero la dura experiencia le ha enseñado que esa primacía raramente se logra. Si lucha contra otro más fuerte que él y éste le vence, el bovino ha de someterse al dominador y seguirle  obediente. Su agresividad se convierte, entonces, en gregarismo. Esto es lo que ocurre en los veinte minutos de la lidia. La obra de arte no consiste en una vistosidad artificial, en “ponerse bonito” (¡nada más lejos!), sino en domar grácilmente a la fiera en un tiempo récord, para que pase de ser un rudo agresor a un compañero rendido ante aquel que es más fuerte no por su violencia superior sino por el magnetismo del temple de las telas. El toro deviene así un colaborador convencido, sumiso y fiel del hombre. El sacrificio del toro en el ruedo no se entiende como un acto de victoria cruel y vengativa por parte del rival (en esto se aleja de la ley fatídica de la manada). Al contrario, el toro de lidia ha sido enaltecido y sublimado por la acción del hombre. Su muerte es un sacrificio pagano, en el que el humano y el animal, mutuamente consagrados, elevan una ofrenda en honor del destino. Pues bien, para que este ritual se cumpla en toda su grandiosidad es necesario que haya ecuación y respeto mutuo: el toro ha de poder contar con la integridad de sus defensas y de sus fuerzas físicas y mentales; el torero, al contrario, sin ninguna otra ventaja que la de sus capacidades superiores y unos leves instrumentos de engaño no punitivos. Se ha de evitar, por lo tanto, todo lo que suponga prepotencia, ensañamiento, crueldad gratuita… (Revísense, pues, los reglamentos de cada espectáculo, sin complejos. Sométanse a debate no sólo fiestas tan dudosas como el “Toro de la Vega”, que año tras año nos trae la consabida lluvia de desprestigio para la tauromaquia, sino también el rejoneo a caballo, al menos en su actual formato).

Pacientes lectores, estas propuestas son indicativas y abiertas. Ofrecen un espacio de autocrítica porque quieren asegurar un futuro a la fiesta de toros. Espero que se haya entendido su sentido. Ahora exijo valentía. No todo el coraje se tiene que ejercer en el ruedo y frente al toro; también en los medios de comunicación, en los despachos y los hemiciclos. En la lidia frente a una opinión pública, a la que hemos de reconquistar “toreramente”.